Hoy la liturgia celebra la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista. Él es el único santo -con excepción de la Madre del Señor- cuya nacimiento según la carne se celebra, y de forma solemne (y no solo su nacimiento al cielo, como ocurre con todos los demás santos). De este modo, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre una verdad bellísima: el nacimiento de Juan es la «prueba» de que Dios está presente, de que Dios sigue en medio de su pueblo. Miremos a san Juan Bautista como modelo de discípulo, de misionero; modelo de hombre enamorado de la verdad, que supo hacerse pequeño, luchando por la verdad y dejando de lado su yo para dar espacio al amor de Dios.
Natividad de san Juan Bautista (s)
propia
Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2021
MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Jeremías (Jr 1,4-10)
En los días del rey Josías, me fue dirigida esta palabra del Señor: «Antes de formarte en el seno materno, te conocí; antes de que salieras a la luz, te consagré; te constituí profeta de las naciones». Respondí: «¡Ay, Señor Dios! Mira que no sé hablar, porque soy joven». Pero el Señor me dijo: «No digas: “Soy joven”. Tú irás a todos aquellos a quienes yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene. No tengas miedo ante ellos, porque yo estoy contigo para protegerte». Oráculo del Señor. El Señor extendió su mano y me tocó la boca, y el Señor me dijo: «Mira, pongo mis palabras en tu boca. Hoy te doy autoridad sobre las naciones y sobre los reinos para arrancar y arrasar, para destruir y derribar, para edificar y plantar».
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pedro (1 Pe 1,8-12)
Queridos hermanos, ustedes aman a Jesucristo sin haberlo visto y ahora, sin verlo, creen en él. Por eso se alegran con un gozo indecible y glorioso, mientras alcanzan la meta de su fe: la salvación de las almas. Sobre esta salvación investigaron y escrutaron los profetas, que anunciaban la gracia destinada a ustedes; ellos trataban de averiguar a qué momento y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando predecía los sufrimientos destinados a Cristo y las glorias que les seguirían. A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a ustedes, de las cosas que ahora les han anunciado quienes les han predicado el Evangelio por medio del Espíritu Santo enviado desde el cielo; cosas que los ángeles desean contemplar.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,5-17)
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías, casado con una descendiente de Aarón, llamada Isabel. Ambos eran justos ante Dios y observaban irreprochablemente todas las leyes y disposiciones del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril y ambos eran de edad avanzada. Sucedió que, mientras Zacarías ejercía sus funciones sacerdotales ante el Señor durante el turno de su clase, le tocó en suerte, según la costumbre del servicio sacerdotal, entrar en el templo del Señor para ofrecer el incienso. Afuera, toda la asamblea del pueblo estaba orando a la hora del incienso. Se le apareció un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se turbó y quedó sobrecogido de temor. Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, tu oración ha sido escuchada y tu esposa Isabel te dará un hijo, y tú lo llamarás Juan. Tendrás alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni bebidas embriagantes, estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre y hará que muchos hijos de Israel vuelvan al Señor, su Dios. Caminará delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y a los rebeldes con la sabiduría de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto».-
Palabra del Señor.
MISA DEL DÍA
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 49,1-6)
Escúchenme, islas; presten atención, naciones lejanas: el Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió a la sombra de su mano, me convirtió en una flecha aguda, me guardó en su aljaba. Me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, en quien manifestaré mi gloria». Yo respondí: «En vano me he fatigado, por nada y en vano he consumido mis fuerzas. Pero mi derecho está junto al Señor y mi recompensa junto a mi Dios». Ahora habla el Señor, que me formó como siervo suyo desde el seno materno, para hacer que Jacob vuelva a él y reunir a Israel junto a él -porque yo era honrado por el Señor y Dios era mi fuerza- y dice: «Es poco que seas mi siervo para restaurar las tribus de Jacob y hacer volver a los supervivientes de Israel. Te haré luz de las naciones, para que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra».
