Manuela Tulli aborda el gran tema del sentido de la vida en el volumen 27 de la colección «Cuadernos del Concilio», como preparación para el Jubileo de 2025.
Guiándose por la constitución pastoral Gaudium et Spes, nos invita a reflexionar sobre un aspecto fundamental de la experiencia humana.

¿Por qué precisamente a mí?
El hombre se enfrenta a un presente difícil y a un mañana incierto. La muerte, el dolor, la pobreza, la enfermedad, la injusticia, la traición y la guerra hacen surgir en la mente de todos nosotros algunas preguntas apremiantes: ¿Quién soy? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Cuál es el significado del dolor, del mal y de la muerte, que siguen existiendo pese a todo progreso? ¿Qué habrá después de esta vida?
En cada etapa de nuestro camino, también con distinta intensidad y de diferentes maneras, tales interrogantes interpelan nuestro corazón y nos impulsan a buscar una respuesta plena y definitiva. La Gaudium et spes subraya con fuerza que dicha respuesta se encuentra únicamente en Jesucristo, quien es «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS10).
La luz de Cristo
Por tanto, solo Cristo da una respuesta plena y cierta a estas preguntas, porque no hay descubrimiento científico ni progreso suficiente que puedan colmar el sentido de infinito presente en lo más íntimo de cada persona.
En la Gaudium et Spes leemos: «Por Cristo y en Cristo recibe luz ese enigma del dolor y de la muerte que, fuera de su Evangelio, nos oprime. Con su muerte él destruyó la muerte; con su resurrección nos regaló la vida, para que también nosotros, convirtiéndonos en hijos con el Hijo, podamos orar exclamando en el Espíritu: ¡Abba, Padre!» (n 22)
El hombre es un reflejo del misterio de Cristo
El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es un reflejo del misterio divino y del misterio de Cristo. Por esta razón, el texto nos dice que únicamente a partir de Cristo, el Verbo encarnado, las alegrías y los dolores, las esperanzas y las decepciones, la vida cotidiana y los proyectos para el mañana pueden encontrar una nueva luz. No en el sentido -esto es muy importante- de que Cristo simplemente enseñe una doctrina sobre el hombre, la verdad sobre el hombre. Sino en el sentido de que él mismo, su persona -vida, obras, palabras-, «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación».
Esto exige entrar en relación con él, vivir en profunda comunión con él, y solo es posible si lo decidimos libremente.
La búsqueda del sentido de la vida se alcanza mediante la verdad que ofrece Cristo. Él es el hombre nuevo que permite descubrir quiénes somos y hacia dónde estamos destinados.



