La beata Alexandrina Maria da Costa es una mística del siglo XX, apóstol de la Eucaristía y depositaria de la devoción de los primeros seis jueves del mes. Su vida, transcurrida en su mayor parte en una cama, transmite alegría, paz, amor, fe y esperanza. Su sonrisa, llena de una experiencia espiritual excepcional, logra llegar a miles de personas y, aún hoy, es un signo indiscutible de la presencia de Dios entre los hombres.
Nace en Balasar, en la provincia de Oporto, el 30 de marzo de 1904. Permanece con su familia hasta los 7 años; después la envían a Póvoa do Varzim, a casa de la familia de un carpintero, para asistir a la escuela primaria. Dieciocho meses después regresa a casa con su madre y su hermana Deolinda.
Vive una infancia animada: dotada de un carácter abierto, es querida por todas sus compañeras. A los 12 años enferma: una grave infección – quizá una fiebre tifoidea intestinal – amenaza con hacerla morir. Aunque supera el peligro, llevará para siempre las secuelas de esta enfermedad.

El Sábado Santo de 1918, Alexandrina tiene 14 años y está en casa con Deolinda y una joven aprendiz: cosen. Se dan cuenta de que tres hombres intentan entrar en su habitación. Aunque las puertas están cerradas, los tres consiguen forzarlas: Alexandrina, para salvar su pureza, se arroja por la ventana, cayendo desde una altura de cuatro metros. Las consecuencias son terribles: las revisiones médicas revelan una lesión medular. Hasta los 19 años todavía consigue arrastrarse hasta la iglesia, pero, a medida que progresa la parálisis, queda completamente inmovilizada. Desde el 14 de abril de 1925, Alexandrina está obligada a guardar cama y permanecerá en ella durante los treinta años restantes de su vida.
Hasta 1928 no deja de pedir al Señor, por intercesión de la Virgen, la curación, prometiendo que, si se curaba, se convertiría en misionera. Pero, cuando comprende que el sufrimiento es su vocación, se abandona a la voluntad de Dios. «Amar, sufrir, reparar» es el programa que le indica el Señor.
Del viernes 3 de octubre de 1938 al 24 de marzo de 1942, durante ciento ochenta y dos ocasiones, revive cada viernes los sufrimientos de la Pasión: superando el estado de parálisis, baja de la cama y, con movimientos y gestos acompañados de grandes dolores, reproduce los diversos momentos del Vía Crucis durante tres horas y media.
Alexandrina, apóstol de la Eucaristía, puede asociarse con santa Margarita María Alacoque y sor Lucía de Fátima: la primera fue apóstol del Sagrado Corazón de Jesús y de la Comunión reparadora durante los primeros nueve viernes del mes, y la segunda, apóstol del Corazón Inmaculado de María y de la Comunión durante los primeros cinco sábados del mes, en reparación por las ofensas cometidas contra la santa Virgen.
A Alexandrina, Jesús le encomienda la tarea de difundir el amor por la Eucaristía y la Comunión durante los primeros seis jueves del mes, invitando a adorar en el «misterio de la fe» su presencia real y a contemplar su sacrificio perpetuo mediante el recuerdo de las santas llagas.
Jesús, el 25 de febrero de 1949, hace a Alexandrina peticiones y promesas; le pide que sea amado, consolado y reparado en la Santísima Eucaristía, y le indica claramente la práctica de los seis primeros jueves del mes: «Hija mía, esposa mía querida, haz que sea amado, consolado y reparado en mi Eucaristía. Di en mi nombre que a cuantos hagan bien la santa Comunión, con sincera humildad, fervor y amor durante los primeros seis jueves consecutivos y pasen una hora de adoración ante mi sagrario en íntima unión conmigo, les prometo el cielo. Y para honrar a través de la Eucaristía mis santas llagas, honrando en primer lugar la de mi sagrado hombro, tan poco recordada.
Quienes al recuerdo de mis llagas unan el de los dolores de mi bendita Madre y por ellos nos pidan gracias tanto espirituales como corporales, tienen mi promesa de que serán concedidas, a menos que sean perjudiciales para su alma. En el momento de su muerte llevaré conmigo a mi santísima Madre para defenderlos».

La invitación que Jesús nos dirige, a través de su apóstola, es vivir siempre unidos a él, extendiendo esta unión íntima y familiar a cada momento de la vida y custodiando el don de su presencia en nuestro hogar interior mediante el amor al prójimo, el silencio y la oración.
El Esposo le dice que difunda el amor por la Eucaristía, alimento y sustento para la vida interior. Y que la Eucaristía pueda obrar milagros en la vida de una persona lo demuestra de manera viva la experiencia de Alexandrina: pasa treinta años paralizada en cama, con dolores atroces a causa de la mielitis en la columna vertebral, y, sin embargo, se convierte en un faro de luz para quienes la encuentran y para todo el mundo; hace de su existencia un don de amor al Padre para acudir en ayuda y colaborar en la salvación de los pecadores, en íntima unión con Cristo crucificado y resucitado. Nunca deja de amar, irradiando esperanza, alegría y paz con su sonrisa y su mirada a quienes tienen el don de acercarse a ella.
En ella, el Señor realiza plenamente ese misterio que san Pablo expresa en la carta a los Gálatas: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (2,20); y la acción de Jesús Eucaristía no se limita a la vida interior, sino que se convierte en auténtico «fármaco de inmortalidad», permitiéndole vivir solo de ella, en un ayuno total de comida y agua durante trece años.
En 1950 Alexandrina celebra el vigésimo quinto aniversario de su inmovilidad y el 7 de enero de 1955 se le anuncia que ese sería el año de su muerte. Pocos meses antes de morir, la Madre de Dios le entrega este mensaje: «Habla a las almas. ¡Habla de la Eucaristía! ¡Háblales del Rosario! ¡Que se alimenten de la Carne de Cristo, de la oración y de mi Rosario!».
El 12 de octubre pide recibir la Unción de los enfermos y el 13 de octubre, aniversario de la última aparición de la Virgen en Fátima, exclama: «Estoy feliz, porque voy al cielo». A las 19:30 muere.

