liturgia del giorno 25 dicembre 2021

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Liturgia del día: 25 de diciembre de 2021

Santo Navidad

Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” noviembre-diciembre de 2021

Navidad del Señor (s)
propia


Misa vespertina de la vigilia

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías (Is 62,1-5)
Por amor a Sion no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que surja como la aurora su justicia y su salvación resplandezca como una lámpara. Entonces las naciones verán tu justicia, todos los reyes tu gloria; serás llamada con un nombre nuevo, que la boca del Señor indicará. Serás una corona magnífica en la mano del Señor, una diadema real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán Abandonada, ni a tu tierra la llamarán Devastada, sino que te llamarán Mi Delicia y a tu tierra Desposada, porque el Señor encontrará en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo. Sí, como un joven se casa con una virgen, así se casarán contigo tus hijos; como el esposo se alegra por su esposa, así se alegrará tu Dios por ti. – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

Varias veces, en el Antiguo Testamento, la relación entre Dios y su pueblo se describe en términos de “alianza”. Por lo general, con este término se entiende un pacto entre dos pueblos, que se alían para enfrentarse a un enemigo común. En la Sagrada Escritura, en cambio, el término de comparación más utilizado es la alianza que se establece entre el hombre y la mujer cuando se casan, una unión mucho más íntima y profunda que la que puede existir entre dos pueblos. Dios se llama a sí mismo algunas veces “Esposo”, mientras que Israel es la esposa. También en este pasaje de Isaías Dios se presenta como Esposo y declara a su esposa que ya no será abandonada. Luego, en el Evangelio, Jesús se compara aún más claramente con el esposo: «¿Acaso pueden ayunar los invitados mientras el esposo está con ellos?» (cf. Mc 2,19). ¿Y quién es la esposa? Ya no un pueblo, en sentido general, sino cada persona. En Cristo, por tanto, la alianza es mucho más íntima y profunda que cualquier pacto y, de hecho, se llama “nueva alianza”, firmada con la Sangre. En la encarnación del Verbo, en Navidad, esta alianza se establece de una vez para siempre.


SEGUNDA LECTURA

De los Hechos de los Apóstoles (Hch 13,16-17.22-25)
Pablo, [llegado a Antioquía de Pisidia, en la sinagoga,] se levantó y, haciendo una señal con la mano, dijo: «Israelitas y ustedes, los que temen a Dios, escuchen. El Dios de este pueblo de Israel eligió a nuestros padres y levantó al pueblo durante su exilio en tierra de Egipto, y con brazo poderoso los sacó de allí. Después suscitó para ellos a David como rey, de quien dio este testimonio: “He encontrado a David, hijo de Jesé, un hombre conforme a mi corazón; él cumplirá todos mis deseos”. De su descendencia, según la promesa, Dios envió a Jesús como salvador de Israel. Juan había preparado su venida predicando un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Juan decía al final de su misión: “¡Yo no soy el que ustedes piensan! Pero miren, viene después de mí uno a quien no soy digno de desatar las sandalias”». – Palabra de Dios. 

Comentario a la segunda lectura

Para llegar a la proclamación del mensaje central, el estilo de predicación de los judíos solía consistir en recorrer toda la historia sagrada. Pablo era un antiguo fariseo y un gran predicador; también él utiliza el método de hacer memoria de los grandes acontecimientos del pasado para llegar después al momento central del nacimiento de Jesús. Dios no ha renegado de los acontecimientos de la historia sagrada ni los ha borrado, sino que lo ha recapitulado todo en Jesús; en él se cumplen todas las esperanzas mesiánicas y él es el punto culminante de la historia. Esto debía convencer a los oyentes y facilitarles la acogida de la verdad. Sabemos después cómo sucedieron las cosas: algunos se abrieron y se hicieron cristianos, mientras que otros se endurecieron y no quisieron acoger la voz del Espíritu. El contenido de la predicación paulina no está inventado, como si fuera fruto de sus capacidades carismáticas de predicador o de supuestas revelaciones, sino que se basa en hechos concretos y verificables, y por tanto puede satisfacer al racionalista más tenaz. Pero también hace falta la fe, ese salto necesario para abrir el corazón. Fe y razón no están en conflicto; historia y profecía van de la mano.


