El Vía Crucis es un camino de amor y esperanza; por eso, este piadoso ejercicio es uno de los más queridos y practicados en el Occidente cristiano. El tiempo de Cuaresma es el momento propicio para vivir el Vía Crucis, especialmente los viernes, para meditar la pasión de Cristo y acercarnos al misterio del Viernes Santo, viviéndolo con mayor participación.

¿Qué es el Vía Crucis?
La práctica de piedad del Vía Crucis, llamada también Vía de la Cruz o Vía Dolorosa, nace para recorrer de nuevo la Pasión de Cristo y su camino desde que él y sus discípulos, «después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos» (Mc 14,26), hasta que el Señor fue conducido al «lugar del Gólgota» (Mc 15,22), fue crucificado y sepultado en un sepulcro nuevo, excavado en la roca de un jardín cercano.
Para recordar aquellos momentos, se utilizan pasajes de la Sagrada Escritura que profetizan o narran la Pasión, comentarios, oraciones y cantos. Los pasos dolorosos del camino de Jesús evocan nuestro esfuerzo por vivir… Pero el Vía Crucis no es una devoción triste; es también un camino de amor, esperanza y victoria en la resurrección. Este es el significado del Vía Crucis: cargar con el peso de nuestros sufrimientos, insatisfacciones y decepciones, para recorrer junto a Cristo un camino que, aunque atraviesa el sufrimiento, conduce a la resurrección. Es un camino que cada uno de nosotros está llamado a recorrer, acompañados por la conciencia de que al final de la subida nos espera el abrazo del Padre. Es un recorrido que representa la vida misma: las pruebas, los problemas, la enfermedad, el esfuerzo por vivir, las dudas, los miedos… Todo esto encuentra la paz solo en el amor de Dios, que da sentido y significado a nuestro difícil camino existencial.
¿Por qué esta piadosa práctica se ha difundido tanto y sigue siendo tan actual?
La difusión del Vía Crucis se produjo principalmente gracias a la devoción de los peregrinos en Tierra Santa. De hecho, la Iglesia de Jerusalén manifestó muy pronto su interés por los «lugares santos». Los hallazgos arqueológicos atestiguan la existencia de expresiones de culto cristiano ya en el siglo II en el área funeraria donde se había excavado el sepulcro de Cristo, y a finales del siglo IV se tiene noticia de tres edificios sagrados erigidos en la cima del Gólgota: la Anastasis, la pequeña iglesia ad Crucem y la gran iglesia: el Martyrium.
En determinados días, una procesión se dirigía desde la Anastasis hasta el Martyrium. No se trata, ciertamente, de un Vía Crucis, pero algunos estudiosos consideran esa procesión, con sus cantos y su estrecho vínculo con los lugares de la Pasión, una forma embrionaria del futuro Vía Crucis.
A lo largo de la Edad Media, la fascinación por los «lugares santos» suscita el deseo de reproducirlos en la propia tierra: algunos peregrinos, al regresar de Jerusalén, los reproducen en sus ciudades. Los franciscanos favorecen este proceso, pues desde 1233 son los custodios de Tierra Santa. El propio Francisco de Asís era un «heraldo» de la Pasión de Cristo. Con san Francisco y la escuela franciscana, la devoción a la Pasión encuentra definitivamente un lugar en la piedad de los fieles.

¿Cuándo comienza a adoptar su forma actual?
Hacia 1294, un fraile dominico, Rinaldo de Montis Crucis, afirma haber subido al Santo Sepulcro por el mismo camino recorrido por Cristo con la cruz y describe sus diversas etapas, a las que llama «stationes»: el palacio de Herodes, el Litóstroto, donde Jesús fue condenado a muerte, el lugar donde se encontró con las mujeres de Jerusalén, el punto en que Simón de Cirene tomó sobre sí la cruz del Señor…
En los siglos XIV y XV, la devoción del vía crucis se enriquece con otros elementos, como las caídas de Cristo, las cinco llagas, la Piedad y el Santo Rostro: detalles que surgen en Europa, principalmente en Alemania, España e Italia. Esta difusión de las devociones se ve impulsada por una intensa literatura espiritual que desembocará, también en Europa, en la constitución del vía crucis de 14 estaciones.
Originalmente, el verdadero vía crucis implicaba la necesidad de desplazarse físicamente para visitar los lugares donde Jesús había sufrido y había sido ejecutado. Puesto que tal peregrinación era imposible para muchos, la representación de las estaciones en las iglesias constituyó una manera de llevar idealmente a cada creyente a Jerusalén.
Hacia finales del siglo XIII, el vía crucis ya se menciona, todavía no como ejercicio piadoso, sino como el camino recorrido por Jesús al subir al monte Calvario y marcado por una sucesión de «estaciones» o etapas.
En el siglo XV todavía reinaba la mayor diversidad en la elección de las estaciones, así como en su número y orden.
En los diversos esquemas del vía crucis se encuentran estaciones como el prendimiento de Jesús, la negación de Pedro, la flagelación, las acusaciones difamatorias en casa de Caifás y la burla de la vestidura blanca en el palacio de Herodes, que no figuran en el que se convertirá en el texto del piadoso ejercicio.
El vía crucis, en su forma actual, con las mismas catorce estaciones dispuestas en el mismo orden, está documentado en España en la primera mitad del siglo XV y, sobre todo, en ambientes franciscanos. Desde la península ibérica pasó primero a Cerdeña, entonces bajo el dominio de la corona española, y después a la península itálica. Allí encontró un propagador convencido y eficaz en san Leonardo de Porto Maurizio (†1751), fraile menor e incansable misionero; él erigió personalmente más de 572 vías crucis, de las cuales se hizo famosa la erigida en el Coliseo, a petición de Benedicto XIV, el 27 de diciembre de 1750, como recuerdo de aquel Año Santo.

