El 2 de octubre celebramos la memoria de los santos ángeles de la guarda y puede ser una ocasión para reflexionar sobre una realidad espiritual que abraza la vida de cada uno de nosotros, pero que a menudo tendemos a olvidar: ¡junto a cada uno de nosotros está el ángel de la guarda! ¿Qué efecto nos produce escucharlo? Quién sabe, quizá pensamos que son cosas de niños, “cuentecitos” que les contamos a los pequeños para ayudarles a superar el miedo a la oscuridad… Lo del ángel de la guarda no es un cuento para niños.
¡Descubramos quién es y qué hace por nosotros!
¿Quiénes son los ángeles?
Inteligentes y libres, en su dimensión de espíritus celestiales, los ángeles fueron llamados por Dios a la adoración del misterio del Hijo, ante el cual tomaron una decisión radical e irrevocable.
Algunos, cegados por el orgullo y la soberbia y encerrados en su amor propio, se rebelaron contra el Padre, separándose de él para siempre: son los demonios, enemigos de Dios y de su designio de amor sobre la humanidad y, por tanto, también hostiles al ser humano. Otros, que eligieron deliberadamente a Dios como bien supremo, le son fieles y participan de su felicidad: son los ángeles buenos, cuya principal tarea es contemplar y alabar a Dios.
Estos ángeles también desempeñan un papel de anuncio evangélico entre Dios y los hombres; de hecho, como expresa su nombre (del griego anghelos = mensajero), son los “enviados”, los embajadores de Dios para colaborar en el plan divino.

Cada uno tiene un ángel a su lado
Según la enseñanza de la Iglesia, a cada hombre se le asigna un ángel para que sea su compañero y le sugiera el bien, lo sostenga y lo proteja durante toda la vida.
Los ángeles de la guarda velan por nuestro cuerpo y, sobre todo, por nuestra salud espiritual, interviniendo activamente en la lucha que debemos sostener contra los demonios que intentan alejarnos de Dios.
Los ángeles de la guarda actúan ante Dios, escuchan sus órdenes y le ofrecen nuestras buenas acciones, presentan y respaldan nuestras súplicas, interceden en nuestras penas y dificultades, y nos sirven de guías y maestros mediante inspiraciones, consejos y llamadas de atención.
El ángel de la guarda siempre nos deja libres
El ángel de la guarda ayuda al ser humano a ser él mismo, pero esta ayuda solo puede realizarse en libertad. El ángel no puede hacer otra cosa que enviar una llamada, preocupado profundamente por su amigo, y permanecer junto a él con fidelidad. La persona también puede descuidar la escucha, resistirse a él y, de ese modo, hacer inútil toda ayuda. En este sentido podemos hablar del ángel de la guarda como de un verdadero amigo. ¿Qué es, en efecto, un amigo?
El amigo es una persona que no busca su propio interés, sino realmente el mío. Me conoce, conoce mis cualidades y mis defectos, me estima y me ama por lo que soy; quiere mi bien y respeta mi libertad. Esta amistad es muy valiosa y, del mismo modo, muy rara. Por profunda que sea, sin embargo, la amistad humana sigue siendo limitada.

¿Quién puede decir que comprende plenamente a su amigo?
¿Quién tiene un desinterés tan auténtico como para amar verdaderamente a su amigo sin segundas intenciones?
¿Y qué fidelidad es tan estable que sobreviva no solo al cambio de las circunstancias, sino también al del amigo, sus concepciones y sus experiencias de vida?
Pero, sobre todo: siempre existe un límite, trazado por el “yo”, que determina una última soledad que ninguna comunión puede superar ni eliminar.
Si todo esto es cierto en la amistad entre los hombres, las cosas son distintas con el ángel de la guarda. Él es grande y yo nunca podré compararme con él, pero ambos hemos sido creados por Dios y en esto somos iguales. Entre nosotros existe una solidaridad que procede directamente de Dios y solo en esta relación hay una posibilidad reservada a la amistad que, de otro modo, no existe en ningún lugar. En este sentido, el ángel de la guarda es verdaderamente un amigo único, y redescubrir la relación con él nos llevaría a ser más nosotros mismos.
¿No valdría la pena?
Recordemos que no sería un esfuerzo agotador y unilateral, porque el ángel de la guarda existe realmente: silencioso, presente y absolutamente fiel.
¿Acaso las horas de soledad, la oscuridad de la tristeza y el dolor de no ser comprendidos en este mundo no podrían adquirir un sentido nuevo?
Pero todo ello sin fantasías y confiando únicamente en la palabra de Jesús: dejándonos iluminar por ella y habitando en la verdad profunda de que ¡nadie está realmente solo, incluso cuando se siente así!


