Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2023
Natividad de san Juan Bautista (s)
propia
En la misa vespertina de la vigilia
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Jeremías (Jr 1,4-10)
En los días del rey Josías, me fue dirigida esta palabra del Señor: «Antes de formarte en el vientre materno, te conocí; antes de que salieras a la luz, te consagré; te constituí profeta de las naciones». Yo respondí: «¡Ay, Señor Dios! Mira que no sé hablar, porque soy joven». Pero el Señor me dijo: «No digas: “Soy joven”. Irás adondequiera que yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene. No tengas miedo ante ellos, porque yo estoy contigo para protegerte». Oráculo del Señor. El Señor extendió la mano y tocó mi boca, y el Señor me dijo: «Mira, pongo mis palabras en tu boca. Hoy te doy autoridad sobre las naciones y sobre los reinos para arrancar y derribar, para destruir y demoler, para edificar y plantar». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Dios confiere al profeta Jeremías una gran misión: tener autoridad y ser «profeta de las naciones». Este ejercicio le acarreará numerosos problemas, pero precisamente para fortalecerlo, el Señor revela a Jeremías algo que él no sabe ni puede imaginar: que fue consagrado a él mientras aún estaba en el vientre materno, cuando no tenía otro pensamiento que alimentarse y crecer en paz. Esta seguridad es muy importante y también será útil al profeta más adelante, precisamente en los momentos de persecución y desaliento. Cuando nos parece que sucumbimos bajo el peso de la prueba, pensar que fuimos consagrados desde el principio, que tenemos a Dios de nuestra parte y que recibimos directamente de él la orden de hacer lo que estamos haciendo nos da una gran fuerza. Podemos decir lo mismo respecto al Bautismo que hemos recibido: nunca estamos solos y Dios nos asegura siempre su presencia. «Cuando estamos con Dios, aunque seamos minoría, siempre somos mayoría», dijo una vez el cardenal Angelo Comastri.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pedro (1 Pe 1,8-12)
Queridísimos, ustedes aman a Jesucristo sin haberlo visto y ahora, sin verlo, creen en él. Por eso se alegran con una alegría indecible y gloriosa, mientras alcanzan la meta de su fe: la salvación de las almas. Sobre esta salvación investigaron y escrutaron los profetas, que anunciaban la gracia destinada a ustedes; ellos trataban de saber qué momento o qué circunstancias indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, cuando predecía los sufrimientos destinados a Cristo y las glorias que los seguirían. A ellos les fue revelado que no para sí mismos, sino para ustedes, eran servidores de esas cosas que ahora les han sido anunciadas por medio de quienes les llevaron el Evangelio mediante el Espíritu Santo, enviado desde el cielo: cosas en las que los ángeles desean fijar la mirada. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Pedro consuela a los cristianos que viven lejos y sufren pruebas y persecuciones, diciéndoles que todas las antiguas profecías se están cumpliendo para ellos precisamente en ese momento. En efecto, los antiguos profetas habían anunciado los sufrimientos del futuro Mesías, diciendo claramente que, mediante las pruebas de Cristo y su fidelidad al Padre, todos los creyentes serían justificados y salvados. Esta salvación está siempre presente en la santa Misa, porque Jesús aseguró: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Por tanto, no hay persecución que no pueda vivirse con valentía y fortaleza, precisamente porque Jesús está presente. Y la gloria que deriva de la fidelidad es tan resplandeciente que los propios ángeles se maravillan de ella. El centro del anuncio del primer Papa es, pues, de gran consuelo: el momento que viven los cristianos, incluso en las persecuciones, es glorioso, porque ellos son Cuerpo de Cristo y Cristo mismo vive en ellos su propia muerte y resurrección. Al comentar este pasaje, Kierkegaard escribe: «La esencia del cristianismo es, de principio a fin, el escándalo de lo divino».
