Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2022
Sacratísimo Corazón de Jesús (s) (C)
propia
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Ezequiel (Ez 34,11-16)
Así dice el Señor Dios: «Esto dice el Señor Dios: Yo mismo buscaré mis ovejas y las apacentaré. Como un pastor apacienta su rebaño cuando está entre sus ovejas dispersas, así apacentaré yo mis ovejas y las libraré de todos los lugares donde se dispersaron en los días nublados y oscuros. Las sacaré de entre los pueblos y las reuniré de las regiones. Las llevaré a su tierra y las apacentaré en los montes de Israel, en los valles y en todos los lugares habitados de la región. Las conduciré a excelentes pastos y su dehesa estará en los altos montes de Israel; allí descansarán en buenos pastos y pacerán en abundancia por los montes de Israel. Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar. Oráculo del Señor Dios. Buscaré la oveja perdida y traeré al redil a la descarriada, vendaré a la herida y curaré a la enferma, cuidaré a la robusta y a la fuerte; las apacentaré con justicia». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
A primera vista, puede parecer que este pasaje del profeta Ezequiel tiene poco que ver con la solemnidad del Sagrado Corazón. En realidad, la liturgia, a través de la imagen del pastor, quiere demostrar cómo, ya desde el Antiguo Testamento, Dios cuida de su pueblo, aunque este a menudo se aleja de él; lo protege y le manifiesta la intimidad de su corazón, hecho de benevolencia y fidelidad. Es en el corazón de su Hijo, en Jesús, donde la imagen del pastor encuentra su máxima expresión y se manifiesta plenamente. En él, Dios ha querido transmitirnos el amor misericordioso que anima su corazón. Él siempre busca a alguien que acoja su amor y que, dejándose transformar por él, pueda experimentar la dulzura y la bondad del corazón de Dios. Es evidente que la lógica de Dios es diametralmente opuesta a la nuestra. Todos deberíamos reconocernos, como Israel, amados por Dios a pesar de nuestros pecados, nuestras debilidades, nuestros olvidos y nuestras traiciones. Cuando contemples el corazón de Jesús, recuerda que él te ama incluso cuando te pierdes y te alejas de su amor.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 5,5b-11)
Hermanos, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Porque, cuando todavía éramos débiles, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. Ahora bien, difícilmente alguien estaría dispuesto a morir por un justo; tal vez alguien se atrevería a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor por nosotros en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Con mayor razón ahora, justificados por su sangre, seremos salvados de la ira por medio de él. Pues, si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora, ya reconciliados, seremos salvados por su vida. Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, gracias al cual ahora hemos recibido la reconciliación. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Jesús murió por ti. Comprender el alcance de esta afirmación significa conmoverse y estar agradecido al Señor por esta decisión suya. San Pablo dice con razón que nadie estaría dispuesto a hacer esto, ni siquiera por la persona más querida. Pero Jesús lo hizo por ti. Lo hizo para demostrarte el amor que te tiene; su sacratísimo corazón, cuya solemnidad celebramos hoy, te recuerda precisamente este amor infinito. En la cruz pensaba en ti, en que con su sacrificio finalmente serías libre del pecado y de toda forma de esclavitud. ¿Acogerás hoy este amor sin oponerle resistencia? ¿Harás de él la razón de tu vida? Cuando esto suceda, entonces estarás plenamente realizado y serás feliz. De aquí nace la devoción al Sagrado Corazón, como acogida del amor de Jesús no solo en su dimensión divina, sino también en su sentimiento humano: voluntad, inteligencia, sacrificio, muerte en cruz, todo está impregnado de amor por nosotros. Hoy fijamos la mirada en ese corazón humano y divino, sumerjámonos en él para sintonizarnos con esos latidos, para hacerle sentir nuestra infinita gratitud.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 15,3-7)
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el desierto y va en busca de la perdida hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, lleno de alegría se la carga sobre los hombros, se va a casa, llama a los amigos y a los vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado mi oveja, la que se me había perdido”. Les digo que así habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La solemnidad del Sagrado Corazón es la fiesta del amor de Jesús. El Evangelio nos propone la parábola de la oveja perdida. Esta parábola y las otras dos, contenidas en el capítulo quince del Evangelio de Lucas, son conocidas como “las parábolas de la misericordia de Dios”, pero también pueden llamarse, quizá con mayor razón, “las parábolas de la alegría de Dios”. La alegría expresa algo más que la misericordia. Ser motivo de alegría para alguien no es simplemente ser objeto de misericordia. La verdadera misericordia de Dios no puede prescindir de la alegría. La oveja que se ha perdido le importa tanto al pastor (Jesús) que abandona a las otras noventa y nueve para ir en busca de ella sola, y su alegría se hace mayor cuando la encuentra. André Louf, un monje de nuestro tiempo, describe así el amor profundo y la alegría del corazón de Jesús por cada uno de nosotros: «Así es como Dios nos ama verdaderamente. No nos aplasta con un amor que se basta a sí mismo, omnipotente y triunfante; él también mendiga nuestro amor. No somos los únicos que dependemos de su amor. Él también quiere, por así decirlo, depender del nuestro. No somos los únicos que echamos raíces en su corazón. Él también quiere echar sus raíces en el nuestro. Quiere, en efecto, que nos convirtamos en su tormento y en su alegría».

