Santa Teresa de Ávila es un signo distintivo del genio femenino, capaz de alcanzar cumbres altísimas de humanidad y contemplación cuando se deja atravesar y tocar por el amor de Dios.
Es doctora de la Iglesia, autora de obras que han marcado la literatura cristiana, reformadora de la Orden carmelita, maestra de oración y de vida espiritual. Y precisamente de su experiencia de oración deseamos extraer algunos de sus secretos para entrar en intimidad con Dios.

¿Qué es la oración?
Para la mística española, rezar significa recorrer un camino que desde el exterior llega hasta el interior, desde la superficie alcanza el corazón. El secreto de la oración reside en abandonarse completamente a Dios, poniendo la vida en sus manos y permitiéndole así actuar en nosotros.
Un viaje al interior de uno mismo
Teresa ofrece una imagen elocuente y fascinante de cómo llegar a la intimidad con el Señor: el castillo interior. De hecho, en su obra El castillo interior invita a pensar en el alma como un castillo: cada habitación narra un momento de crecimiento espiritual y la meta es alcanzar la habitación central, donde el alma se une íntimamente con Dios.
Las siete habitaciones del amor
La primera habitación corresponde a la puerta del castillo que Teresa identifica con la oración: la oración es la llave para entrar en el castillo. Para rezar hay que apartarse, tomarse un tiempo para detenerse y dejar fuera de la propia casa los ruidos y las inquietudes. Solo con este primer acto de oración es posible abrirse a la presencia de Dios.
La segunda es la habitación de las imágenes. Aquí se encuentran las imágenes y las representaciones mentales de nosotros mismos y de Dios. Es un lugar donde se imagina y se reflexiona; uno se prepara para encontrarse con Dios.
La tercera es la morada de la memoria. Aquí se repasa la vida y se reconoce en ella la gracia de Dios. La memoria se convierte así en un instrumento para contemplar las maravillas que el Señor ha obrado en nuestra vida.
La cuarta es la morada del intelecto. Aquí la mente se dirige a Dios con la inteligencia y la voluntad. Es un acto de amor que recurre a todas las propias capacidades de conocimiento profundo.
La quinta es la morada de la voluntad. El alma, finalmente, se abandona por completo a Dios, deseando únicamente su voluntad. En esta etapa se realiza un acto de confianza total e incondicional.
La sexta es la morada del silencio. A medida que uno se acerca al centro, las palabras y las imágenes dejan espacio al silencio, que se vuelve grande y profundo. Aquí el alma escucha la voz del Amado.
La séptima morada es el centro. Al llegar al corazón del castillo, el alma experimenta la unión con Dios en un abrazo de amor esponsal, recíproco y total.

Lo que santa Teresa nos enseña es un auténtico viaje al interior de nosotros mismos. Al entrar en nuestro castillo interior podemos aprender a buscar siempre a Dios; podemos desearlo con un corazón sincero, teniendo el valor de abrir la puerta y dar el primer y maravilloso paso hacia la oración interior, hacia la unión íntima con él en el centro de nuestro corazón, donde él habita y nos espera.
Las propias palabras de Teresa pueden iluminar el camino y disipar todo temor: «Nada te turbe, nada te espante. Todo pasa, solo Dios no cambia. La paciencia todo lo alcanza. Quien tiene a Dios no carece de nada: ¡solo Dios basta! Que tu deseo sea ver a Dios, tu temor, perderlo; tu dolor, no poseerlo; tu alegría, aquello que pueda llevarte hacia él, y vivirás en una gran paz».