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,5-17)
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías, que tenía por esposa a una descendiente de Aarón, llamada Isabel. Ambos eran justos ante Dios y observaban irreprochablemente todas las leyes y prescripciones del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y ambos eran de edad avanzada. Sucedió que, mientras Zacarías ejercía sus funciones sacerdotales ante el Señor durante el turno de su clase, le tocó en suerte, según la costumbre del servicio sacerdotal, entrar en el templo del Señor para ofrecer el incienso. Afuera, toda la asamblea del pueblo estaba orando a la hora del incienso. Se le apareció un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se turbó y quedó lleno de temor. Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, tu oración ha sido escuchada y tu esposa Isabel te dará un hijo, y tú le pondrás el nombre de Juan. Tendrás alegría y júbilo, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni bebidas embriagantes, estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre y hará que muchos hijos de Israel vuelvan al Señor, su Dios. Caminará delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres hacia los hijos y a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así para el Señor un pueblo bien dispuesto». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Al comienzo del Evangelio hay dos apariciones angélicas: una anuncia el nacimiento de Juan Bautista y la otra, el de Jesús. El Evangelio se cierra con otras apariciones: las de los ángeles que anuncian la resurrección del Señor a las mujeres que habían ido al sepulcro. El Evangelio se desarrolla dentro de dos apariciones angélicas; podemos decir esto a quienes niegan de antemano toda aparición de los ángeles o de la Virgen María, diciendo que nos basta el Evangelio. ¡En el propio Evangelio hay apariciones! Así pues, el ángel revela al sacerdote Zacarías la llegada del heredero y la grandeza de su futura misión. De este modo, Zacarías e Isabel pueden no solo prepararse personalmente, sino también revelar a su vez al mundo el gran acontecimiento que está a punto de cumplirse en la historia. En cierto sentido, Zacarías, después de recibir el anuncio, debe convertirse a su vez en anunciador. Sabemos cómo sucedieron las cosas: dudó y, como consecuencia, quedó mudo. Necesitó cierta purificación; luego, apenas recuperó el uso de la palabra, reveló a todos, como un río desbordado, lo que le había sucedido y quién era aquel niño que acababa de nacerle.
En la misa del día
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 49,1-6)
Escúchenme, islas; atiéndanme, naciones lejanas: el Señor me llamó desde el seno materno; desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió a la sombra de su mano, me convirtió en flecha aguda, me guardó en su aljaba. Me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, en quien manifestaré mi gloria». Yo respondí: «En vano me he fatigado, por nada y en vano he consumido mis fuerzas. Pero mi derecho está junto al Señor y mi recompensa, junto a mi Dios». Ahora habla el Señor, que me formó como siervo suyo desde el seno materno, para hacer que Jacob vuelva a él y reunir a Israel junto a él - pues yo era honrado por el Señor y Dios era mi fuerza -, y dijo: «Es poco que seas mi siervo para restaurar las tribus de Jacob y hacer volver a los supervivientes de Israel. Te convertiré en luz de las naciones, para que lleves mi salvación hasta el confín de la tierra». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La Iglesia aplica este pasaje del “Siervo de Yavé” a Juan Bautista, porque el precursor fue «formado desde el seno materno para reunir a Israel». La misión del Bautista consiste en anunciar a todos, de manera indudable, que el Mesías ha llegado, que es Jesús de Nazaret y que él es quien quita los pecados del mundo. La función de Juan no se agotó en aquel tiempo, sino que continúa hoy; ciertamente, en el tiempo de Israel, una vez realizado el bautismo de Jesús, Juan se retira, porque «él debe crecer y yo, en cambio, disminuir», pero su tarea continúa en los cristianos. Somos nosotros, en efecto, quienes debemos decir a todos que el Salvador es Jesús, que él es quien quita los pecados del mundo y que no hay salvación en ningún otro. En cierto sentido, somos otros Juanes Bautistas llamados a vivir la acogida del Salvador en la penitencia (¡las exhortaciones del Bautista a una vida sobria siguen siendo válidas también hoy!) y a decir a las personas que nos rodean, señalando a Jesús: «Este es el Cordero de Dios, este es el que quita los pecados del mundo». Sí, la misión del Bautista continuará en nosotros hasta el fin de los tiempos.
