La idea de la muerte, las preguntas últimas sobre quiénes somos y adónde iremos, a menudo quedan en el olvido. Los santos y los místicos, en cambio, nos recuerdan las realidades ultraterrenas y también nos dicen que el infierno y el purgatorio existen y que no son fantasías. Reproducimos aquí, en particular, la experiencia de santa Faustina Kowalska.

El infierno: un lugar de grandes tormentos
Leemos en el Diario de santa Faustina: «Hoy, bajo la guía de un ángel, estuve en los abismos del infierno. Es un lugar de grandes tormentos en toda su extensión, espantosamente grande. Estas son las diversas penas que vi: la primera pena, la que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; la segunda, los continuos remordimientos de conciencia; la tercera, la conciencia de que ese destino nunca cambiará; la cuarta pena es el fuego que penetra el alma, pero no la aniquila; es una pena terrible: un fuego puramente espiritual encendido por la ira de Dios; la quinta pena es la oscuridad continua, un horrible y sofocante hedor, y aunque está oscuro, los demonios y las almas condenadas se ven entre sí y ven todo el mal de los demás y el propio; la sexta pena es la compañía continua de Satanás; la séptima pena es la tremenda desesperación, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias.
Estos son tormentos que todos los condenados sufren juntos, pero este no es el final de los tormentos. Hay tormentos particulares para las distintas almas, que son los tormentos de los sentidos. Cada alma es atormentada de manera tremenda e indescriptible por aquello con lo que ha pecado». Prosiguiendo, santa Faustina anota: «Una cosa he notado: que la mayoría de las almas que hay son almas que no creían que existiera el infierno».

El Purgatorio: un lugar nebuloso
Santa Faustina también tuvo una visión del Purgatorio, que describe así en su Diario: «En un momento me encontré en un lugar nebuloso, invadido por el fuego y, en él, una enorme multitud de almas sufrientes. Estas almas rezan con gran fervor, pero sin eficacia para sí mismas: solo nosotros podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban no me tocaban. Mi Ángel Custodio no me abandonó ni un solo instante. Y pregunté a aquellas almas cuál era su mayor tormento. Y unánimemente me respondieron que su mayor tormento es el ardiente deseo de Dios. Vi a la Virgen que visitaba las almas del purgatorio. Las almas llaman a María “Estrella del Mar”. Ella les lleva alivio. Habría querido hablar más tiempo con ellas, pero mi Ángel Custodio me hizo señas de salir. Y salimos por la puerta de aquella prisión de dolor. Oí en mi interior una voz que dijo: “Mi Misericordia no quiere esto, pero lo exige la justicia”».
Aunque la cultura dominante nos distrae de pensar en estas realidades, que muy a menudo son censuradas, es más urgente que nunca recordarlas para hacer una revisión seria de nuestra vida y de nuestras decisiones a la luz del mensaje que Cristo vino a traernos.
¿Conocías la experiencia vivida por santa Faustina? Escríbelo en los comentarios.