EVANGELIO

Del Evangelio según san Mateo (Mt 1,1-25)
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró a Fares y Zara de Tamar, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró a Booz de Rajab, Booz engendró a Obed de Rut, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David. David engendró a Salomón de la que había sido esposa de Urías, Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías, Ozías engendró a Jotam, Jotam engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia. Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquim, Eliaquim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob, Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Así, todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce, desde David hasta la deportación a Babilonia catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo catorce. El nacimiento de Jesucristo fue así: su madre María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería denunciarla públicamente, pensó repudiarla en secreto. Mientras consideraba estas cosas, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir contigo a María, tu esposa. Porque el niño que ha sido engendrado en ella viene del Espíritu Santo; ella dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús: porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Miren, la virgen concebirá y dará a luz un hijo: y le pondrán el nombre de Emmanuel», que significa «Dios con nosotros». Al despertar, José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió consigo a su esposa; sin conocerla, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús. – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio

La genealogía nos dice que José desciende del rey David. A partir de ese momento se interrumpe la estirpe davídica, porque Jesús nace de Dios y tiene por madre a la Virgen María, que es de estirpe levítica, sacerdotal. En Cristo se resume así toda la realeza de Israel y la plenitud del sacerdocio: él es el verdadero rey y el único sumo sacerdote. Mateo pone bien de relieve el nacimiento del seno virginal de María, para que quede claro que el Salvador recibe toda su humanidad únicamente de la Virgen María. La relación entre Jesús y María es extraordinaria: ella dice a su Dios las palabras «Hijo mío», que son exactamente las palabras que el Padre, desde la eternidad, dice a su Verbo divino. La Virgen no “roba” estas palabras al Padre, porque realmente Jesús es hijo suyo, plenamente. Pero lo extraordinario es que Jesús dirá, a pocos meses de nacer, la palabra «¡madre mía!» a la Virgen. No nos parezca esto algo normal, porque en esta relación de amor entre madre e hijo está toda la riqueza de la vida, tanto en este tiempo como en la eternidad. Pero como Jesús es Dios-con-nosotros, ahora también nosotros estamos llamados a entrar en este diálogo inefable. Jesús dirigirá su palabra también a nosotros: «Ya no los llamo siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15).


Misa de la noche

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías (Is 9,1-6)
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que habitaban en tierra tenebrosa brilló una luz. Multiplicaste la alegría, aumentaste el gozo. Se alegran ante ti como se goza en la siega y como se exulta al repartir el botín. Porque rompiste el yugo que lo oprimía, la barra sobre sus hombros y el bastón de su opresor, como en el día de Madián. Porque toda bota que pisa con estrépito y todo manto empapado de sangre serán quemados, entregados al fuego. Porque un niño nos ha nacido, se nos ha dado un hijo. Sobre sus hombros está el poder y su nombre será: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz. Grande será su poder y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, que él viene a consolidar y fortalecer con el derecho y la justicia, ahora y para siempre. Esto hará el celo del Señor de los ejércitos. – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

En tiempos de Isaías, la región de Galilea está bajo la amenaza constante de los asirios; son días difíciles y oscuros. Pero precisamente de aquella tierra está destinada a resplandecer una luz. ¿Será quizá una revancha militar? ¿Será la ayuda de ejércitos amigos? De ninguna manera: será el nacimiento de un niño. El profeta le da títulos honoríficos grandiosos: «Consejero admirable», «Dios fuerte», «Padre eterno» y «Príncipe de la paz». No es posible decir todo esto de un niño normal, por noble o de familia valiente que sea: aquí se habla de un niño diferente de todos los demás, cuyo reino es anunciado como eterno. Un bebé de pocos días es lo más débil y frágil que existe y, sin embargo, los títulos que recibe son magníficos; aquí está la revelación de Dios: él toma carne mortal en un pequeño para recorrer todas las etapas de la vida humana, para ser solidario con todos los hombres. Conocerá el hambre, el cansancio, el exilio y las persecuciones, pero a su debido tiempo entregará al Padre el reino restaurado, purificado por su sacrificio.


