Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” marzo-abril de 2023
San José, esposo de la bienaventurada Virgen María (s)
propia
PRIMERA LECTURA
Del segundo libro de Samuel (2Sam 7,4-5a.12-14a.16)
En aquellos días, el Señor dirigió esta palabra a Natán: «Ve y di a mi siervo David: Esto dice el Señor: “Cuando se hayan cumplido tus días y duermas con tus padres, suscitaré después de ti un descendiente salido de tus entrañas, y consolidaré su reino. Él construirá una casa para mi nombre y yo consolidaré el trono de su reino para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino se mantendrán firmes para siempre ante mí, y tu trono será estable para siempre”». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Hoy celebramos la fiesta de san José, ya que ayer la liturgia dio prioridad a la celebración del cuarto domingo de Cuaresma, tiempo fuerte del año litúrgico. La primera lectura nos habla, con acentos históricos y teológicos, de la descendencia de David que reinará para siempre. Sin duda, la profecía de Natán alude a Salomón, hijo de David y constructor del templo, pero las palabras «consolidaré el trono de su reino para siempre» indican una larga descendencia en el trono de Judá. Sin embargo, esta descendencia tuvo un fin histórico, y entonces el oráculo adquiere fuerza profética en la alusión velada al Mesías, descendiente de David. Él reinará para siempre en su reino, un reino que no será de este mundo, sino espiritual, según el designio de Dios para la salvación de la humanidad. Evidentemente, la tradición cristiana siempre ha releído este pasaje como profético y mesiánico, aplicándolo a Jesús, Mesías descendiente de David y, por tanto, indirectamente también a José, último eslabón de la genealogía davídica y garante de la transmisión de la herencia histórica respecto a la promesa divina hecha a Israel.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 4,13.16-18.22)
Hermanos, no por medio de la Ley se hizo a Abrahán, o a su descendencia, la promesa de que sería heredero del mundo, sino por medio de la justicia que procede de la fe. Por eso, los herederos lo son en virtud de la fe, para que sea según la gracia y, de este modo, la promesa quede asegurada para toda la descendencia: no solo para la que procede de la Ley, sino también para la que procede de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros, como está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos», ante el Dios en quien creyó, que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen. Él creyó, firme en la esperanza contra toda esperanza, y así llegó a ser padre de muchos pueblos, conforme a lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por eso le fue contado como justicia. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Con el propósito de desarrollar la lección que se desprende de la historia de Abrahán, el Apóstol establece un fuerte contraste entre la ley y la justicia que procede de la fe. En primer lugar, Pablo destaca que la promesa de Dios a Abrahán no depende de la ley y establece así, de manera inequívoca, que la promesa de Dios es absoluta, previa e incondicional. En segundo lugar, el Apóstol reafirma que la fe es el único camino que conduce a la justicia, es decir, a la acogida del don de la salvación. En esto, la lectura se aplica magníficamente a José, hombre justo. Los verdaderos descendientes de Abrahán no son tanto quienes viven según las exigencias y pretensiones de la ley, sino quienes acogen el don de la fe y viven de ella con ánimo agradecido. Desde esta perspectiva, Pablo define como «herederos» de Abrahán a quienes han aprendido de él la lección de la fe, y no solo la obediencia a la ley. Una herencia sumamente valiosa y delicada, porque impulsa y unifica diversas actitudes de vida, todas ellas relacionadas con la escucha de Dios, que habla y ordena, invita y promete.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 1,16.18-21.24a)
Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Así fue engendrado Jesucristo: su madre María, desposada con José, antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería denunciarla públicamente, decidió repudiarla en secreto. Mientras consideraba estas cosas, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger contigo a María, tu esposa. Porque el niño engendrado en ella viene del Espíritu Santo; dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Cuando José despertó del sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Si hay algo que san José nos enseña hoy es a dar valor a los sueños. Muchas veces nuestros sueños coinciden con los sueños de Dios; más aún, como en el caso de José, el sueño es precisamente el lugar privilegiado que Dios elige para encontrarse con nuestros miedos. «No temas» es la expresión preferida de Dios para entrar en diálogo con nosotros. ¡No temas soñar! Por desgracia, hoy nos encontramos muchas veces con personas que ya no son capaces de soñar. A menudo los sueños, sobre todo los de los jóvenes, chocan con los habituales «siempre lo hemos hecho así», «nunca cambiará nada», «¿crees que vas a cambiar el mundo?»: expresiones típicas de quienes han dejado de soñar con un futuro mejor. Los sueños de los jóvenes nos interpelan y nos ponen en crisis y, sin embargo, son el recurso más hermoso de la Iglesia y de una nación. ¡El joven José siguió su sueño y cambió el mundo! Que cada padre custodie los sueños de sus hijos, dándoles todas las herramientas para seguir soñando. Permitamos que los sueños de los jóvenes cambien nuestra vida monótona y gris. No los envidiemos, no les pongamos obstáculos, sino dejémonos contagiar por su entusiasmo y su creatividad. ¿Qué nos cuesta soñar? ¿Y si de verdad cambiamos este mundo?
O bien
Del Evangelio según san Lucas (Lc 2,41-51a)
Los padres de Jesús iban cada año a Jerusalén para la fiesta de Pascua. Cuando él cumplió doce años, subieron según la costumbre de la fiesta. Pero, pasados aquellos días, mientras emprendían el camino de regreso, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que estaba en la comitiva, hicieron una jornada de camino y luego se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca. Después de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, se quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». Él les respondió: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les había dicho. Bajó con ellos, llegó a Nazaret y siguió bajo su autoridad. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Los santos esposos, en la confusión del templo y de la caravana de regreso a casa, olvidan en Jerusalén a Jesús, de doce años. Cada uno pensaba que Jesús estaba con el otro y solo después de algunos días se dieron cuenta de su ausencia. Entonces María y José, angustiados, regresaron para buscarlo. Cada vez que perdemos a Jesús significa que hemos perdido el sentido de nuestro caminar, la dirección de nuestro camino. María y José son ejemplares porque, cuando se dan cuenta de que han perdido a Jesús, son capaces de volver atrás, de ir a buscarlo. Que el Evangelio de hoy nos recuerde a cada uno de nosotros que, si por un lado es cierto que hay cosas que, una vez rotas, ya no se pueden recomponer, por otro nos dice que muchas veces basta con volver atrás, basta con dar un paso atrás, basta con tomar en serio esa angustia y esa tristeza de María y José al darse cuenta de que habían perdido a Jesús. Serán estos sentimientos los que nos devuelvan allí donde nos quedamos bloqueados, allí donde perdimos ese sentido, allí donde está abierta esa herida. Y quizá allí encontremos de nuevo a Jesús explicándonos que habíamos perdido el sentido porque habíamos empezado a vivir cada uno por su cuenta, cada uno según sí mismo.

