Anna O’Neil escribió y publicó en el sitio web Aleteia una hermosa carta a los padres que llevan a sus hijos pequeños a Misa.
Palabras sencillas, pero verdaderas y conmovedoras, que ayudan a los padres a comprender que «Cristo está ahí para recordarnos que no ve lo que ve el resto del mundo».
Queridos padres agotados y desanimados:
sus hijos se portan fatal en Misa. Ruidosos, desobedientes e inquietos, semana tras semana. Es como si un enorme reflector antiguo los iluminara constantemente a ustedes y a su aparentemente deficiente labor como padres. Están ahí con ustedes. He empezado a temer enormemente los domingos. Lo hemos intentado todo: ir a la primera Misa, a la de la tarde, libros sobre la Misa, explicaciones susurradas, amenazas susurradas, sentarnos delante, sentarnos detrás, ir directamente a la sala reservada para los niños... y quizá alguno de estos trucos haya funcionado, pero la cuestión de fondo es que no logramos salir de ese edificio sin que alguien grite, emprenda una carrera desenfrenada hacia el altar o Dios sabe qué otra cosa.

Pero, a pesar de todo, cada semana mi familia caótica y ruidosa y yo vamos a la iglesia (¡en las últimas filas!), deambulando, distrayendo a todo el mundo y sometiéndonos al juicio de una gran cantidad de personas que quizá no entiendan lo difícil que es enseñar a un niño a permanecer sentado y tranquilo durante 45 minutos. Parece una locura. Y, sin embargo, nos ponemos nuestras mejores galas y vamos, como nos pide la Madre Iglesia.
Quiero que sepan que, si ese también es su caso, todo está bien. Es más, mejor aún. Cristo tenía algo bastante importante que decirles a personas como nosotros:
“Después, alzando la mirada, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca de las ofrendas.
También vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas, y dijo: «En verdad les digo que esta pobre viuda ha echado más que todos; porque todos estos han echado en las ofrendas de lo que les sobra; pero ella ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir»” (Lucas 21, 1-4).
¿No es exactamente eso lo que estamos haciendo nosotros? Estamos dando literalmente todo lo que tenemos para obedecer la petición de asistir a la misa dominical (un poco de incomodidad no es un buen motivo para quedarse en casa).
Al mundo exterior le parece que hemos hecho lo mínimo.
Es cierto, hemos ido a la iglesia, pero ¿estamos concentrados? ¿Tenemos una experiencia espiritual? ¿Hemos escuchado siquiera una palabra del Evangelio? Solo nosotros sabemos cuánto estamos dando realmente. Pero Cristo también lo sabe.

Así como las dos moneditas de la mujer en el arca parecen no ser nada comparadas con la bolsa de oro del rico, nuestra contribución parece tan insignificante que alguien podría preguntarse por qué nos molestamos en ofrecerla. ¿Por qué ir a misa si pasaremos todo el tiempo tratando de evitar los problemas provocados por los niños? Pero Cristo está allí para recordarnos que no ve lo que ve el resto del mundo.
A menudo salgo de misa sintiendo que ha sido una experiencia fallida. No logré seguirla y salí corriendo tan rápidamente que ni siquiera hice la genuflexión. ¿Qué clase de católica soy? Si ustedes también se sienten así, no olviden que tener niños pequeños o con necesidades especiales, o encontrarse en cualquier situación que haga imposible permanecer arrodillados en silencio y escuchar atentamente, es un tipo único de pobreza. Y nosotros, en nuestra pobreza, damos realmente todo lo que tenemos al hacer simplemente lo mejor que podemos. Aunque lo mejor que podamos hacer sea solo asistir físicamente a misa.
Así que no dejen de ir y, por favor, no se preocupen demasiado por cómo puede parecer su familia. Aunque nunca llegue a ser más fácil, sigan haciendo lo que están haciendo y sepan que, aunque el mundo no lo haga, Dios ve lo valioso que es su sacrificio.


