liturgia del giorno 2 aprile 2021

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Liturgia del día – 2 de abril de 2021

Vía Crucis

Triduo pascual – Viernes Santo – Pasión del Señor
Propia

Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” marzo-abril de 2021

En la liturgia del Viernes Santo meditamos el misterio de la muerte de Cristo y adoramos la Cruz. La celebración del Viernes Santo se desarrolla en tres momentos: Liturgia de la Palabra, Adoración de la Cruz, Comunión eucarística. Por antiquísima tradición, la Iglesia proclama solemnemente el Evangelio según san Juan. Jesús, con su sacrificio, ha transformado la mayor iniquidad en el mayor amor.
Al adorar la cruz, al mirar a Jesús y dirigir la mirada a su rostro transfigurado, pensamos en el amor que ha tenido por todos nosotros.
Por desgracia, a causa de la pandemia, durante la adoración de la cruz no podremos besar al Crucificado como signo de afecto y adhesión a él, pero nada nos impide reservarnos un poco de tiempo para elevar la mirada hacia Él: hablemos con él de nuestras penas y nuestras alegrías, de nuestras esperanzas y nuestras decepciones, de nuestros errores y nuestros logros. El mensaje del Viernes Santo es precisamente este: no podemos desesperar… después de cada muerte siempre llega la resurrección. La muerte no vence. Después de la tormenta siempre aparece el arcoíris. 


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías (Is 52,13 – 53,12)
He aquí que mi siervo tendrá éxito, será honrado, exaltado y elevado grandemente. Como muchos se asombraron de él – pues su aspecto estaba tan desfigurado que no parecía de hombre, ni su forma era la de los hijos de los hombres –, así se admirarán de él muchas naciones; los reyes cerrarán la boca ante él, porque verán algo que nunca les habían contado y comprenderán lo que jamás habían oído. ¿Quién habría creído nuestro anuncio? ¿A quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como un brote, como raíz en tierra árida. No tenía apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni esplendor para que lo estimáramos. Despreciado y rechazado por los hombres, hombre de dolores, familiarizado con el sufrimiento, como alguien ante quien se oculta el rostro; era despreciado y no lo estimábamos. Y, sin embargo, él cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores; y nosotros lo considerábamos castigado, golpeado por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras culpas, aplastado por nuestras iniquidades. El castigo que nos trae la salvación cayó sobre él; por sus llagas fuimos curados. Todos nosotros andábamos perdidos como ovejas, cada uno seguía su propio camino; pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado, se dejó humillar y no abrió la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante sus esquiladores, no abrió la boca. Con opresión y sentencia injusta fue quitado de en medio; ¿quién se aflige por su descendencia? Sí, fue eliminado de la tierra de los vivos; por la culpa de mi pueblo fue golpeado hasta la muerte. Le dieron sepultura con los malvados, y su tumba quedó con el rico, aunque no había cometido violencia ni hubo engaño en su boca. Pero al Señor le agradó quebrantarlo con sufrimientos. Cuando entregue su vida como sacrificio de reparación, verá descendencia, prolongará sus días y por medio de él se cumplirá la voluntad del Señor. Después de su íntimo tormento verá la luz y se saciará de conocimiento; mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con sus iniquidades. Por eso le daré las multitudes como recompensa, y tendrá como botín a los poderosos, porque se entregó a sí mismo hasta la muerte y fue contado entre los malvados, mientras cargaba con el pecado de muchos e intercedía por los culpables. – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

«Después de su íntimo tormento verá la luz y se saciará de conocimiento; mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con sus iniquidades»: la palabra del profeta Isaías se realiza plenamente en Cristo, en su pasión, muerte, descenso a los infiernos y resurrección. Pero también el cristiano, el discípulo fiel, disfruta de sus beneficios; es más, incluso el discípulo inicuo (como todos nosotros) puede encontrar en él no solo la esperanza, sino la verdadera confianza en la salvación. Ya ningún pecado está bajo el poder del demonio, sino que ha sido restablecido en su naturaleza perversa de pecado por el único que no había pecado. Se habla de un tormento íntimo, profundo, arrollador y desgarrador: eso es precisamente lo que nuestro Señor Jesucristo vivió y cargó sobre sí por nuestra salvación. La salvación, por tanto, al igual que la justificación y la glorificación, no procede de nosotros, sino de Dios. Para nosotros, los hombres inmersos en el pecado, la situación es verdaderamente paradójica: intentamos salvarnos con todas nuestras fuerzas, que consideramos propias, merecidas y conquistadas, cuando todo sería mucho más “sencillo” si aceptáramos dejarnos salvar por Dios.