¿Cuáles son las estaciones tradicionales del vía crucis?
Las 14 estaciones del Vía Crucis, en la forma definitiva en que han llegado hasta nosotros, son las siguientes:
- Jesús es condenado a muerte.
- Jesús es cargado con la cruz.
- Jesús cae por primera vez.
- Jesús encuentra a la Madre.
- Jesús es ayudado por Simón de Cirene a llevar la cruz.
- La Verónica seca el rostro de Jesús.
- Jesús cae por segunda vez.
- Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.
- Jesús cae por tercera vez.
- Jesús es despojado de sus vestiduras.
- Jesús es clavado en la cruz.
- Jesús muere en la cruz.
- Jesús es bajado de la cruz.
- El cuerpo de Cristo es depositado en el sepulcro.

¿Cuál es la “forma bíblica” del Vía Crucis?
El Vía Crucis bíblico fue introducido en 1991 por el papa Juan Pablo II con motivo del Vía Crucis en el Coliseo; presenta algunas variantes en los “sujetos” de las estaciones.
En el Vía Crucis bíblico no figuran las estaciones que carecen de una referencia bíblica precisa, como las tres caídas del Señor, el encuentro de Jesús con la Madre y con la Verónica. En cambio, están presentes estaciones como la agonía de Jesús en el huerto de los Olivos, el injusto juicio de Pilato, la promesa del Paraíso al Buen Ladrón y la presencia de la Madre y del Discípulo junto a la Cruz. Se trata, como se ve, de episodios de gran alcance salvífico y de gran significado teológico en el drama de la pasión de Cristo: un drama siempre actual en el que cada uno, consciente o inconscientemente, participa.
Con el Vía Crucis bíblico no se pretende cambiar el texto tradicional; simplemente se quiere destacar alguna “estación importante” que, en la estructura utilizada habitualmente, está ausente o queda en la sombra. De este modo se subraya la extraordinaria riqueza del Vía Crucis, que ningún esquema logra expresar plenamente.
Las estaciones del Vía Crucis bíblico son las siguientes:
- Jesús en el huerto de los Olivos.
- Jesús, traicionado por Judas, es arrestado.
- Jesús es condenado por el Sanedrín.
- Jesús es negado por Pedro.
- Jesús es juzgado por Pilato.
- Jesús es azotado y coronado de espinas.
- Jesús es cargado con la cruz.
- Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz.
- Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén.
- Jesús es crucificado.
- Promete su Reino al buen ladrón.
- Jesús en la cruz, la Madre y el discípulo.
- Jesús muere en la cruz.
- Jesús es depositado en el sepulcro.

¿Hasta qué punto practican hoy los fieles el Vía Crucis?
El Vía Crucis es uno de los ejercicios de devoción en los que más participan los fieles. En él confluyen diversas expresiones de la espiritualidad cristiana: la concepción de la vida como camino; el paso del exilio terrenal a la patria celestial; el deseo de conformarse a la Pasión de Cristo; seguir y asemejarse a Jesús, maestro, llevando cada día la propia cruz.
La piedad del pueblo ilumina y anima a los pastores, y los pastores deben saber fomentar las devociones saludables que conducen al crecimiento espiritual. Cuando las devociones hunden sus raíces en el corazón de la fe no pueden sino hacer el bien, convirtiéndose en espacios de evangelización.