SEGUNDA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a Tito (Tt 2,11-14)
Hijo mío, se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación a todos los hombres y nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a vivir en este mundo con sobriedad, justicia y piedad, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y formar para sí un pueblo puro que le pertenezca, lleno de celo por las buenas obras. – Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

El apóstol Pablo escribe al discípulo Tito, que es obispo en la isla de Creta. Le habla de quién es Jesús, ese Jesús que ambos siguen, sirven y aman. ¿Quién es para ellos Jesús? En estas pocas líneas, de gran valor espiritual y casi místico, el anciano Pablo se desborda en un verdadero acto de amor hacia Cristo. Jesús es el portador de la salvación, porque «se entregó por nosotros». Nunca debemos olvidar el don que el Señor hizo de sí mismo, de manera total, no por la humanidad en abstracto, sino «por nosotros», por mí y por ti. Él nos da su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad. Pero el amor nunca es de una sola parte: exige la acogida y la respuesta. El «pueblo puro» formado por él está «lleno de celo por las buenas obras». Nuestro amor por Jesús se demuestra no con palabras, sino con buenas obras, es decir, con una vida entregada por entero a él. El amor quiere y exige amor. Vivir fuera de esta dimensión significa no conocer a Jesús, porque la vida divina es pura participación. Esto vale tanto para Tito, obispo, como para todo hombre que quiera llamarse cristiano.


EVANGELIO

Del Evangelio según san Lucas (Lc 2,1-14)
En aquellos días, un decreto del César Augusto ordenó que se empadronara todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirinio era gobernador de Siria. Todos iban a empadronarse, cada uno a su ciudad. También José, desde Galilea, desde la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David llamada Belén, pues pertenecía a la casa y familia de David. Debía empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Mientras estaban allí, se cumplieron para ella los días del parto. Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el alojamiento. Había en aquella región unos pastores que pasaban la noche al aire libre, vigilando por turnos su rebaño. Un ángel del Señor se les presentó y la gloria del Señor los envolvió de luz. Ellos se llenaron de gran temor, pero el ángel les dijo: «No teman: miren, les anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es Cristo, el Señor. Y esta será para ustedes la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y de repente apareció junto al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que él ama». – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio

La gran alegría, que será para todo el pueblo, está en el anuncio del ángel: «Hoy les ha nacido el Salvador». Es un hecho, un acontecimiento, no algo sobre lo que haya que razonar. Aparecen miríadas de ángeles que se alegran por este acontecimiento y los pastores no hacen más que unirse a esta liturgia. El cielo y la tierra están ahora unidos para siempre, porque Dios ha descendido y ha hecho de estos dos mundos una sola realidad. Con nuestra inteligencia quizá habríamos buscado otro Dios, no un niño. Sin embargo, ahora Dios está en ese niño y esta es la buena noticia que permanecerá hasta el fin del mundo. El objeto del anuncio de la Iglesia, generación tras generación, sigue siendo el mismo: «Hoy el Salvador está aquí». Ya no estamos solos, porque toda soledad ha sido vencida y hasta el peor pecador puede volver a la amistad con Dios si cree, acoge, se arrepiente y adora. Y no es difícil adorar a Dios en Cristo: solo hace falta fe, esa fe que demostraron los pastores al ir inmediatamente junto a Jesús para verlo y amarlo. Los pastores eran los últimos de la escala social de Israel, pero el Dios que se revela los elige precisamente a ellos para manifestarse: a los pobres se les anuncia primero la buena nueva.


Misa de la aurora

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías (Is 62,11-12)
Esto es lo que el Señor hace oír hasta el extremo de la tierra: «Digan a la hija de Sion: Mira, llega tu salvador; mira, trae consigo el premio y su recompensa lo precede. Los llamarán Pueblo santo, Redimidos del Señor. Y a ti te llamarán Buscada, Ciudad no abandonada». – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

El capítulo 62 del libro de Isaías presenta la ciudad de Jerusalén como la “esposa” del Señor. El tema nupcial está muy presente en la Sagrada Escritura: Dios es el esposo y el pueblo santo, la esposa. Por tanto, no se trata de una relación distante o meramente legal: no hay nada más íntimo, profundo y duradero que el amor verdadero entre el hombre y la mujer en el matrimonio. Desde los confines de la tierra surge, pues, el grito de Dios que se dirige a su esposa: con la llegada del Salvador, la ciudad ya no podrá llamarse abandonada, sino que, por el contrario, será santa y redimida. Si antes de la Encarnación esta llamada podía parecer solo un anuncio, ahora, en Navidad, se convierte en realidad: Jesús se entrega como verdadero Esposo del alma, porque es hombre de carne y hueso; hombre en el que «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9). Amar a Jesús significa entonces participar de su divinidad, puesta ahora “a disposición” en virtud de su nacimiento, muerte y resurrección. Por tanto, hoy también debemos meditar sobre la Pasión y sobre el don del Espíritu Santo, porque el Misterio de Cristo se acoge en su unidad.


