La solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús nos revela que en el centro de la vida y de la fe cristiana está el amor incondicional y total de Dios, revelado en la cruz de Cristo. En la sangre y el agua que brotan de su corazón vemos simbolizados y admirablemente expresados los sacramentos fundamentales para nuestra vida cristiana: el Bautismo, agua viva que nos purifica, y la Eucaristía, alimento y bebida que nos nutren. Demostremos, pues, a Dios nuestra inmensa gratitud, correspondiendo a su amor con una fe activa que se entrega sin reservas.
Sacratísimo Corazón de Jesús (s) (B)
propia
Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2021
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Oseas (Os 11,1.3-4.8c-9)
Cuando Israel era niño, yo lo amé y desde Egipto llamé a mi hijo. Yo enseñaba a caminar a Efraín, tomándolo de la mano, pero ellos no comprendieron que yo cuidaba de ellos. Los atraía con lazos de bondad, con vínculos de amor; era para ellos como quien alza a un niño hasta su mejilla, me inclinaba hacia él para darle de comer. Mi corazón se conmueve dentro de mí, se estremece de compasión mi interior. No daré rienda suelta al ardor de mi ira, no volveré a destruir a Efraín, porque soy Dios y no un hombre; soy el Santo en medio de ti y no iré contra ti con ira.
Comentario a la primera lectura
En el Antiguo Testamento hay un pasaje en el que el tema del corazón de Dios aparece expresado con absoluta claridad: se encuentra en el capítulo 11 del libro del profeta Oseas, cuyos primeros versículos describen la dimensión del amor con el que el Señor, un Dios que es padre y madre al mismo tiempo, se dirigió a Israel en los albores de su historia. En verdad, ante la incansable predilección divina, Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. Sin embargo, nunca abandona a Israel en manos de sus enemigos: «Mi corazón se conmueve dentro de mí, se estremece de compasión mi interior» (v. 8). ¡El corazón de Dios se estremece de compasión! En la solemnidad de hoy del Sacratísimo Corazón de Jesús, la Iglesia ofrece a nuestra contemplación este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso que, en los textos del Nuevo Testamento, se nos revela como la inconmensurable pasión de Dios por el ser humano.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 3,8-12.14-19)
Hermanos, a mí, el último de todos los santos, se me ha concedido esta gracia: anunciar a los gentiles las insondables riquezas de Cristo e iluminar a todos sobre la realización del misterio escondido desde siglos en Dios, creador del universo, para que, por medio de la Iglesia, se manifieste ahora a los Principados y a las Potestades celestiales la multiforme sabiduría de Dios, conforme al designio eterno que él ha realizado en Cristo Jesús, nuestro Señor, en quien tenemos la libertad de acercarnos a Dios con plena confianza por medio de la fe en él. Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que les conceda, según la riqueza de su gloria, ser fortalecidos poderosamente en el hombre interior por medio de su Espíritu. Que Cristo habite por la fe en sus corazones y que, arraigados y cimentados en el amor, sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para que sean colmados de toda la plenitud de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Pablo expresa su asombro ante lo que ha conocido del misterio de Dios: Cristo elige habitar en el corazón de los fieles en un diálogo supremo de amor y de vida. A través de este diálogo, el discípulo puede descubrir el universo de amor que encierra el corazón de Dios. También nuestro corazón, si está arraigado en Cristo, puede llegar a comprender, en la fe, la anchura, la profundidad y la altura de la experiencia de amor que el Hijo vino a revelarnos. En efecto, cuando permitimos que el Espíritu se abra camino en nosotros, descubrimos las inmensas riquezas del amor de Cristo y la presencia de Dios ya no es un concepto, sino que se convierte en una experiencia profunda que nos fortalece interiormente, dándonos una confianza plena y duradera. Pablo, que había experimentado el alejamiento de Cristo, comprende que no hay nada más valioso que Cristo y su amor. Entonces su corazón divino llama a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos, a abandonar nuestras seguridades humanas para confiar en él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 19,31-37)
Era el día de la Preparación y los judíos, para que los cuerpos no quedaran en la cruz durante el sábado -pues aquel sábado era un día solemne-, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Llegaron, pues, los soldados y quebraron las piernas al primero y al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y enseguida salió sangre y agua. El que lo ha visto da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán ningún hueso». Y otro pasaje de la Escritura dice también: «Mirarán al que traspasaron».
Comentario al Evangelio del día
En este gesto tan cruel de quebrar las piernas a los dos ladrones está la piedad de los romanos, que querían poner fin lo antes posible al sufrimiento de los condenados. Morir en la cruz significaba morir asfixiado, porque la caja torácica quedaba comprimida por el peso del cuerpo. Quebrar las piernas interrumpía la capacidad de expandir la caja torácica haciendo fuerza con las piernas, y en dos o tres minutos el condenado moría. Jesús no lo necesita, ya está muerto. El acto con el que el soldado se cerciora de la muerte de Jesús atestigua que había dejado de respirar. Es una escena surrealista: Dios, el Eterno, el Omnipotente, colgado de una cruz, sin vida, atravesado por una lanza. Pero lo que debía ser simplemente una comprobación de su muerte se convierte en una ventana a su misterio. Esa herida nos permite asomarnos al mismo corazón de Cristo, del que brotan «sangre y agua». Nuestro Dios no desdeña ofrecer su vida para seguir presente entre nosotros a través de los sacramentos, que transmiten el fluir de una vida nueva. El corazón traspasado de Jesús en la cruz es la fuente de la que brotan para la humanidad la redención y la salvación. A ese corazón estamos invitados a dirigir la mirada de la fe, como sugiere la cita del profeta Zacarías: «Mirarán al que traspasaron».