Comentario a la primera lectura
En el pasaje del profeta Isaías, propuesto en la Misa del día, encontramos la descripción de un siervo de Dios que el Señor convierte en luz de las naciones, porque con su palabra anunciará la salvación a todos los pueblos: la liturgia de hoy aplica estas palabras a la persona del Bautista. Esta vocación profética puede parecernos algo extraordinario, reservado solo a unos pocos elegidos. Siempre tendemos a considerar a los santos como personas excepcionales, muy distintas de nosotros, y, sin embargo, no es así. Si observamos de cerca su vida, nos daremos cuenta de que a menudo está marcada por nuestros mismos miedos e inseguridades, límites y fragilidades. Sin embargo, los santos lograron dar espacio a la vida de Dios que estaba en ellos, permitiendo que se convirtiera en el centro y el sentido de toda su existencia. Solo si somos capaces de poner siempre -y en toda situación- a Dios en primer lugar, la vida de Dios podrá fluir a través de nosotros, alcanzando a los hermanos y convirtiéndose así en instrumento de salvación para los demás: en definitiva, la santidad consiste enteramente en esto.
SEGUNDA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 13,22-26)
En aquellos días, [en la sinagoga de Antioquía de Pisidia,] Pablo decía: «Dios suscitó como rey para nuestros padres a David, de quien dio este testimonio: “He encontrado a David, hijo de Jesé, un hombre según mi corazón; él cumplirá todos mis deseos”. De su descendencia, según la promesa, Dios envió como salvador para Israel a Jesús. Juan había preparado su venida predicando un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su misión, Juan decía: “¡Yo no soy el que ustedes piensan! Pero miren, viene después de mí uno a quien no soy digno de desatar las sandalias”. Hermanos, hijos de la estirpe de Abraham, y todos los que entre ustedes temen a Dios, a nosotros se nos ha enviado la palabra de esta salvación».
Comentario a la segunda lectura
Los Hechos de los Apóstoles nos presentan un pasaje de la predicación de Pablo durante su primer viaje misionero: al relatar brevemente la historia de la salvación, cuando presenta a Jesús habla de la misión que realizó Juan Bautista, llamando al pueblo de Israel a la conversión para poder acoger al Mesías. Lo que el ángel había predicho sobre Juan, él lo cumplió realmente: preparó la venida de Jesús. Juan fue un gran profeta porque no buscó su propia gloria, sino la de Dios. Con esta actitud de disminuir para que Cristo pudiera crecer, preparó el camino a Jesús. La gran gloria de Juan, por tanto, es haber sido profeta no solo de palabra, sino con su carne: con su vida preparó el camino a Jesús. Pidamos al Señor la gracia de la humildad que tenía Juan y de no atribuirnos méritos o glorias ajenas. Y, sobre todo, la gracia de que en nuestra vida siempre haya espacio para que Jesús crezca y nosotros disminuyamos, hasta el final.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,57-66.80)
Cuando a Isabel se le cumplió el tiempo del parto, dio a luz un hijo. Sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor había manifestado en ella su gran misericordia y se alegraban con ella. A los ocho días fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo con el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre intervino: «No, se llamará Juan». Le dijeron: «No hay nadie en tu familia que se llame así». Entonces preguntaban por señas a su padre cómo quería que se llamara. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos quedaron asombrados. En ese instante se le abrió la boca y se le soltó la lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Todos sus vecinos quedaron sobrecogidos de temor, y por toda la región montañosa de Judea se comentaban estas cosas. Todos los que las oían las guardaban en su corazón y decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Y, en verdad, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y se fortalecía en el espíritu. Vivió en regiones desiertas hasta el día de su manifestación a Israel.
Comentario al Evangelio del día
El evangelista Lucas se detiene en los episodios del nacimiento de Juan Bautista, estableciendo un paralelismo preciso con los relatos de la infancia de Jesús. En particular, la imposición del nombre: no el obvio del padre, es decir, Zacarías, sino el inusual de Juan, que significa «Dios concede gracia» o «Dios concede misericordia». Juan, por tanto, nos dice que Dios entra en la vida de cada persona, nos concede su gracia y nos dona su misericordia en la concreción de nuestra historia. Como en el caso de Zacarías e Isabel, que eran ancianos y estériles. Como en el caso de este niño, que se convertirá en un profeta valiente hasta la muerte para dar testimonio de Jesucristo y, al mismo tiempo, humilde hasta saber hacerse a un lado. Juan quiere únicamente que Cristo esté en el centro de la atención. Él encarna el ideal de una vida entregada por completo al servicio de Cristo, sin conceder nada a otros fines y sin buscar su éxito personal. Como el Bautista, también nosotros estamos llamados a dar un paso atrás para que crezca el Maestro, para dejar todo el espacio a su acción. Miremos a este gran santo como modelo de discípulo, de enamorado de la verdad, que supo hacerse pequeño y dejar de lado su “yo” para dar espacio al amor de Dios y hacerse conforme a su Hijo Jesús.