SEGUNDA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a Tito (Tt 3,4-7)
Hijo mío, cuando se manifestaron la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor por los hombres, él nos salvó, no por las obras justas que hubiéramos hecho, sino por su misericordia, mediante un agua que regenera y renueva en el Espíritu Santo, que Dios derramó abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser, en la esperanza, herederos de la vida eterna. – Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

El tema de la misericordia de Dios y de la gratuidad de su Gracia es muy querido por el apóstol Pablo. No nos salvamos por las obras justas que hemos realizado, porque debe quedar claro que nuestro actuar cristiano está, en cualquier caso, impulsado por la gracia divina, que el Salvador derrama «sobre nosotros abundantemente». Es evidente que debemos realizar buenas obras, que a veces nos cuestan esfuerzo y fatiga, pero que tienen plena eficacia cuando proceden de un corazón humilde que, antes de realizar las obras, ha acogido la presencia de Jesús. Al final, el hombre en gracia de Dios, haga lo que haga, lo hace como una buena obra. Pablo era un opositor acérrimo de los cristianos, un «violento», como él mismo se define. Necesitó encontrarse con la gracia para comprender que se estaba equivocando en todo y así, una vez restablecido en el Espíritu de Dios, comenzó a realizar todas sus obras justas y santas. Este es el principio que inculca en los demás, porque ha conocido lo que significa pasar de las tinieblas a la luz. Se siente deudor, amado gratuitamente.


EVANGELIO

Del Evangelio según san Lucas (Lc 2,15-20)
En cuanto los ángeles se alejaron de ellos hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos este acontecimiento que el Señor nos ha dado a conocer». Fueron rápidamente y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que les habían dicho acerca del niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho. – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio

Estamos ante la primera evangelización de la historia cristiana. Los pastores recibieron el anuncio de ir a ver al Salvador, nacido en algún lugar de Belén, y fueron rápidamente, porque así lo había dicho un ángel del cielo. Creen sin dudar. Esta es la obediencia de la fe: inmediata, segura. Van, adoran, creen. Al regresar a sus lugares, no pueden callar lo que han visto, suscitando gran asombro en quienes los escuchan. El “esquema” que observamos es el siguiente: 1) reciben el anuncio; 2) ven a Jesús; 3) se lo cuentan a todos. Esta triple división es propia de todos los evangelizadores que vendrán después en la Iglesia. Ellos acogen la noticia de la presencia de Jesús en el mundo por medio de sus padres o de quien les habla primero del Señor; lo buscan, le rezan, lo encuentran, lo conocen, lo acogen y hacen experiencia de él. Luego, en consecuencia (tercer tiempo), sienten la necesidad de hablar de él a los demás, para que ellos también, a su vez, corran al Señor y lo encuentren. Aquella noche los pastores ciertamente no esperaban ser invitados a entrar en este acontecimiento de gracia, pero lo acogieron inmediatamente con fe y alegría porque eran sencillos y puros de corazón. ¡Todos somos deudores de ellos!


Misa del día

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías (Is 52,7-10)
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, del mensajero de buenas noticias que anuncia la salvación, que dice a Sion: «¡Reina tu Dios!». ¡Una voz! Tus centinelas alzan la voz, juntos gritan de alegría, porque ven con sus propios ojos el regreso del Señor a Sion. Prorrumpan juntos en cantos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo, ha redimido a Jerusalén. El Señor ha descubierto su santo brazo ante todas las naciones; todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios. – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

