Triduo pascual – Jueves Santo – Cena del Señor
Propia
Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra», marzo-abril de 2021.
Con la celebración de la Cena del Señor comienza el Triduo pascual, tres días que la Iglesia vive como si fueran un único gran día. Son los días más importantes de nuestra fe. Todo parte de aquí, de los acontecimientos que tienen lugar en estos tres días tan especiales. En la Última Cena Jesús instituye la Eucaristía y el sacerdocio, y la Iglesia, obedeciendo sus palabras, repite ese gesto para que él esté totalmente presente aquí entre nosotros, hoy. Abramos de par en par el corazón, dejemos entrar a Cristo.
PRIMERA LECTURA
Del libro del Éxodo (Éx 12,1-8.11-14)
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: «Este mes será para ustedes el comienzo de los meses, será para ustedes el primer mes del año. Hablen a toda la comunidad de Israel y digan: “El día diez de este mes, cada uno procure un cordero por familia, un cordero por casa. Si la familia fuera demasiado pequeña para un cordero, se unirá al vecino más próximo a su casa, según el número de personas; calcularán cómo deberá ser el cordero según lo que cada uno pueda comer. El cordero será sin defecto, macho, nacido en el año; podrán escogerlo entre las ovejas o entre las cabras y lo conservarán hasta el día catorce de este mes: entonces toda la asamblea de la comunidad de Israel lo inmolará al atardecer. Tomarán un poco de su sangre y la pondrán en las dos jambas y en el dintel de las casas donde lo comerán. Esa noche comerán la carne asada al fuego; la comerán con panes ácimos y hierbas amargas. Así lo comerán: con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y el bastón en la mano; lo comerán deprisa. ¡Es la Pascua del Señor! Esa noche yo pasaré por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, hombre o animal; así haré justicia contra todos los dioses de Egipto. ¡Yo soy el Señor! La sangre en las casas donde estén les servirá de señal: yo veré la sangre y pasaré de largo; no habrá entre ustedes plaga exterminadora cuando yo hiera la tierra de Egipto. Este día será para ustedes un memorial; lo celebrarán como fiesta del Señor: de generación en generación lo celebrarán como rito perpetuo”». Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
«Este día será para ustedes un memorial; lo celebrarán como fiesta del Señor: de generación en generación lo celebrarán como rito perpetuo». No es solo memoria de un acontecimiento pasado, por extraordinario que sea, sino memorial: un pasado que hoy sigue presente y lo estará para siempre. El cristianismo no es adecuado para quienes se limitan a ser cantores que alaban el tiempo pasado. La Pascua está viva y presente hoy. El paso de liberación de Egipto y de todas las esclavitudes posibles e imaginables sigue ocurriendo ahora. La verdadera sangre que salva ya no es la del cordero (que era solo un signo anticipatorio), sino la verdadera sangre derramada en la cruz, la sangre eucarística de Cristo. Se trata efectivamente de un rito perpetuo: pero no tanto porque se repita infinitamente, cada año, sino porque nos sumerge en la vida eterna de la Trinidad divina. Es una verdadera fiesta, un paso de la esclavitud a la liberación, de la muerte del pecado a la vida divina. Solo en la Pascua podemos encontrar la verdadera alegría: dejemos que estalle hoy y por toda la eternidad.
SEGUNDA LECTURA
de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 11,23-26)
Hermanos, yo recibí del Señor lo que a mi vez les he transmitido: el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía». Del mismo modo, después de cenar, tomó también el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; hagan esto cada vez que beban de él, en memoria mía». Por eso, cada vez que comen este pan y beben del cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que él vuelva. Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«Por eso, cada vez que comen este pan y beben del cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que él vuelva». Los expertos afirman que esta lectura de san Pablo contiene la descripción de fe más antigua de la Eucaristía: palabras y gestos que hacen presente y eficaz a Jesucristo entre nosotros, hoy como hace dos mil años. Es maravilloso, increíblemente hermoso, insertarnos no en un pasado, sino en un memorial, actual también hoy. En cada Eucaristía está precisamente Jesús, el mismo que caminó por las calles de Palestina, que habló con autoridad y realizó gestos maravillosos, que está vivo hoy aquí entre nosotros. Es el mismo Jesucristo, Hijo eterno del Padre, engendrado, no creado, que quiere entregarse y comunicarse a nosotros. San Pablo nos dice: «Hermanos, yo recibí del Señor lo que a mi vez les he transmitido». La fe está firmemente fundada en la tradición (del latín: transmitir, confiar, entregar, dejar en herencia). Esta transmisión parte de Jesús, que entrega el pan y el vino como su cuerpo y su sangre a los apóstoles, y continúa a lo largo de los siglos hasta el fin de los tiempos.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 13,1-15)
Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dijo: «Señor, ¿tú me vas a lavar los pies a mí?». Jesús respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás después». Pedro le dijo: «¡Tú no me lavarás los pies jamás!». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo». Simón Pedro le dijo: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús añadió: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio; y ustedes están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar; por eso dijo: «No todos están limpios». Después de lavarles los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes». Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». San Pablo, Mateo, Marcos y Lucas describen cómo tuvo lugar la Última Cena; Juan, según sus intenciones, prefiere centrarse en su significado. Así, la narración de la Última Cena se corresponde con el relato de una acción significativa: el lavatorio de los pies. El gesto se explica mediante la realización de un amor «hasta el extremo»: la Eucaristía se presenta como servicio. Entrega total de Cristo al Padre y a los apóstoles; acogida del don por nuestra parte, para alabanza de Dios y alegría cristiana de los hermanos. ¿Cuántas veces nuestras Eucaristías se desarrollan únicamente realizando gestos repetitivos? ¿Qué sentido tiene fingir honrar al Dios que no se ve para después olvidar al Dios presente en el hermano (ante todo en el que está cerca, quizá molesto, difícil de tratar o a quien sencillamente no quiero obedecer)? Intentemos mantener unidos los signos del pan y del vino consagrados como Cuerpo y Sangre de Jesucristo con el lavatorio de los pies realizado por el mismo Jesús: es el mismo Dios que se ofrece.

