Textos tomados del Misalito «En tu Palabra» mayo-junio de 2025
Sacratísimo Corazón de Jesús (s) (C)
propia
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Ezequiel (Ez 34,11-16)
Esto dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré a mis ovejas y las revisaré. Como un pastor revisa su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas que se habían dispersado, así revisaré yo a mis ovejas y las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en los días nublados y oscuros. Las sacaré de entre los pueblos y las reuniré de todas las regiones. Las llevaré de nuevo a su tierra y las haré pastar en los montes de Israel, en los valles y en todos los lugares habitados de la región. Las conduciré a excelentes pastos y su pastizal estará en los montes altos de Israel; allí descansarán en fértiles pastos y pastarán abundantemente en los montes de Israel. Yo mismo conduciré a mis ovejas a los pastos y yo las haré descansar. Oráculo del Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y llevaré de nuevo al redil a la extraviada, vendaré a la herida y curaré a la enferma, cuidaré de la gorda y de la fuerte; las apacentaré con justicia». - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El pastor comparte todo de la vida de su rebaño. Vive con él hasta el punto de que, durante la trashumancia, permanece fuera de casa y duerme cerca de las ovejas para vigilarlas. La vida del pastor es el rebaño; las ovejas se sienten guiadas, protegidas y amadas por él. Si Jesús se identifica con el pastor perfecto, entonces podemos sentirnos siempre observados por él, cuidados y amados. Lo difícil del cristianismo es creer que Jesús se interesa realmente por nosotros, que nuestra vida es valiosa para él. Estamos acostumbrados a sentirnos poco importantes y mal amados por las personas cercanas, por lo que nos parece imposible que un Dios infinito e inmenso «pierda tiempo» con nosotros, teniendo tantas otras cosas que hacer. En este caso, la fe significa creer no tanto que amamos a Dios, sino que somos para él el punto final de su amor. Algunos místicos dicen que nosotros somos «el cielo de Dios». ¿Es posible que él nos conozca y nos ame hasta tal punto que encuentre en nosotros su alegría? Y, sin embargo, si estamos en Cristo, así es. Preguntémonos: ¿hasta qué punto estamos seguros y convencidos de ser amados por Dios? ¿Hasta qué punto lo experimentamos?
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rm 5,5b-11)
Hermanos, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando todavía éramos débiles, en el momento señalado, Cristo murió por los impíos. Ahora bien, apenas alguien está dispuesto a morir por un justo; quizá alguien se atrevería a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros en el hecho de que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Con mayor razón ahora, justificados por su sangre, seremos salvados de la ira por medio de él. Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida. Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, gracias al cual ahora hemos recibido la reconciliación. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
El amor de Dios encuentra su mejor expresión en este pasaje de la carta a los Romanos. Jesús muere por nosotros mientras «todavía éramos pecadores». Se puede comprender el heroísmo de quien se ofrece a morir por personas buenas, o incluso por personas desconocidas, pero sin culpa alguna, como fue, por ejemplo, el famoso gesto del siervo de Dios Salvo D’Acquisto, que se ofreció para ser fusilado en lugar de otros que no habían hecho nada malo. Pero ofrecerse a sufrir y morir por personas malvadas, que incluso se burlan de ti y te rechazan, manifiesta un amor «no normal». Y, en efecto, el amor de Dios es sobrenatural, superior a la naturaleza. El don de Dios no está motivado por la dignidad de aquel a quien se hace el don, sino que encuentra su razón en sí mismo. Dios ama porque es amor y por eso se derrama, se dona, independientemente de todo. En una palabra, el amor de Dios es gratuito. Así también nosotros, cuando amamos a quienes nos aman no hacemos nada extraordinario; en cambio, cuando nos disponemos a sufrir o a rezar por quienes nos maltratan o nos han causado daño, hacemos que brote de nosotros la fuerza del amor de Dios.
EVANGELIO
Del Evangelio según san Lucas (Lc 15,3-7)
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el desierto y va en busca de la perdida hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, lleno de alegría, se la carga sobre los hombros, va a casa, llama a sus amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado mi oveja, la que se había perdido”. Les digo que así habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse». –
Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
La alegría sirve de hilo conductor a la breve parábola que el Señor narra en el Evangelio. Al principio, el pastor está preocupado porque una de sus ovejas se ha puesto en peligro; luego, cuando la encuentra, se alegra e invita también a sus amigos a la alegría. Finalmente, nos enteramos de que también en el Paraíso hay alegría. Esto significa que la alegría es verdadera cuando se participa y se comparte. Esta es la imagen del Paraíso, donde la riqueza de uno estará a disposición de los demás, donde todos pueden participar de nuestros bienes y nosotros participar de los bienes de los demás. El Paraíso es una sinfonía que no logramos imaginar, porque aquí en la tierra el pecado nos ha cerrado unos a los otros y nos resulta difícil la comunicación profunda de las gracias recibidas. Ya ahora podemos tener un anticipo de la «alegría comunitaria» cuando un pecador se convierte, cuando un amigo o familiar nuestro vuelve a encontrar el camino de Dios, regresa al redil después de haber pasado años en los pastos áridos y peligrosos del mundo, quizá en el vicio. La alegría auténtica, por tanto, no depende de los acontecimientos externos de la vida, siempre tan variables, sino de la gracia compartida, sobre todo de la que deriva de la verdadera conversión a Dios.