Jerusalén es una ciudad destruida. El grandioso templo construido por Salomón había sido incendiado y hecho pedazos, la población había sido deportada a Babilonia, donde había permanecido setenta años en esclavitud. En esta ciudad llega de repente el mensajero que trae la gran noticia: la esclavitud ha terminado y el Señor está a punto de regresar, «ha redimido a Jerusalén»; los centinelas, desanimados y cansados, se alegran y repiten la noticia a los pocos habitantes que quedan en la ciudad. La profecía de Isaías se cumple plenamente precisamente hoy, día de Navidad, porque el reino de Dios se reconstruye plenamente cuando su rey, Jesús, nace para entrar triunfalmente en la ciudad santa y restablecer el mundo en la paz. Todos los confines de la tierra verán, dice el profeta, y hoy finalmente ven: la profecía se cumple porque la palabra de Dios no miente. También nosotros estamos llamados a alegrarnos no menos que aquellos centinelas, porque nuestros ojos han visto la salvación en Cristo Jesús; no podemos estar tristes en la Navidad del tiempo.


SEGUNDA LECTURA

De la carta a los Hebreos (Heb 1,1-6)
Dios, que muchas veces y de muchas maneras habló antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todo y por quien también hizo el mundo. Él es reflejo de su gloria e impronta de su sustancia, y sostiene todo con su palabra poderosa. Después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles cuanto más excelente que el de ellos es el nombre que heredó. Pues ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»? Y todavía: «Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo»? En cambio, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios». – Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

La palabra “últimamente”, contenida en este prólogo de la carta a los Hebreos, no significa “en estos últimos días”, sino “de manera definitiva”. Antes estaban los profetas, que llevaban al mundo la palabra de Dios según las distintas necesidades, pero también eran simples hombres; profetizaban solo de vez en cuando y el resto del tiempo hablaban de cosas normales como todos los demás. El Hijo, en cambio, no habla con la palabra de Dios de manera ocasional, porque él mismo es la palabra de Dios, pues es Dios. Por tanto, todo lo que Jesús dice, siempre, es palabra pronunciada por Dios. «Sostiene todo con su palabra poderosa», dice la carta, porque de la boca de Dios solo salen palabras de verdad. Por eso, necesariamente Jesús es superior también a los ángeles, que son criaturas, por excelsas que sean. Tan cierto es esto que, cuando Jesús aparece en el mundo, los ángeles se detienen, se vuelven hacia el niño y adoran. Después ese niño hablará, pero mientras tanto adoremos todos al Verbo de Dios, en su silencio de recién nacido, para preparar nuestros corazones a acoger cada palabra que luego saldrá de su boca.


EVANGELIO

Del Evangelio según san Juan (Jn 1,1-18)
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba, en el principio, junto a Dios. Todo fue hecho por medio de él y sin él no se hizo nada de cuanto existe. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron. Vino un hombre enviado por Dios: su nombre era Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino que venía a dar testimonio de la luz. La luz verdadera, la que ilumina a todo hombre, venía al mundo. Estaba en el mundo y el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no lo reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron les dio poder de convertirse en hijos de Dios: a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; y nosotros contemplamos su gloria, gloria como del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y proclama: «Este es aquel de quien yo dije: El que viene después de mí está por delante de mí, porque existía antes que yo». De su plenitud todos hemos recibido: gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio

El prólogo del Evangelio de Juan no se presta tanto a ser meditado cuanto a ser interiorizado con humildad y adoración, como corresponde en esta solemnidad de Navidad. No hay razonamientos que hacer, sino que debemos disponernos a acoger, asimilar y adorar. El Verbo de Dios estaba junto al Padre, nos dice el Apóstol, y ahora se ha hecho carne. Sin la Encarnación, toda relación con Dios sería imposible, porque solo Jesús conoce al Padre, pues está en él desde la eternidad. Si lo acogemos, nos da el poder de convertirnos en hijos de Dios. El hijo tiene la misma naturaleza que quien lo engendró; por eso el hombre puede ser divinizado si acoge, cree y se conforma con Jesús. Por tanto, no se nace siendo hijos de Dios, sino que se llega a serlo. Y, una vez en Cristo, él nos muestra el rostro del Padre. La palabra “revelar” (la última palabra del pasaje) deriva del latín “retrum-velum-dare”, que significa “levantar el velo”. Jesús, en su humanidad acogida por nosotros, levanta el velo para que finalmente podamos ver el rostro del Padre, algo imposible en el Antiguo Testamento. No lo veremos con los ojos corporales, sino en la unión íntima con Cristo, porque él no posee otra cosa que al Padre y lo que posee nos lo dona.


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