Por desgracia, basta con abrir un periódico o escuchar un telediario para darse cuenta de que existe una enfermedad insidiosa y silenciosa que amenaza sobre todo a los jóvenes: el mal de vivir, un sentimiento creciente de profunda insatisfacción que, en los casos más graves y extremos, también puede desembocar en el suicidio.
Un nombre que podría representarlos a todos es el de Julia Ituma, jugadora de voleibol de 18 años que murió en Estambul, donde se encontraba concentrada con el equipo.
Diversas encuestas y estudios revelan que los jóvenes declaran tener pensamientos suicidas o confiesan sentimientos de tristeza y desesperación. Nos encontramos ante un problema profundo y complejo, cuyas raíces es imposible investigar en el espacio de las pocas líneas de este artículo. Por eso nos limitamos a esbozar un panorama y tratamos, finalmente, de encender una luz, una posible vía de esperanza.

La fragilidad y la soledad de los jóvenes
El primer dato evidente es que los jóvenes de hoy son muy frágiles; parece que no están preparados para afrontar las olas que, tarde o temprano, llegan a arrollar la vida de cada uno. Esta fragilidad los afecta, ante todo, porque, en un mundo siempre conectado, experimentan una profunda soledad y no encuentran puntos de referencia ni dentro de la familia -una realidad tan fundamental como cada vez más amenazada- ni en la sociedad.
Son, por tanto, jóvenes solos y que tienden a aislarse, viviendo una vida que a menudo es más virtual que real, por lo que están cada vez menos habituados a vivir en relación y a relacionarse.
La ansiedad por el rendimiento
A esto se añade el peso de una sociedad que cada vez exige más aparentar, en lugar de ser: existes si apareces, si recibes «me gusta» o visualizaciones y, para aparecer, debes ajustarte a un estándar, debes ser popular… ¿Y si te alejas de ese modelo? ¿Y si no consigues alcanzarlo? Se abre el camino a la incertidumbre, se abre paso una sensación de fracaso e insatisfacción.

Un camino hacia la alegría plena
Así como el panorama del malestar es complejo, también lo son las vías de solución posibles, que merecerían un recorrido profundo y documentado. Nos limitamos, entonces, a recordar una palabra iluminadora de Jesús, que podría ser el punto de partida para una reflexión: «Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena» (Jn 15,11).
El Evangelio, la buena noticia que nos da Jesús, está lleno de luz y alegría: nos dice que no estamos solos, porque somos hijos amados; nos dice que el cielo nos quiere vivos y profundamente alegres. He aquí, pues, un punto de referencia que debemos redescubrir y señalar a los jóvenes, para encontrar la vida plena y saborearla en cada pliegue.
Un gran experto en alegría es san Felipe Neri, llamado no por casualidad el Santo de la alegría, una alegría que huele a eternidad, precisamente porque proviene del amor de Dios. Él, fundador del Oratorio, estaba rodeado de jóvenes a quienes indicaba el camino del Evangelio, exhortándolos a vivir con alegría. Famosos en este sentido son sus dichos, entre ellos: «La alegría reconforta el corazón y hace perseverar en la buena vida».


