Mayo es un mes en el que la naturaleza parece cantar: estamos en plena primavera; los prados se llenan de un arcoíris de colores y una flor entre todas es la flor de mayo, la rosa; la flor de María.
Queremos, pues, abrir el mes de mayo, que la Iglesia tradicionalmente le dedica a ella, con un pensamiento a la Virgen María. Idealmente le ofrecemos una rosa, a través de las palabras de don Tonino Bello, que la retrata como mujer de la espera y, por tanto, de la vida que siempre se renueva; de la esperanza que siempre vuelve a encenderse.
María, enséñanos a esperar; María, enséñanos a vivir y a amar.
María, mujer de la espera
«La verdadera tristeza no es cuando, al anochecer, no te espera nadie al volver a casa, sino cuando ya no esperas nada de la vida. Y la soledad más negra no la sufres cuando encuentras el hogar apagado, sino cuando ya no quieres encenderlo: ni siquiera para un posible huésped de paso.
Cuando piensas, en definitiva, que para ti la música se ha acabado. Y que ya todo está hecho. Y que ningún alma viviente vendrá a llamar a tu puerta. Y que ya no habrá ni sobresaltos de alegría por una buena noticia, ni estremecimientos de asombro ante una sorpresa. Ni siquiera estremecimientos de dolor por una tragedia humana: al fin y al cabo, ya no te queda nadie por quien debas temer.
La vida entonces transcurre monótonamente hacia un desenlace que nunca llega, como una cinta magnética que ha terminado demasiado pronto una canción y se desenrolla interminablemente, sin decir ya nada, hacia su último corte.

Esperar: es decir, experimentar el gusto de vivir.
Incluso han dicho que la santidad de una persona se mide por la magnitud de sus expectativas. Quizá sea cierto. Si es así, hay que concluir que María es la más santa de las criaturas precisamente porque toda su vida parece estar marcada por los ritmos gozosos de quien espera a alguien.
Ya el título inicial con el que el pincel de Lucas la identifica está cargado de expectativas: «Prometida de un hombre de la casa de David». Es decir, comprometida.
A nadie se le escapa a qué cosecha de esperanzas y sobresaltos alude esa palabra que toda mujer experimenta como preludio de misteriosas ternuras. Incluso antes de que su nombre sea pronunciado en el Evangelio, se dice de María que estaba prometida. Virgen en espera. A la espera de José. Escuchando el roce de sus sandalias, al caer la tarde, cuando, perfumado de maderas y barnices, él vendría a hablarle de sus sueños.
Pero también en el último fotograma con el que María se despide de las Escrituras, el objetivo la capta en actitud de espera.
Allí, en el Cenáculo, en el piso superior, en compañía de los discípulos, a la espera del Espíritu. Escuchando el roce de su ala, al despuntar el día, cuando, perfumado de unciones y santidad, él descendería sobre la Iglesia para señalarle su misión de salvación.

Virgen en espera, al principio.
Madre en espera, al final.
Y en el arco sostenido por estas dos estremecedoras esperas, una tan humana y la otra tan divina, otras cien esperas conmovedoras. La espera de él, durante nueve larguísimos meses. La espera de los trámites legales celebrados con migajas de pobreza y alegrías de parentesco. La espera del día, el único que ella habría querido aplazar una y otra vez, en que su Hijo saldría de casa para no volver nunca más. La espera de la «hora»: la única ante la cual no habría sabido frenar la impaciencia y de la que, antes de tiempo, habría hecho desbordar la carga de gracia sobre la mesa de los hombres. La espera del último estertor del Unigénito clavado en el madero. La espera del tercer día, vivida en vigilia solitaria, ante la roca. Esperar: infinitivo del verbo amar. Es más, en el vocabulario de María, amar infinitamente».

Este maravilloso retrato de María nos invita a pasar junto a ella este mes de mayo: ¡aprendamos de ella y con ella el gusto de vivir! ¡Descubrámosla o redescubrámosla como Madre, regalémosle cada día una sonrisa y una oración!
El texto de don Tonino Bello está extraído de:


