Continúa la colaboración entre el padre Alessio Fucile, experto en arte, y el blog Shalom. El padre Alessio nos guiará para profundizar en los momentos más importantes del año litúrgico a través de hermosas obras de arte que, además de despertar en nosotros admiración por su esplendor, pueden ayudarnos a comprender mejor las Sagradas Escrituras y el mensaje de Jesús.
El padre Alessio presenta hoy el fresco «La Ascensión» de Giotto, que se puede admirar en la Capilla de los Scrovegni de Padua, como preparación para la solemnidad de mañana.


Bien hallado, hoy tengo el placer de presentarte la «Ascensión», fresco de Giotto que se encuentra en la Capilla de los Scrovegni, en Padua, y que data aproximadamente de 1303-05.
La escena representa el último encuentro entre Jesús y sus amigos antes de su ascensión: el Evangelio de Lucas nos informa de que «Jesús se separó de ellos y era llevado al cielo. Y ellos se postraron ante él», y así representa Giotto el acontecimiento.
El centro de la Ascensión: las manos de Cristo
Todo converge hacia las manos de Cristo, manos ocultas que ya han superado la dimensión terrenal y se encuentran más allá. «Asciendo a mi Padre y a vuestro Padre»: Jesús regresa finalmente al reino que había dejado para cumplir la misión de redimir a los hombres con su vida terrena. Giotto no calculó mal los espacios: el mismo recurso se utilizó en el fresco del encuentro de María Magdalena con el Resucitado; también allí el brazo de Jesús sale de la escena: Cristo ha resucitado y su vida pertenece ya a ese más allá hacia el que se dirige el hombre. Todo converge hacia esas manos, y a esas manos les hacen «coro» las manos de los ángeles y de los santos que acompañan a Cristo en su ascensión. Entre ellos se pueden reconocer a Juan Bautista y al anciano Simeón, de barba blanca, que había acogido a Jesús niño presentado en el Templo. Jesús abre definitivamente el camino al cielo y restablece la relación entre Dios y el hombre, que se había interrumpido a causa del pecado.

Los dos ángeles bajo el Resucitado miran a los apóstoles y a María, y les instruyen: «¿Por qué se quedan mirando al cielo? Jesús, que ha sido llevado al cielo de entre ustedes, vendrá del mismo modo que lo han visto ir al cielo».
«Mientras lo miraban, fue elevado y una nube lo ocultó de sus ojos». Los apóstoles son once, pues falta Judas, pero aún no ha sido elegido su sustituto, Matías. Ellos y María todavía permanecen “bajo la nube”: en ellos se refleja todo ser humano, porque también nosotros estamos “bajo la nube”. La intensidad de las miradas conmueve; los rostros están artísticamente logrados; algunos personajes se protegen los ojos con la mano de la luz deslumbrante que envuelve el misterio de esta despedida.
La presencia espiritual de Cristo
Cristo se ha ocultado de nuestras miradas para poder resplandecer en nuestros corazones. No se aleja de los suyos; siempre está en camino con el ser humano. Su presencia no es física, limitada por el espacio y el tiempo, sino espiritual, ilimitada, en todo lugar y en todo momento. Su promesa nos tranquiliza: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».
Giotto pintó a María ligeramente separada del grupo de los apóstoles; la pintó extasiada, con el rostro sereno y grave a la vez. El misterio de la Ascensión la implica profundamente: la carne de Jesús es su carne; ella, con pleno derecho, es maestra de vivir arraigados en la historia, pero con los ojos fijos en el destino que nos espera. Nos enseña a afrontar los dolores y las pruebas de la vida, seguros del triunfo que nos aguarda. El propio Jesús lo declaró: «En el mundo tendrán que sufrir, pero cobren ánimo, porque yo he vencido al mundo».
La Ascensión y el destino humano
Jesús, que vino del Padre, ahora vuelve a él y, gracias a la Ascensión, nuestra vida ya no queda suspendida en la nada, porque ha encontrado su principio y su fin; no somos huérfanos ni carecemos de patria, porque «nuestra patria está en los cielos y nuestra vida está ya escondida con Cristo en Dios».
Gracias por tu atención.


