Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” noviembre-diciembre de 2021
Todos los santos (s)
propia
PRIMERA LECTURA
Del libro del Apocalipsis de san Juan apóstol (Ap 7,2-4.9-14)
Yo, Juan, vi subir de oriente a otro ángel, que llevaba el sello del Dios vivo. Y gritó con voz potente a los cuatro ángeles a los que se les había concedido devastar la tierra y el mar: «No devasten la tierra ni el mar ni los árboles, hasta que hayamos marcado con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios». Y oí el número de los que habían sido marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil marcados, procedentes de todas las tribus de los hijos de Israel. Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua. Estaban de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en las manos. Y gritaban con voz potente: «La salvación pertenece a nuestro Dios, sentado en el trono, y al Cordero». Y todos los ángeles estaban alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, y se postraron rostro en tierra delante del trono y adoraron a Dios diciendo: «Amén. La alabanza, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza pertenecen a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén». Entonces uno de los ancianos tomó la palabra y me dijo: «Estos que están vestidos de blanco, ¿quiénes son y de dónde vienen?». Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabes». Él me respondió: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
«La salvación pertenece a nuestro Dios, sentado en el trono, y al Cordero». Este es todo el Evangelio, la buena noticia que en el cielo los ángeles y los santos proclaman a gran voz para que pueda ser escuchada aquí por nosotros. Un grito de amor que llena el corazón, devorando todo residuo de miedo que llevamos dentro. La contemplación de la muchedumbre inmensa de los santos que hoy nos ofrece el texto del Apocalipsis alimenta nuestra esperanza, pero sobre todo nos hace sentir hambre de santidad. Estamos invitados a levantar la mirada y fijarla en la Jerusalén celestial hacia la cual -como nos hace rezar la liturgia- apresuramos nuestros pasos. El vestido blanco, hecho así gracias a la sangre del Cordero, que llevan los redimidos, es el mismo que “vestía” Cristo en el monte de la transfiguración: es el misterio de su vida en quienes son suyos para siempre. Un himno de alabanza y de amor resuena entre las bóvedas del cielo: «¡Amén! La alabanza, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza pertenecen a nuestro Dios». Palabras familiares para nosotros, las mismas que repetimos en nuestra liturgia terrena, anticipo y degustación de la celestial.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn 3,1-3)
Queridos hermanos, miren qué gran amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios, ¡y realmente lo somos! Por eso el mundo no nos conoce: porque no lo conoció a él. Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Somos hijos de Dios no solo de palabra, sino realmente, por gracia y no por mérito. San Juan ya nos lo había prometido al comienzo de su Evangelio: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Convertidos en hijos en el Hijo, estamos llamados a revelar el misterio divino con toda nuestra vida. Entre el “ya” del don y el “todavía no” de la plenitud de la gloria se sitúa nuestro compromiso de responder a la vocación que hemos recibido. Estamos llamados a vivir una vida nueva que dé testimonio de la presencia real de Dios. ¿Cómo hacerlo concretamente? Viviendo la vida de todos, pero como hijos amados por el Padre, sin esperar condiciones de vida que Dios no nos ha prometido, sino respondiendo aquí y ahora a la llamada divina, viviendo la gracia del momento presente. Si confiamos en Dios y en su amor por nosotros, entonces ya no diremos que las circunstancias de la vida cotidiana -a menudo marcada por el cansancio, la enfermedad y el dolor- son un impedimento para vivir la llamada universal a la santidad. Descubriremos que precisamente ellas son su ocasión.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 5,1-12a)
En aquel tiempo, al ver a la multitud, Jesús subió al monte, se sentó y sus discípulos se acercaron a él. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque encontrarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados ustedes cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos». Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La montaña, en el lenguaje de la Sagrada Escritura, es el lugar por excelencia del encuentro con Dios. El Evangelio de hoy no solo nos presenta a Jesús subiendo al monte, sino también sentándose en él, como para decir que la cátedra especial desde la que Jesús nos habla y nos enseña es la comunión íntima y profunda que lo une al Padre; dentro de esta comunión quiere llevarnos. Por eso su Palabra tiene autoridad, va directa al corazón y explica la vida. Las bienaventuranzas que Jesús nos da, antes incluso de indicarnos la dirección correcta de la vida, nos hablan ante todo de él: son una especie de biografía del corazón de Jesús. En ellas se nos revela el corazón de nuestro Salvador. Vivir las bienaventuranzas significa desear vivir la vida de Cristo o, mejor dicho, dejar que Jesús, el Cristo, venga a vivir su santidad en nosotros. Por tanto, ningún moralismo ni esfuerzo voluntarista, sino un don que debemos acoger. Este es el secreto de la santidad: no tanto darlo todo al Señor, porque siempre seríamos nosotros quienes decidiríamos la medida y seguramente dejaríamos fuera algún aspecto decisivo de nuestra vida, sino dejar que el Señor se apodere de todo nuestro ser. Y entonces seremos verdaderamente bienaventurados, pregustando aquí en la tierra un anticipo del Paraíso.

