«La esperanza no defrauda»: así se titula, en latín Spes non confundit, la bula con la que el papa Francisco convocó el Jubileo ordinario del año 2025. Esta expresión de san Pablo (Rm 1,5) encierra toda la riqueza de la bula: la esperanza, arraigada en Cristo muerto y resucitado, ofrece la certeza del amor de Dios; por eso no defrauda y «junto con la fe y la caridad, forma el tríptico de las “virtudes teologales”, que expresan la esencia de la vida cristiana (cf. 1Cor 13,13; 1Tes 1,3)» (n. 18). Todos necesitamos esperanza: es algo irrenunciable en nuestro corazón, y Francisco recordó: «Todo, dentro y fuera de nosotros, invoca esperanza y busca la cercanía de Dios», capaz de abrirnos de par en par un horizonte eterno.
Con la bula del papa Francisco se abren, entonces, horizontes relevantes para nosotros. Estamos llamados a alertarnos, a comprometernos, porque ante nosotros hay una gran aventura que podrá tener repercusiones en términos de gracia, pero también de oportunidades sociales para todos nosotros.

Un camino de esperanza
En la bula, la palabra «esperanza» aparece 96 veces y el papa Francisco nos indica a todos un camino articulado por los subtítulos que figuran en el documento. El punto de partida es ofrecer “Una palabra de esperanza”, para pasar después a delinear “Un camino de esperanza” que se concreta mediante algunos “Signos de esperanza”. Por tanto, teniendo en cuenta que vivimos en tiempos marcados por tanta «tristeza», por un «ir tirando», cuando no por una falta total de esperanza, el Papa siente la necesidad de hacer resonar “Llamamientos a la esperanza” dirigidos sobre todo a quienes tienen en sus manos el destino de la humanidad. Finalmente, la invitación final retoma la imagen que sostiene la vida de los creyentes: estar “Anclados en la esperanza”.

El 24 de diciembre comienza el Jubileo
Después viene la cronología del año jubilar, que comenzará el próximo 24 de diciembre con la apertura de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, a la que seguirá, el domingo siguiente, 29 de diciembre, la apertura de la Puerta Santa de San Juan de Letrán. Ese mismo día, el Santo Padre establece que «en todas las catedrales y concatedrales, los obispos diocesanos celebren la santa Eucaristía como solemne apertura del Año jubilar».
El 1° de enero de 2025 se abrirá la Puerta Santa de la basílica de Santa María la Mayor, mientras que el domingo 5 de enero se abrirá la Puerta Santa de la basílica de San Pablo Extramuros. Estas tres últimas Puertas Santas se cerrarán el domingo 28 de diciembre del mismo año, al igual que ese mismo día se cerrarán las Puertas Santas de las Iglesias particulares.
El Jubileo Ordinario concluirá con el cierre solemne de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro el 6 de enero de 2026.
Perdonar no modifica el pasado, pero cambia el futuro
El Papa también aborda temas específicos relacionados con el Jubileo, como la peregrinación, el significado y el valor de la indulgencia, y el sacramento de la Penitencia. A propósito de la indulgencia, la bula ofrece una clave de lectura interesante: «Esta experiencia plena de perdón no puede sino abrir el corazón y la mente a perdonar. Perdonar no cambia el pasado, no puede modificar lo que ya ha sucedido; y, sin embargo, el perdón puede permitir cambiar el futuro y vivir de un modo diferente, sin rencor, resentimiento ni venganza. El futuro iluminado por el perdón permite leer el pasado con ojos distintos, más serenos, aunque todavía surcados por lágrimas» (n. 23). Cada vez más a menudo, en nuestra vida cotidiana, nos encontramos tocando con las manos un mundo que parece cada vez menos dispuesto al perdón y más inclinado a la venganza, al rencor y al odio. Estos sentimientos no conducen a la esperanza, sino a la desesperación, porque impiden mirar al futuro y alcanzar la felicidad.