SEGUNDA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 13,22-26)
En aquellos días, [en la sinagoga de Antioquía de Pisidia,] Pablo decía: «Dios suscitó como rey para nuestros padres a David, de quien dio este testimonio: “He encontrado a David, hijo de Jesé, un hombre conforme a mi corazón; él cumplirá todos mis deseos”. De su descendencia, según la promesa, Dios envió como salvador para Israel a Jesús. Juan había preparado su venida predicando un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su misión, Juan decía: “Yo no soy el que ustedes piensan. Pero miren, viene después de mí uno a quien no soy digno de desatarle las sandalias”. Hermanos, hijos de la estirpe de Abrahán y cuantos entre ustedes temen a Dios: a nosotros se nos ha enviado la palabra de esta salvación». – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Con la vida de penitencia que llevaba, Juan adquirió un gran prestigio en Israel. Todos lo consideraban un gran profeta, lo estimaban y, de hecho, algunos pensaban que el Mesías tan esperado era precisamente él. En efecto, entre su vida ascética, llevada al límite de la resistencia humana, y la de Jesús, que a los ojos de los hombres era un tranquilo carpintero que permanecía en paz en su casa, había una gran diferencia. Esto también puede suceder hoy: nos atrae la vida de los grandes penitentes que solo comen langostas o de quienes viven de manera extraordinaria, mientras que nos dice poco la vida de una anciana que va a Misa todas las mañanas, reza todo el día y no llama la atención de nadie. Sin embargo, ante los ojos de Dios las cosas son diferentes. Dios entra en nuestra vida cotidiana para ser nuestra vida, sin cambiar las cosas externas. La conversión predicada por Juan es solo preparatoria, para acoger la gracia que viene de Jesús. La vida cristiana está toda en lo íntimo y desde allí se expande en actos externos de caridad, paciencia y perdón, los únicos que cambian el mundo.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,57-66.80)
Se cumplió para Isabel el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor había manifestado en ella su gran misericordia y se alegraban con ella. Ocho días después, fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo con el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre intervino: «No, se llamará Juan». Le dijeron: «No hay nadie entre tus parientes que se llame así». Entonces preguntaban por señas a su padre cómo quería que se llamara. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos quedaron maravillados. En ese instante se le abrió la boca, se le soltó la lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Todos sus vecinos quedaron llenos de temor, y por toda la región montañosa de Judea se comentaban todas estas cosas. Todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo: «¿Qué será de este niño?». Y ciertamente la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y se fortalecía en espíritu. Vivió en regiones desiertas hasta el día de su manifestación a Israel. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La vida cristiana no es una broma: no se trata de creer en algo y seguir siendo como se es, sino de estar totalmente involucrados en un proyecto de amor que conforma todos nuestros actos y nos hace semejantes a Dios, porque somos sus hijos. Los hombres necesitan una señal fuerte para despertar, para comprender que ahora no se trata solo de creer, sino de cambiar de vida. Hace falta alguien que nos indique el camino, que consiste ante todo en barrer de nuestra alma todo lo que obstaculiza la presencia de Dios, hacernos vacíos y disponibles para ser llenados por la gracia divina. Pecado y gracia, en efecto, no conviven: donde está uno, no está la otra. Por eso Juan va al desierto, que simbólicamente es el lugar donde no hay nada, el lugar vacío, apto para ser llenado por otra cosa. Es fácil pensar que partió al desierto cuando alcanzó la mayoría de edad, que en aquel tiempo era a los 12 años. ¡Qué fuerte impresión debió causar un muchacho que dejó su casa tan pronto para ir a vivir entre privaciones y peligros! Así también nosotros comprendemos que vivir de Cristo no es posible si no se deja el mundo, con sus encantos y sus propuestas.


