
quiero escribirte a ti. Por muchos motivos. Ante todo, porque sé que sin duda me leerás y mi carta no correrá el riesgo de acabar como las tuyas. Has escrito muchas, y todas son cartas de amor, pero nosotros ni siquiera las hemos abierto. En el mejor de los casos, las hemos hojeado apresuradamente y con aire aburrido.
Además, porque sé que no te detienes en el análisis estético de lo que digo. Tú siempre vas al meollo, o a la raíz, y eres imbatible leyendo entre líneas. Y también esta vez, estoy seguro, sabes vislumbrar entre líneas mi corazón henchido de miedos y esperanzas, de preocupaciones y ternuras.
Además, porque tú siempre respondes y nunca dejas nada sin contestar. No hay ocasión en que te niegues a devolver el saludo o a acusar recibo. Con los demás, ya lo sabes, no siempre es así. Más que acusar recibo, parece que acusan el golpe.
Pero, sobre todo, te escribo directamente a ti, porque sé que en Navidad te encontrarás con muchísimas personas que vendrán a saludarte. Tú las conoces una por una. Dichoso tú, que puedes llamarlas a todas por su nombre. Yo no lo consigo.
Sin embargo, puesto que pasarán a visitarte, si no en la Eucaristía y en los sacramentos, al menos en el pesebre, ¿por qué no les sugieres, discretamente, que ya no te marcharás de la tierra y que, aunque te encuentres en otro lugar por tus asuntos, tienes una dirección fija en tu Iglesia, donde podrán encontrarte cada vez que quieran?
Y, a propósito de dirección, ¿no crees que tu Iglesia, cuyo seno decidiste habitar para siempre después de haber habitado durante nueve meses el de tu Madre, necesita alguna restauración?
Se tratará, querido Señor, de restauraciones costosas, porque de rica debe convertirse en pobre, de soberbia debe volverse humilde, de demasiado segura de sí misma debe aprender a compartir las ansiedades y las incertidumbres de los hombres, de reserva para aristócratas debe convertirse en fuente del pueblo.
Quien es profano en ciertos asuntos piensa que se trata de una restauración casi sin gastos, de bajo coste, porque se trata de reducir en vez de aumentar. Sin embargo, yo sé que hace falta una de esas asignaciones enormes de tu gracia, porque, si no, no se conseguirá nada.
Ya que me he puesto en el camino de las recomendaciones, ¿puedo aprovechar nuestra amistad para hacerte alguna otra?
Ayúdame a mí y a todos mis hermanos sacerdotes a dejarnos conducir por el Espíritu, que es Espíritu de libertad y no de sujeción. Espíritu de justicia y no de dominio, Espíritu de comunión y no de rivalidad, Espíritu de servicio y no de poder, Espíritu de fraternidad y no de facción.
Concede a los laicos de nuestra Iglesia la alegría de ti, que haces nuevas todas las cosas. Inspira en ellos los estremecimientos de los comienzos, la frescura de la mañana, la intuición del futuro.
Exorciza en nuestras comunidades el miedo al vacío, la impresión de que solo se vive de palabras, la sospecha de que, de lo audaz, solo amamos las metáforas.
Pon en el corazón de quien está lejos una profunda nostalgia de ti.
Seca las lágrimas secretas de tanta gente que no tiene el valor de llorar delante de los demás. Entra en las casas de quienes están solos, de quienes no esperan a nadie, de quienes en Navidad no recibirán siquiera una postal y, al mediodía, no tendrán comensales. Llena de esperanzas el corazón de los hombres, plano como un odre reseco por el sol.
Acuérdate de los muchachos del Instituto *** que no irán a casa porque nadie los quiere. Acuérdate de la familia *** que vive en la calle ***, en Molfetta, y son ocho en una habitación sin luz. Acuérdate de los cuatro ancianos que duermen en las celdas de un antiguo convento en Ruvo, con cartón en lugar de vidrios en la ventana. Acuérdate de Giovanni, que se droga y de vez en cuando me llama por teléfono de noche para decirme que se encuentra mal. Acuérdate de Antonella, abandonada por su marido. Acuérdate de todos los pobres y los infelices, cuyos nombres solo han encontrado una acogida estéril en mi agenda, pero todavía no en mi compromiso de obispo, llamado a presidir la caridad. Acuérdate, Señor, de quien lo tiene todo y no sabe qué hacer con ello: porque le faltas tú.
Feliz Navidad, hermano mío Jesús, que, además de vivir y reinar por todos los siglos, mueres y eres despreciado, minuto a minuto, sobre toda la faz de la tierra, en la vida desfigurada de los últimos.

