San José, esposo de la bienaventurada Virgen María (s)
propia
Textos tomados del Misalito “Sobre tu Palabra”, marzo-abril de 2021
Celebramos la fiesta de san José, patrono de la Iglesia universal. En el primer capítulo del evangelio según san Mateo se lo define con tres títulos que nos ofrecen un retrato esencial de él: «el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo», «hijo de David», es decir, descendiente de la estirpe mesiánica y llamado a su vez a vincular a Jesús con esta descendencia, «hombre justo», porque acepta y cumple la voluntad de Dios. Pidamos a san José que nos ayude a escuchar el Evangelio y a ponerlo en práctica, para hacer cada día la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos.
PRIMERA LECTURA
Del segundo libro de Samuel (2Sam 7,4-5a.12-14a.16)
En aquellos días, el Señor dirigió esta palabra a Natán: «Ve y di a mi siervo David: Así dice el Señor: “Cuando se cumplan tus días y descanses con tus padres, suscitaré después de ti a un descendiente salido de tus entrañas y consolidaré su reino. Él construirá una casa en mi honor y yo consolidaré el trono de su reino para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán firmes para siempre ante mí, y tu trono será estable para siempre”». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
«Tu trono será estable para siempre». Estamos tan acostumbrados a los cambios de regímenes políticos, de mayorías solo aparentemente democráticas, a tragedias étnicas y religiosas cometidas en nombre del poder, que la frase inicial puede adquirir un valor bastante pobre, o al menos irónico, burlón. ¿Cómo es posible que el trono de un rey dure para siempre? Además, se habla precisamente de David, un hombre que, por una parte, fue elegido por Dios y se convirtió en el ungido, el consagrado del Altísimo, pero que, por otra, demostró ser un gran pecador. Asimismo, ¿por qué precisamente su reino debería consolidarse para siempre? ¿Acaso los demás reyes no merecen lo mismo? Aquí resulta indispensable que pasemos de una mirada puramente humana -tal como se ha hablado hasta ahora- a una perspectiva de fe. Ahora David se convierte solo en una limitada y pecadora prefiguración de Aquel que estará sin pecado: Jesucristo. El trono estable para siempre pertenece al Mesías tan invocado, a Jesucristo, Hijo de Dios. Jesús se inserta en el árbol genealógico de David gracias a san José, quien dará el nombre de Jesús, “Dios salva”, al Hijo que el Señor le confió bajo su custodia.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 4,13.16-18.22)
Hermanos, no por medio de la Ley se concedió a Abrahán, o a su descendencia, la promesa de que sería heredero del mundo, sino por medio de la justicia que procede de la fe. Por eso, los herederos lo son por la fe, para que la promesa sea según la gracia y, de este modo, quede asegurada para toda la descendencia: no solo para la que procede de la Ley, sino también para la que procede de la fe de Abrahán, quien es padre de todos nosotros -como está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»- ante el Dios en quien creyó, que da vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no existe. Él creyó, firme en la esperanza contra toda esperanza, y así llegó a ser padre de muchos pueblos, conforme a lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por eso le fue acreditado como justicia. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«Te he constituido padre de muchos pueblos». Como se dice en la carta a los Romanos, Abrahán es padre de todos los pueblos, porque Dios mismo lo hizo tal. Antes de Abrahán y después de la creación del cosmos y, finalmente, del ser humano, según el relato bíblico, en la humanidad se había creado una situación de creciente violencia e injusticia. Esta proliferación del mal se describe mediante una serie de escalones que ascienden hacia el homicidio, el rechazo del vínculo con Dios y la abominación en las distintas ciudades… hasta la torre de Babel. Dios intentó absolutamente todo para procurar que su pueblo se arrepintiera. Pero, mientras los hombres permanecen en el pecado, Dios “inventa” a Abrahán, un padre para todos los pueblos. ¿Qué significa ser padre? Ante todo, participar de la paternidad y la fecundidad de Dios mismo. Un padre auténtico se arriesga, sufre, padece y se alegra junto con sus hijos. Abrahán como padre de «muchos pueblos» ha sido interpretado de diversas maneras. Hay quienes entienden únicamente al pueblo israelita y quienes buscan extender esta expresión desde la Iglesia católica hasta la presencia de Cristo, incluso inconsciente, en todos los pueblos. La fe de san José es como la de Abrahán, y la nuestra debe ser como la suya. Debemos mirarlo como un ejemplo luminoso.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 1,16.18-21.24a)
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Así nació Jesucristo: su madre, María, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió repudiarla en secreto. Pero, mientras estaba considerando esto, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa. Porque lo engendrado en ella procede del Espíritu Santo; dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Cuando José despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor. – Palabra del Señor.
O bien:
Del Evangelio según san Lucas (Lc 2,41-51a)
Los padres de Jesús iban cada año a Jerusalén para la fiesta de Pascua. Cuando él cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre. Pero, pasados aquellos días, mientras regresaban, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que estaba en la comitiva, hicieron una jornada de camino y luego se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Después de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, se quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Él bajó con ellos, fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«Era un hombre justo»: qué hermoso es este apelativo que se dirige a san José. No es una palabra vacía, sino que se revela llena de significado, tanto en su intención de repudiar a María en secreto como al acoger el mensaje del ángel. En todos los Evangelios no se recoge una sola frase pronunciada por José, y esto nos dice y nos recuerda continuamente que los hechos son mucho más importantes que las palabras. En un mundo como el nuestro, inundado de mensajes hechos de propuestas, publicidad, noticias y noticias falsas que luego son desmentidas, san José nos llama a una esencialidad del lenguaje. Además, no hay que menospreciar en absoluto su figura por la falta de testimonios sobre sus palabras. Recuerdo solo dos aspectos, esculpidos en los Evangelios y en la tradición: maestro de trabajo para Jesús, a quien en el Evangelio se reconoce como el hijo del carpintero. Además, la tradición nos transmite el momento del paso de José al cielo, acompañado por Jesús y María. No hace falta la imaginación, sino que basta la fe para captar todo el valor de este camino recorrido juntos.
O bien:
Un padre y una madre que viven en la angustia, en la preocupación ardiente e intensa por su propio hijo: qué humana es esta imagen que hoy nos ofrece el Evangelio. También hoy los padres se preocupan por sus hijos, pero puede suceder que la preocupación vaya acompañada, al mismo tiempo, de desatención hacia ellos, falta de comunicación y de escucha mutua. En un mundo marcado no solo por el don de la fecundidad y de la educación, sino también por el pecado, todo esto se vuelve posible y frecuente. Pero el pasaje bíblico nos dice algo más: Jesús adolescente ya ha desarrollado la conciencia de una filiación muy especial, de una vocación y una misión que superan con mucho las expectativas normales de los padres terrenales. Jesús descubrió que, ante todo, es Hijo de Dios; se volvió interior y públicamente consciente de que solo en este título puede reflejarse plenamente. ¿Cuántos padres y cuántas madres están hoy dispuestos a dejarse anunciar que su hijo o hija es, ante todo, hijo de Dios en la creación y que todo esto queda plenamente suscrito gracias al Bautismo? También para María y José este paso ocurrió no sin dificultades: «Ellos no comprendieron». Está luego Jesucristo, Hijo del Dios Altísimo y Todopoderoso, que se revela «sometido» a la educación de José y María.