SEGUNDA LECTURA

De la carta a los Hebreos (Heb 4,14-16; 5,7-9)
Hermanos, puesto que tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firme la profesión de fe. Pues no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, pues, con plena confianza al trono de la gracia para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos ayude en el momento oportuno. [Cristo, en efecto,] durante los días de su vida terrena, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes gritos y lágrimas, a Dios, que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su pleno abandono en él. Aunque era Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer y, llevado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. – Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

«Aunque era Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer y, llevado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen». Los mejores maestros espirituales afirman que, entre los tres votos prometidos a Dios por los consagrados (pobreza, castidad y obediencia), el más exigente, tanto espiritual como humanamente, es precisamente la obediencia; la pobreza y la castidad serían una consecuencia de ella. Así, refiriéndose de manera poética y concreta al mismo tiempo al matrimonio, hay quien ha escrito páginas magníficas sobre el aspecto obediencial de este sacramento. Obedecer es divino. Conformarse con el compromiso, las medias decisiones, pretender tener siempre y solo la razón, no ponerse al servicio: todo eso es humano. En la carta a los Hebreos se afirma explícitamente que también Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, aprendió la obediencia; parece, pues, que también para él fue un camino. No una conquista obtenida de una vez para siempre, sino fruto de una actitud de escucha y paciencia (del verbo “sufrir”). Cristo Jesús llegó a la perfección en la obediencia; ¿y nosotros estamos orientando nuestra vida hacia la obediencia al Padre?


EVANGELIO DEL DÍA

(Indicaciones para la lectura dialogada: ✠ = Jesús; C = Cronista; D = Discípulos y amigos; F = Multitud; A = Otros personajes).
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan

Prendieron a Jesús y lo ataron 
C
En aquel tiempo, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entró allí con sus discípulos. También Judas, el traidor, conocía el lugar, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, tomó un destacamento de soldados y algunos guardias enviados por los sumos sacerdotes y los fariseos, y se dirigió allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que iba a sucederle, se adelantó y les dijo: ✠ «¿A quién buscáis?». C Ellos le respondieron: F«A Jesús, el Nazareno». C Jesús les dijo: ✠ «Soy yo». C También Judas, el traidor, estaba con ellos. Apenas les dijo «Soy yo», retrocedieron y cayeron al suelo. Les preguntó de nuevo: ✠ «¿A quién buscáis?». C Ellos dijeron: F «A Jesús, el Nazareno». C Jesús respondió: ✠ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad que estos se marchen», C para que se cumpliera la palabra que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la desenvainó, hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Jesús dijo entonces a Pedro: ✠ «Envaina la espada: ¿acaso no voy a beber el cáliz que me ha dado el Padre?».

Lo llevaron primero ante Anás
C Entonces los soldados, con el comandante y los guardias de los judíos, prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, pues era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Conviene que un solo hombre muera por el pueblo». Simón Pedro seguía a Jesús junto con otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el patio del sumo sacerdote. Pedro, en cambio, se quedó fuera, junto a la puerta. Entonces el otro discípulo, conocido del sumo sacerdote, salió, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La joven portera dijo a Pedro: A «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?». C Él respondió: D «No lo soy». C Mientras tanto, los criados y los guardias habían encendido un fuego, porque hacía frío, y se calentaban; también Pedro estaba con ellos, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: ✠ «Yo he hablado abiertamente al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que han escuchado lo que les he dicho; ellos saben lo que he dicho». C Apenas dijo esto, uno de los guardias presentes dio una bofetada a Jesús, diciendo: A «¿Así respondes al sumo sacerdote?». C Jesús le respondió: ✠ «Si he hablado mal, demuestra en qué está el mal. Pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». C Entonces Anás lo envió, con las manos atadas, a Caifás, el sumo sacerdote.

¿No eres tú también uno de sus discípulos? ¡No lo soy!
C Mientras tanto, Simón Pedro seguía allí calentándose. Le dijeron: A «¿No eres tú también uno de sus discípulos?». C Él lo negó y dijo: D «No lo soy». C Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: A «¿No te vi yo con él en el huerto?». C Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó un gallo. 

