la tempesta sedata di delacroix un viaggio tra fede e arte

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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«La tempestad calmada» de Delacroix: un viaje entre la fe y el arte

La tempestad calmada

Continúa la colaboración entre don Alessio Fucile, experto en arte, y el blog Shalom. Don Alessio nos guiará para profundizar en los momentos más importantes del año litúrgico a través de bellísimas obras de arte que, además de despertar en nosotros admiración por su esplendor, pueden ayudarnos a comprender mejor las Sagradas Escrituras y el mensaje de Jesús.

Don Alessio presenta hoy «La tempestad calmada» de Eugène Delacroix, una obra de 1841 que actualmente se encuentra en el Museum of Art de Kansas City.

Personajes y simbolismo

Esta tela representa una de las interpretaciones más significativas del episodio narrado en el Evangelio según Marcos. La tempestad provoca una gran agitación entre los pasajeros de la barca. En lo alto, un hombre, con la mirada dirigida hacia la izquierda, intenta mantener el control del timón. Jesús, dormido y envuelto en un amplio paño blanco, sostiene la cabeza con la mano. Debajo de él, un personaje a la izquierda, apoyado en la barca, observa el mar con preocupación y con una torsión antinatural del cuello. La figura de espaldas es María Magdalena, la única que mira hacia Jesús. Levanta los brazos en un gesto que parece decir: «Amigos, confiemos, ¡aquí con nosotros está Él!». La intuición de Delacroix de incluir a esta mujer en la escena, no mencionada en los Evangelios, es original y evocadora. La figura vestida de amarillo, de pie en el centro, está dominada por el pánico. Los rasgos de su rostro apenas están esbozados y el viento le alborota el cabello. A su lado, un discípulo vestido de rosa, con la espalda inclinada hacia atrás, intenta desesperadamente agarrar el manto que parece volar. Esta figura simboliza la ira contra Dios, la blasfemia en la angustia. Enfrente, otro personaje, con el brazo extendido hacia delante, parece buscar algo en el mar, quizá un remo perdido. Representa la nostalgia que surge en los momentos difíciles, el pesar por tiempos mejores y más seguros. En la proa, dos hombres sentados, concentrados en el esfuerzo, intentan dirigir la barca con los remos. En la parte más baja, un décimo personaje, apenas esbozado y poco distinguible, está pintado con los colores de la barca. Parece dormir, pero en realidad está paralizado por el miedo y se aprieta la túnica contra el pecho como un escudo, cerrando los ojos para no ver. Es una reacción típica de la depresión, en la que se entra en una especie de letargo, de parálisis.

La barca de la vida

Quizá también tú puedas reconocerte en estos personajes: perdidos, agitados, confundidos, paralizados. Esa barca representa tu vida, tu hogar, a menudo a merced del mal que, como una ola oscura, parece arrollarte. Como recordó el papa Francisco en su conmovedora oración durante la pandemia: «Nos encontramos asustados y perdidos. Como los discípulos, fuimos sorprendidos por una tempestad inesperada. Nos dimos cuenta de que todos estábamos en la misma barca, frágiles y desorientados, llamados a remar juntos, necesitados de consuelo mutuo. En esta barca estamos todos, como los discípulos que, angustiados, exclaman: “Estamos perdidos”, y comprendimos que debemos seguir adelante juntos».
Otro elemento significativo de la escena es la gran ola que, alzándose sobre la barca, parece estar a punto de arrollarla. Esto recuerda nuevamente las palabras del papa: «La tempestad revela nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto las falsas seguridades sobre las que hemos construido nuestras vidas y nuestros proyectos. La tempestad nos hace ver con claridad los propósitos de olvidar aquello que ha alimentado el alma de nuestros pueblos; todos esos intentos de anestesiarnos con hábitos aparentemente “salvadores”, incapaces de recurrir a nuestras raíces y de evocar la memoria de nuestros mayores, privándonos así de la inmunidad necesaria para afrontar la adversidad. Ha caído el engaño de esos estereotipos con los que ocultábamos nuestros “egos”, siempre preocupados por su propia imagen; y ha emergido, una vez más, la bendita pertenencia común de la que no podemos sustraernos: la pertenencia como hermanos».

La presencia tranquilizadora del Señor

En la barca está Jesús, como hemos visto, resaltado por el artista con un toque de luz intensa. La obra evoca tus miedos, pero también revela que no estás solo: estás en compañía del Señor y puedes dirigirte a Él. Como sugería también el papa Francisco: «Es hora de reajustar el rumbo de la vida hacia Ti, Señor, y hacia los demás. El comienzo de la fe consiste en reconocer que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos: necesitamos al Señor como los antiguos navegantes necesitaban las estrellas. Invitemos a Jesús a las barcas de nuestras vidas. Confiémosle nuestros miedos. Como los discípulos, descubriremos que, con Él a bordo, no naufragamos. Porque esta es la fuerza de Dios: transformar en bien todo lo que nos sucede, incluso las cosas malas. Él lleva serenidad a nuestras tempestades, porque con Dios la vida nunca muere». Gracias por tu atención.


«La tempestad calmada» de Delacroix: un viaje entre la fe y el arte

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