Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» marzo-abril de 2024
San José, esposo de la bienaventurada Virgen María (s)
propia
PRIMERA LECTURA
Del segundo libro de Samuel (2Sam 7,4-5a.12-14a.16)
En aquellos días, la palabra del Señor fue dirigida a Natán: «Ve y di a mi siervo David: Así dice el Señor: “Cuando se hayan cumplido tus días y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un descendiente, salido de tus entrañas, y consolidaré su reino. Él edificará una casa para mi nombre y yo consolidaré para siempre el trono de su reino. Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino se mantendrán firmes para siempre ante mí, y tu trono será estable para siempre”». - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Se sale de los esquemas terrenales y se entra en el modo de actuar de Dios. La descendencia de David no será simplemente una línea dinástica como puede ser la de los Saboya o los Windsor, sino una descendencia histórica en la que Dios, el eterno e inmutable, tomará carne y sangre para convertirse en el Rey universal, Señor del cielo y de la tierra. Jesús no desciende de las nubes ya con treinta años y crecido en las misteriosas realidades celestiales, sino que descenderá de la estirpe humana de los reyes posteriores a David, que se detiene en José. Allí todo se detiene y José contempla la encarnación divina de Cristo en el seno virginal de María. José se limita a dar el nombre a Jesús, que será, en efecto, «hijo de David» según los israelitas de su tiempo. Un gran río de humanidad, que recoge todo lo anterior (incluso historias de pecados y miserias por parte de los diversos reyes), llega hasta el manso carpintero de Nazaret; en él toda la historia davídica llega a su cumplimiento. Después de él ya no habrá más descendientes del rey David, sino solo hijos de Dios, aquellos que acogen al Rey divino, Jesús el Cristo, en su propio corazón.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 4,13.16-18.22)
Hermanos, la promesa de que Abraham y su descendencia recibirían el mundo en herencia no fue hecha por medio de la Ley, sino por medio de la justicia que procede de la fe. Por eso la herencia se obtiene por la fe, para que sea según la gracia y la promesa quede asegurada para toda la descendencia: no solo para la que procede de la Ley, sino también para la que procede de la fe de Abraham, que es padre de todos nosotros, como está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos», delante del Dios en quien creyó, que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen. Él creyó, firme en la esperanza contra toda esperanza, y así llegó a ser padre de muchos pueblos, conforme a lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por eso le fue contado como justicia. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La herencia normalmente no se conquista mediante actos particulares de fe. Cuando uno es hijo, es normal que, al morir el padre, reciba por herencia testamentaria los bienes de la casa paterna, todos ellos o para compartirlos con los hermanos. Un hijo hereda por ser hijo. Con Dios las cosas funcionan de otra manera: para heredar la vida eterna también hace falta la fe. El ejemplo del gran Abraham no es casual: se le prometió una descendencia enorme y rica, sí, pero al mismo tiempo Dios le pidió que tuviera una inmensa confianza en él y, para ponerla a prueba, lo sometió a continuas e increíbles pruebas (basta pensar en la petición de sacrificar a Isaac). Sin la fe, en efecto, se puede perder todo, pero Abraham conservó la herencia porque tuvo más fe que todos. Este pasaje puede aplicarse a san José: por linaje era «hijo de David», pero para heredar el Reino de Dios se le pidió una gran fe: creer en la Encarnación divina del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María, vivir en total dependencia de Jesús y de María, encontrando toda su gloria en este servicio continuo y oculto.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 1,16.18-21.24a)
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Así fue engendrado Jesucristo: su madre María, estando desposada con José, antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla públicamente, decidió repudiarla en secreto. Pero, mientras pensaba en estas cosas, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa. Porque el niño que ha sido engendrado en ella viene del Espíritu Santo; dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Cuando José despertó del sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor. Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
En el gran misterio de la Encarnación de Cristo, la participación de san José tuvo lugar en la fe, que fue puesta a prueba para purificarse y crecer. El ángel del Señor podría haberse aparecido inmediatamente en sueños a José, cuando aún no se veía nada en María santísima. Ciertamente habría sido una sorpresa para él, pero habría acogido de inmediato la gran novedad, porque José era un santo. En cambio, Dios permitió que se diera cuenta de la maternidad de María cuando su vientre encinta se hizo visible, sin que la Virgen ni algún ángel le hubiera dicho nada al respecto. Entonces cayó en la oscuridad, luchó consigo mismo y finalmente decidió poner fin a su relación con María santísima, pero sin denunciarla ante el Sanedrín. No perdió la fe en Dios, pero se encontró sin comprender el modo de actuar de Dios. Esto también puede sucedernos muchas veces... Fue presa de la tristeza, pero no llevó a cabo lo que estaba pensando, porque finalmente el ángel se lo dijo todo. Fue el estallido de la alegría. Este fue, pues, el triple movimiento: alegría por el proyecto divino, desconcierto interior y prueba en la fe, revelación del verdadero designio y una alegría aún mayor.
O BIEN:
Del Evangelio según san Lucas (Lc 2,41-51a)
Los padres de Jesús iban cada año a Jerusalén para la fiesta de Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron según la costumbre de la fiesta. Pero, pasados aquellos días, mientras emprendían el camino de regreso, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada de camino y luego se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Después de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, se quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». Él les respondió: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les había dicho. Bajó con ellos, llegó a Nazaret y siguió bajo su autoridad. - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Perder a un niño en Jerusalén en aquella época podía significar no volver a encontrarlo jamás. En la capital, durante la Pascua, se congregaba toda la nación y el caos era inimaginable. Además, no había cámaras, folletos para difundir, llamamientos que hacer por televisión o internet, altavoces... nada de eso. ¿Cómo pudo ocurrir que aquel niño, que el Padre eterno había confiado a José, desapareciera? Si hubiera sido un niño cualquiera, ya habría sido una tragedia, pero, sabiendo quién era realmente Jesús, para José debió de ser una verdadera desesperación. ¿Cómo habría podido presentarse después ante el Padre eterno en el momento de la muerte, diciendo que había perdido a aquel niño que le había confiado? Y si imaginamos la angustia mortal, también podemos suponer la felicidad explosiva al volver a verlo en el templo. Este fue, pues, el triple movimiento en la vida de fe de José: 1) Posesión de Cristo en la quietud de la casa de Nazaret; 2) extravío en Jerusalén y la consiguiente desesperación total: sin Cristo ya nada tiene sentido; 3) reencuentro y una alegría aún mayor que la anterior.
Cada vida cristiana conoce fácilmente estos tres movimientos, que en José fueron absolutos.

