Hoy, 14 de septiembre, los cristianos celebran la Exaltación de la Santa Cruz. Pero ¿no es una contradicción? ¿Cómo se puede exaltar un instrumento de muerte, dolor y sufrimiento? Solo se puede hacer si la muerte, el dolor y el sufrimiento se afrontan por amor y para devolver el amor a los hombres.
Descubramos el significado de la cruz y del amor de Jesús por cada uno de nosotros.
Los orígenes de la fiesta
Según la tradición, santa Elena, madre de Constantino, en el año 326, durante una peregrinación a Tierra Santa, encuentra la verdadera cruz de Cristo. Lleva una parte de la cruz a Roma y la coloca en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, que ella misma mandó construir. Constantino hace erigir una basílica en el Gólgota y otra sobre el sepulcro de Jesús; la dedicación de estas dos basílicas tiene lugar el 13 de septiembre del año 335: al día siguiente, el 14 de septiembre, se conmemora el papel significativo de ambas iglesias.
De un símbolo de muerte brota la vida
La cruz, ya signo del más terrible de los suplicios, es para el cristiano el árbol de la vida, porque la glorificación de Cristo pasa por el suplicio de la cruz y la antítesis sufrimiento-glorificación se vuelve fundamental en la historia de la redención. Nuestro Rey es diferente de todos los demás: reina desde una cruz, y no desde un trono dorado, para decir que el amor infinito se entrega hasta el final.
En la cruz el amor alcanza su cumbre
En la solemnidad de hoy, la Iglesia subraya el amor de Dios, un amor que alcanza su cumbre en la entrega de su Hijo. A este respecto, el papa Francisco afirma que el misterio de la cruz se cumple en «Jesús bajado del cielo para llevarnos a todos a subir al cielo». Continúa explicando que podemos caer en dos tentaciones: la primera es ver «un Cristo sin cruz, es decir, un maestro espiritual que te lleva adelante tranquilamente; no hay sufrimientos o, al menos, tú huyes de los sufrimientos y sigues adelante. La otra tentación es la cruz sin Cristo, la angustia de quedarse abajo, abatido, con el peso del pecado, sin esperanza». En cambio, la Iglesia exalta la cruz de Cristo precisamente porque lleva consigo la esperanza, anticipa la gloria y la resurrección para todos. «Para ser curados del pecado, miremos a Cristo crucificado», decía san Agustín. Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a quien vino para cargar sobre sí el pecado del mundo, darnos la vida eterna y enseñarnos a amar.




