Anunciación del Señor (s)
Propia
Textos extraídos del Misalito “Sobre Tu Palabra”, marzo-abril de 2021
La liturgia, en este día, nos recuerda la solemnidad de la Anunciación del Señor. El Evangelio nos narra el episodio del arcángel Gabriel, enviado por el Altísimo para anunciar a María que se convertiría en la madre de Jesús. En este acontecimiento humilde y oculto, María acoge en la fe y en la carne al Verbo eterno hecho hombre para nuestra salvación. En efecto, la encarnación del Hijo de Dios es el misterio central de la fe cristiana, y en él María ocupa un lugar primordial. ¿Cuál es el significado de este misterio? ¿Qué importancia tiene para nuestra vida concreta?
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 7,10-14; 8,10c)
En aquellos días, el Señor habló a Ajaz: «Pide para ti un signo al Señor, tu Dios, en lo profundo del abismo o en lo alto». Pero Ajaz respondió: «No lo pediré, no quiero tentar al Señor». Entonces Isaías dijo: «¡Escuchad, casa de David! ¿No os basta cansar a los hombres, que ahora queréis cansar también a mi Dios? Por eso el Señor mismo os dará un signo. Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamará Emmanuel, porque Dios está con nosotros». – Palabra de Dios
Comentario a la primera lectura
«Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Como sucede a menudo, sobre todo los domingos, en las solemnidades y en las fiestas, uno de los principales temas conductores de la liturgia de hoy nos lo ofrece el estribillo del Salmo. Hoy nos habla de una disponibilidad total e incondicional para permitir que los proyectos de Dios se realicen en nosotros. Esta es, sobre todo, la actitud de Jesús dentro de la Trinidad: es plenamente libre y está dispuesto a cumplir la voluntad del Padre incluso cuando se trata de compartir la frágil condición humana (excepto en el pecado). Pero esta es también la dinámica presente en María santísima, nacida de una adhesión total a la voluntad de Dios que implica toda su persona, y lo veremos de manera particular en el Evangelio de hoy, en el episodio de la Anunciación. Y después, en toda la vida de María junto a su hijo, hasta debajo de la cruz y en la realización de la resurrección. La primera lectura, aun en su relato sintético, tiene un corazón palpitante muy importante: la diferencia entre ser esclavos de los propios esquemas por parte de los hombres y la libre iniciativa por parte de Dios; no la obstinación humana, sino el Amor.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 10,4-10)
Hermanos, es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos elimine los pecados. Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me preparaste un cuerpo. No aceptaste holocaustos ni sacrificios por el pecado. Entonces dije: “Aquí estoy – pues de mí está escrito en el libro – para hacer, oh Dios, tu voluntad”». Después de decir: «Tú no quisiste ni aceptaste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos ni sacrificios por el pecado», cosas que se ofrecen según la Ley, añade: «Aquí estoy, para hacer tu voluntad». Así, él abole el primer sacrificio para establecer el nuevo. Mediante esa voluntad hemos sido santificados por medio de la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, de una vez para siempre. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«Aquí estoy, para hacer tu voluntad». Lo dice el Hijo Jesucristo en el seno eterno del Padre y de la Trinidad. Por la gracia de Cristo – aquel que nacerá de ella – y en previsión de la salvación que nos ha concedido el mismo Hijo de Dios, lo proclama María santísima en la Anunciación: «Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra». Cumplir libremente, de buen grado, la voluntad de Dios (incluso cuando resulta desgarradora o puede revolucionar nuestros planes): de ahí el perdón de los pecados, de ahí la fuerza y la delicadeza de la vida cristiana, de ahí la vida eterna junto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento se creía que «la sangre de toros y de machos cabríos» era capaz de lavar los pecados más inmundos. Incluso, entre los pueblos paganos se sacrificaba a personas (de mil maneras), con tal de creer, de la forma más equivocada, que así se ganaban el favor de la divinidad. ¡Cuántos niños y niñas, mujeres y marginados tuvieron que someterse al arrebato de ira de quienes, en un intento extremo, creían volver inofensiva a una falsa divinidad; cuánto sufrimiento provocado en nombre de una imagen de Dios absolutamente falsa!
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,26-38)
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre de la casa de David, llamado José. La virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué sentido tendría un saludo como aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará para siempre sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«María dijo: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”». Algunos cristianos de todos los tiempos se han devanado los sesos, o simplemente se han preguntado - quizá de una manera demasiado humana - cuáles eran los deseos y proyectos de María antes de la Anunciación del ángel. Dejémoslos hacer, pero no nos preocupemos demasiado por esta cuestión. De hecho, la Sagrada Escritura y nuestra fe nos dicen mucho más que nuestras frágiles fantasías. María es inmaculada y, por tanto, usando una imagen, arcilla totalmente disponible en las manos del alfarero; no por su habilidad ni por quién sabe qué mérito, sino «en previsión de los méritos de Jesucristo». María puede decir un “sí” tan total y profundo porque está completamente orientada hacia el Hijo: toda su existencia está en función de él. Al comienzo de las letanías lauretanas encontramos “María, virgen y madre”: este es el fruto de un “sí” pronunciado sin poner límites. Mientras celebramos la Anunciación del Señor, contemplamos una vez más a María: Santa Madre de Dios, Santa Virgen de las vírgenes, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Madre de la divina gracia, Madre purísima, castísima, siempre virgen, inmaculada, digna de amor.

