«Haz acuñar una medalla… todas las personas que la lleven recibirán grandes gracias, especialmente si la llevan al cuello; las gracias serán abundantes para las personas que la lleven con confianza», son las palabras de la Virgen a santa Catalina Labouré.
Era una humilde novicia de las Hijas de la Caridad cuando sor Labouré recibió las apariciones de la Virgen. La Virgen le mostró el diseño de una medalla que después llevarían millones de fieles. Estas apariciones habían sido precedidas por gracias místicas, como la visión habitual de Jesús en el Santísimo Sacramento y otras visiones proféticas. Signos extraordinarios que, sin embargo, su director espiritual se negaba a reconocer.

La noche del 18 al 19 de julio de 1830 tuvo lugar la primera aparición. La segunda aparición, ocurrida el 27 de noviembre del mismo año, es la central: aquí Catalina tuvo la visión de la Medalla y recibió de la Virgen el encargo de hacerla acuñar y difundirla. A esta le siguió una tercera y última aparición en el mes de diciembre, en la que Catalina volvió a ver la misma imagen de la Medalla.
La Medalla representa en el anverso a la Inmaculada, con los dedos de los que emanan rayos de luz, y la invocación: «Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti». En el reverso, en el centro, destaca la letra M, sobre la cual aparece la cruz y debajo los sagrados Corazones de Jesús y María, mientras doce estrellas forman una corona.
La medalla pronto fue llamada “milagrosa” y, entre los milagros realizados por ella, estuvo la conversión del judío Alfonso Ratisbonne (20 de enero de 1842).

Inmensa fue la confianza de los santos en la Medalla Milagrosa: santa Catalina Labouré la distribuía a todos, especialmente a los enfermos y a los pecadores; santa Teresa de Lisieux, cuando era pequeña, ponía las medallas en los bolsillos de las chaquetas de los obreros; el santo Cura de Ars, cuando salía por el pueblo, siempre llevaba los bolsillos abultados de medallitas y regresaba siempre con los bolsillos vacíos; san Juan Bosco hacía que sus muchachos la llevaran al cuello; san Pío de Pietrelcina la guardaba en su celda y en los bolsillos, y la distribuía con gran celo; también santa Teresa de Calcuta era una defensora incansable de la medalla y la convirtió en su poderosa arma de gracia. Llevaba consigo una cantidad enorme y la distribuía entre las personas que encontraba. Otro gran apóstol de la medalla fue san Maximiliano Kolbe, también gracias a los movimientos que tuvieron su origen en él o que se inspiran en él. «La Medalla Milagrosa -decía el santo- es el signo exterior de la consagración a la Inmaculada».
Llevemos esta medalla con confianza, poniendo cada instante de nuestra vida bajo la protección materna de la Virgen e imitando su ejemplo.
La Beata Virgen María de la Medalla Milagrosa se celebra el 27 de noviembre.
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