Con el Miércoles de Ceniza regresa la Cuaresma: un tiempo importante -un don, una oportunidad- que también este año se nos regala. Un tiempo propicio para ir en busca de lo que habita en nuestro corazón.
Tomemos conciencia de esta oportunidad y preguntémonos de inmediato: ¿oportunidad para hacer qué? ¿Cómo queremos vivir esta Cuaresma de 2022?

«Vuelvan a mí de todo corazón» (Jl 2,12)
¡Qué bella es esta expresión! ¡Qué hermoso es sentir que Dios nos pide volver a él con todo el corazón, es decir, con todo nuestro ser!
Por eso, durante el tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos propone la «conversión», un cambio de rumbo: un cambio de mentalidad y de manera de actuar.
El Miércoles de Ceniza, inicio solemne de la Cuaresma, quiere precisamente impulsarnos a la conversión del corazón, a volver a Dios. La imposición de las cenizas, en efecto, con la doble fórmula -«Conviértanse y crean en el Evangelio», o bien: «Recuerda que eres polvo y al polvo volverás»- asume un doble significado: el primero se refiere al cambio interior, a la conversión y a la penitencia, mientras que el segundo recuerda la precariedad de la condición humana.
La conversión no es un cambio abstracto ni solo un cambio de pensamientos, sino que debe involucrar la interioridad, el corazón, a toda la persona. La verdadera conversión significa, ante todo, que debemos volver al Señor con un amor más grande y, por consiguiente, que también debemos volver a nuestros hermanos con un amor más grande.
Debemos «trabajar», «esforzarnos» en la conversión para celebrar verdaderamente la Pascua.
¿A partir de qué? ¿Cuál podría ser un camino de conversión?
A menudo declaramos que queremos cambiar, pero luego no sabemos por dónde empezar.
«Vivir a Cristo»
La Cuaresma consiste en liberar nuestro corazón de lo que es vano, para que nuestro deseo, es decir, nuestra sed de amor, encuentre la respuesta en Aquel que puede colmarla. Por eso estamos llamados a ser más intensamente de Cristo y a conformar nuestra vida a la suya.
Debemos «vivir a Cristo»: con él, por él, en él. No es imposible si somos constantes en la oración personal y comunitaria, si practicamos el ayuno y si vivimos en la caridad.
La oración, el ayuno y la caridad son condiciones esenciales para ser sinceros con nosotros mismos.
Estas tres obras cuaresmales son sencillas, humildes, concretas y todos pueden ponerlas en práctica. Sirven para hacernos «vivir a Cristo», aunque parezcan una renuncia. Están relacionadas entre sí, se practican juntas y cada una ayuda a la otra. Al principio parece difícil y, impacientes como somos, no entenderemos su sentido de inmediato. Es necesario practicarlas para comprenderlas y, poco a poco, nos darán abundantes frutos de conversión.
Y entonces, para esta Cuaresma, establezcamos un tiempo diario que dedicar a la oración y a la lectura espiritual. Puede ser la meditación de un libro, de un salmo, del Evangelio del día…
Siempre vivimos el ayuno de forma negativa: no comer, no hacer. Sin embargo, hay una bellísima expresión de uno de los Padres de la Iglesia, san Juan Crisóstomo, que nos indica el estilo de quien está llamado a ayunar: «Además de ayunar con la boca, debes ayunar de decir cualquier cosa que pueda hacer daño al otro, porque ¿de qué te sirve no comer carne si devoras a tu hermano?». Comprometámonos, pues, a dirigirnos a los demás con palabras buenas, verdaderas, bellas y amables.

Además, elijamos a una sola persona, pobre o desfavorecida, a quien visitar o llamar semanalmente. La caridad, en efecto, consiste ante todo en compartir, en la medida de nuestras posibilidades, la vida del otro, como Cristo compartió la nuestra al hacerse hombre.
La gimnasia del deseo
San Agustín escribe: «Nuestra vida es una gimnasia del deseo. El santo deseo será tanto más eficaz cuanto más arranquemos las raíces de la vanidad de nuestros deseos. Para ser llenados, primero hay que vaciarse. Debes llenarte del bien y, por tanto, liberarte del mal. Hay que vaciar el recipiente de lo que contenía; más aún, es necesario limpiarlo, quizá con esfuerzo y dedicación, si hace falta, para que sea apto para recibir algo».
En este tiempo no debería faltar una pregunta dirigida a nosotros mismos sobre la frecuencia con la que recibimos el sacramento de la Reconciliación. Es precisamente aquí donde aprendemos a mirar nuestra vida con humilde verdad, a reconocer la miseria que la habita, a saborear la dulzura y la ternura de ese abrazo misericordioso que solo el Señor es capaz de dar. No puede haber una historia de conversión y santidad sin la asiduidad a la Confesión sacramental.
En esta Cuaresma redescubramos el sacramento de la Confesión y, también en este caso, establezcamos un momento -al menos cada quince días- para acoger el perdón sacramental. Cuando sea posible, participemos en la santa Misa entre semana, fuente y culmen de toda nuestra vida de fe.
«¿Qué es la conversión? Es pedir al Señor la gracia de no hablar mal de los demás, de no criticar, de no murmurar, de querer a todos. Es una gracia que el Señor nos da. Esto es convertir el corazón», nos dice el papa Francisco.
Durante el período de Cuaresma, comprometámonos entonces a convertirnos, mirando directamente a Cristo y a su rostro. Dialoguemos con él. Conozcámoslo más, llegando a ser más suyos. Él, en efecto, es quien nos salva y redime.