Unidad profunda entre el anuncio de esperanza y los signos que la hacen concreta
Esta bula representa un punto de referencia, una especie de brújula que nos permite orientarnos hacia el Jubileo. Uno de los pasajes más originales de la bula está subrayado por estas palabras: «Procúrese que el Pueblo de Dios pueda acoger con plena participación tanto el anuncio de la esperanza de la gracia de Dios como los signos que atestiguan su eficacia» (n. 6). Esto significa que «además de beber la esperanza en la gracia de Dios, estamos llamados a redescubrirla también en los signos de los tiempos que el Señor nos ofrece» (n. 7). De este modo podemos evitar el riesgo de permanecer en un ámbito teórico, limitándonos solo al anuncio de la esperanza, sin sentir la necesidad de un compromiso que conduzca a una implicación personal directa y concreta. «No renunciemos, pues, a la Confesión, sino redescubramos la belleza del sacramento de la curación y de la alegría, ¡la belleza del perdón de los pecados!» (n. 23).

Los signos de esperanza
La lista de signos, propuesta por la bula para mirar al futuro con esperanza, merece ser recordada: la paz; la transmisión de la vida; los detenidos, para quienes el Papa pretende abrir incluso una “Puerta Santa” dentro de una cárcel «para que sea para ellos un símbolo que invite a mirar al futuro con esperanza y con un renovado compromiso de vida» (n. 10). De especial relevancia es el llamamiento a los creyentes, especialmente a los obispos, para que pidan con valentía «condiciones dignas para quienes están recluidos, respeto de los derechos humanos y, sobre todo, la abolición de la pena de muerte, medida contraria a la fe cristiana y que aniquila toda esperanza de perdón y renovación» (n.10).
Se ofrecerán signos de esperanza: a los jóvenes y a los ancianos; a los enfermos, a los desplazados, migrantes y refugiados: «Que sus expectativas no se vean frustradas por prejuicios y cerrazones; la acogida, que abre los brazos a cada uno según su dignidad, debe ir acompañada de responsabilidad, para que a nadie se le niegue el derecho a construir un futuro mejor» (n. 13). Finalmente, el Papa invoca con fuerza esperanza «para los miles de millones de pobres, que a menudo carecen de lo necesario para vivir» y que «casi siempre son víctimas, no culpables» (n. 15)
Los llamamientos a la esperanza
Otros signos de esperanza que requieren el compromiso de todos se convierten para el Papa en verdaderos “llamamientos”, muy vivos y actuales: el respeto de la creación: «Esperar la sucesión de las estaciones con sus frutos; observar la vida de los animales y los ciclos de su desarrollo; tener los ojos sencillos de san Francisco» (n. 5); las naciones más prósperas deben decidir «condonar las deudas de países que jamás podrían devolverlas: antes que una cuestión de magnanimidad, es una cuestión de justicia» (n. 16); la unidad de los cristianos con motivo del 1700.º aniversario del primer concilio de Nicea.

La felicidad es la vocación del ser humano
Con gran afecto, el papa Francisco escribe: «En virtud de la esperanza en la que hemos sido salvados, mirando el tiempo que transcurre, tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no corren hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que están orientadas al encuentro con el Señor de la gloria. Vivimos, pues, esperando su regreso y con la esperanza de vivir para siempre en Él» (n. 19).
Jesús muerto y resucitado es el corazón de nuestra fe. La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, donde todo parece terminar, recibimos la certeza de que, gracias a Cristo y a su gracia, que se nos comunicó en el Bautismo, «la vida no se quita, sino que se transforma» (Prefacio de difuntos I) para siempre.
Ante la pregunta que a menudo surge en nuestro corazón: «¿Qué será, pues, de nosotros después de la muerte?», el papa Francisco responde así: «Con Jesús, más allá de este umbral, está la vida eterna, que consiste en la comunión plena con Dios, en la contemplación y participación de su amor infinito. Lo que ahora vivimos en la esperanza, entonces lo veremos en la realidad» (n. 21). Y continúa: «¿Qué caracterizará, pues, esta plenitud de comunión? Ser felices. La felicidad es la vocación del ser humano, una meta que concierne a todos». Y concluye: «Necesitamos una felicidad que se realice definitivamente en aquello que nos realiza, es decir, en el amor» (n. 21).
«Que el Jubileo sea para todos una ocasión para reavivar la esperanza» (n. 1): este es el deseo para todos, para que podamos redescubrir la esperanza en este próximo Año Santo y dejarnos renovar por el encuentro con la misericordia del Señor.
¡Buen camino!