Mi reino no es de este mundo
C Llevaron después a Jesús desde la casa de Caifás al pretorio. Era de madrugada y ellos no quisieron entrar en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua. Pilato salió hacia ellos y preguntó: A «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?». C Le respondieron: F «Si este no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». C Pilato les dijo: A «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra Ley». C Los judíos le respondieron: F «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie». C Así se cumplía la palabra que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: A «¿Eres tú el rey de los judíos?». C Jesús respondió: ✠ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». C Pilato replicó: A «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». C Jesús respondió: ✠ «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí». C Pilato le dijo: A «Entonces, ¿tú eres rey?». C Jesús respondió: ✠ «Tú lo dices: soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz». C Pilato le dice: A «¿Qué es la verdad?». C Dicho esto, salió de nuevo hacia los judíos y les dijo: A «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Tenéis la costumbre de que, por Pascua, ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os ponga en libertad al rey de los judíos?». C Ellos volvieron a gritar: F «¡A ese no, a Barrabás!». C Barrabás era un bandido.

¡Salve, rey de los judíos!
C Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó azotarlo. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron encima un manto de púrpura. Se acercaban a él y decían: F «¡Salve, rey de los judíos!». C Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez y les dijo: A «Mirad, os lo saco fuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa». C Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Pilato les dijo: A «¡He aquí el hombre!». C Cuando lo vieron, los sumos sacerdotes y los guardias gritaron: F «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». C Pilato les dijo: A «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él». C Los judíos le respondieron: F «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios». C Cuando Pilato oyó estas palabras, tuvo aún más miedo. Entró de nuevo en el pretorio y dijo a Jesús: A «¿De dónde eres tú?». C Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato le dijo: A «¿No me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». C Jesús le respondió: ✠ «No tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubieran dado desde arriba. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!
C Desde ese momento Pilato intentaba ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: F «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey se declara contra el César». C Al oír estas palabras, Pilato sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Litóstroto, en hebreo Gabbatá. Era la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos: A «¡He aquí vuestro rey!». C Pero ellos gritaron: F «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!». C Pilato les dijo: A «¿Voy a crucificar a vuestro rey?».C Los sumos sacerdotes respondieron: F «No tenemos más rey que el César». C Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

Lo crucificaron, y con él a otros dos
C Tomaron a Jesús y, cargando con la cruz, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la colocó en la cruz; en ella estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad; estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron entonces a Pilato: F «No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”». C Pilato respondió: A «Lo que he escrito, escrito está».

Se repartieron mis vestidos
C
Después de crucificar a Jesús, los soldados tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. Pero la túnica era sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rasguemos, sino echemos a suertes para ver a quién le toca». Así se cumplía la Escritura: «Se repartieron mis vestidos y echaron a suertes mi túnica». Y eso fue lo que hicieron los soldados.

¡He ahí a tu hijo! ¡He ahí a tu madre!
C Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, madre de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su madre: ✠ «Mujer, ahí tienes a tu hijo». C Luego dijo al discípulo: ✠ «Ahí tienes a tu madre». C Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: ✠ «Tengo sed». C Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon una esponja en el vinagre, la sujetaron a una caña y se la acercaron a la boca. Jesús, después de tomar el vinagre, dijo: ✠ «Está cumplido». C E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

(Aquí se arrodillan y se hace una breve pausa)

Y al instante salió sangre y agua
C Era el día de la preparación, y los judíos, para que los cuerpos no quedaran en la cruz durante el sábado -pues aquel sábado era un día solemne-, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas al primero y al otro que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, como vieron que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. El que lo ha visto da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán ningún hueso». Y otro pasaje de la Escritura dice también: «Mirarán al que traspasaron».

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas
C
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Entonces él fue y tomó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que anteriormente había ido a verlo de noche, acudió llevando unas treinta libras de una mezcla de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas, según la costumbre judía de preparar la sepultura. En el lugar donde lo crucificaron había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no habían enterrado a nadie. Y como para los judíos era el día de la preparación y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús. – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio del día

«Tú lo dices: soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz». El gobernador Pilato tiene la oportunidad de dialogar a solas con el Señor Jesús, el Rey de reyes, y sale de ello de manera mezquina: se lava las manos de la sangre inocente que va a ser ejecutada. Y, sin embargo, había recibido numerosos indicios para asumir finalmente una postura valiente, en defensa de Aquel que no tiene culpa alguna. Ante él, Jesús se proclama rey, pero no en contraposición al poder que Pilato debe defender: la fuerza del imperio y la gloria efímera del César. Jesús no es el soberano de las intrigas de palacio, de las preferencias por simpatía, de las carreras conquistadas empujando y haciendo caer a otros; Jesús es rey de la verdad y reina desde la cruz. Mejor aún, el Señor no llama a tropas de coros angelicales armados para defenderse; ante el gesto de Pedro, que desenvaina la espada para cortar la oreja de Malco, Jesús responde con el último milagro de curación física. Jesús no es como esos comandantes que envían al batallón al combate mientras ellos permanecen a salvo. Jesús es testigo (= mártir) de su “ejército”.


Suscripción al Misalito
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