Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra”, marzo-abril de 2024
Triduo pascual - Jueves Santo «Cena del Señor»
propia
Misa vespertina
PRIMERA LECTURA
Del libro del Éxodo (Éx 12,1-8.11-14)
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto: «Este mes será para ustedes el comienzo de los meses, será para ustedes el primer mes del año. Hablen a toda la comunidad de Israel y digan: “El día diez de este mes, que cada uno procure un cordero por familia, un cordero por casa. Si la familia fuera demasiado pequeña para un cordero, se unirá al vecino más próximo a su casa, según el número de personas; calcularán cómo deberá ser el cordero según lo que cada uno pueda comer. El cordero será sin defecto, macho, nacido en el año; podrán escogerlo entre las ovejas o entre las cabras y lo conservarán hasta el día catorce de este mes: entonces toda la asamblea de la comunidad de Israel lo inmolará al atardecer. Tomarán un poco de su sangre y la pondrán en las dos jambas y en el dintel de las casas donde lo comerán. Esa noche comerán su carne asada al fuego; la comerán con panes ácimos y hierbas amargas. Lo comerán de esta manera: con la cintura ceñida, las sandalias en los pies y el bastón en la mano; lo comerán deprisa. ¡Es la Pascua del Señor! Esa noche yo pasaré por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, tanto hombre como animal; así haré justicia a todos los dioses de Egipto. ¡Yo soy el Señor! La sangre de las casas donde ustedes se encuentren servirá de señal a su favor: yo veré la sangre y pasaré de largo; no habrá entre ustedes plaga exterminadora cuando yo hiera la tierra de Egipto. Este día será para ustedes un memorial; lo celebrarán como fiesta del Señor: de generación en generación lo celebrarán como un rito perpetuo”». - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
La historia sagrada también es una historia de sangre. No debemos escandalizarnos, porque todo está en las manos de Dios y lo que viene de él es obra de la divina Providencia. Hay inocentes que mueren en la tierra de Egipto, pero lo que debemos considerar es su destino final. Si mueren en este mundo para renacer en la eternidad de Dios, por un designio que también nos resulta misterioso, debemos pensar que de ello se deriva un bien. La obra de Dios no está contra los hombres, sino contra los llamados “dioses” de Egipto. Y cuando nazca Jesús, por decreto de Herodes morirán otros inocentes. Estas muertes violentas nos hacen pensar en la cruz del gran Inocente, el Hijo de Dios, que padece y es asesinado no por culpas propias, sino para reparar las culpas cometidas por otros hombres. La Pascua nos llama a la responsabilidad, para indicar que la verdadera muerte es la que infligimos a nuestra alma con el pecado, con la rebelión. El antiguo Israel sale de Egipto con un “desgarro” fuerte e inolvidable, y la Pascua significa este paso definitivo del pecado a la gracia.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 11,23-26)
Hermanos, yo recibí del Señor lo que a mi vez les he transmitido: el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía». Del mismo modo, después de cenar, tomó también el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; hagan esto cada vez que beban de él, en memoria mía». Por eso, cada vez que comen este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que él vuelva. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La vida de la Iglesia tiene su corazón y su centro en la Misa, descrita de manera sobria y esencial por el apóstol Pablo. Cuando nos alimentamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, no vivimos solamente algo personal, el encuentro extraordinario de nuestra pobre humanidad con el inmenso amor de Dios, sino que también anunciamos a todos la muerte del Señor, porque nuestra vida cambia totalmente. Al comer ese Cuerpo entramos en la muerte de Cristo, allí donde los pecados son borrados y se proclama la salvación eterna; en sentido concreto y real, nuestra insuficiencia es asumida por el Hijo y presentada al Padre para ser renovada en la gracia. También nos hacemos partícipes de la gloriosa resurrección de Cristo para vivir la vida de los hijos de Dios. «Hasta que él vuelva» significa que todavía hay una espera, un tiempo. La plenitud llegará solo al final de todo, cuando este mundo termine y tenga lugar la resurrección de los cuerpos. Hasta ese momento, nuestra vida no será otra cosa que comunicar a los hombres lo que hemos llegado a ser: hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 13,1-15)
Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que había venido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Luego echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dijo: «Señor, ¿tú me vas a lavar los pies a mí?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás después». Pedro le dijo: «¡Tú no me lavarás los pies jamás!». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo». Simón Pedro le dijo: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús añadió: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio; y ustedes están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar; por eso dijo: «No todos están limpios». Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman el Maestro y el Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que también ustedes hagan como yo hice con ustedes». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
El lavatorio de los pies es un gesto clamoroso. Antes de darnos el sacramento de la Eucaristía, Jesús instituye el “sacramental” del servicio a los hermanos, uniendo ambos actos en un todo inseparable. Incluso el apóstol Juan omite describir el momento principal de la Eucaristía para concentrarse en el gesto del lavatorio de los pies. Parece decirnos que no es posible comer el Cuerpo de Cristo si no estamos dispuestos a vivir la entrega total a las necesidades de los hermanos, a quienes no debemos amar de manera normal, según las simpatías y la amistad, sino de manera sobrenatural. Cuando como el Cuerpo de Cristo, debo sentirme impulsado hacia lo alto (su Corazón divino) y al mismo tiempo hacia abajo (los pies de los hermanos), recibiendo por una parte la grandeza del Salvador y por otra declarándome siervo de todos. Estos dos actos manifiestan nuestra realeza, el poder del amor que no hace cálculos ni se mide. Hemos recibido gratuitamente y gratuitamente nos ponemos al servicio, teniendo como recompensa la vida de Cristo que, dentro de nosotros, trae una gran paz. Esto es el amor: los dos mandamientos (el amor a Dios y al prójimo) son un todo.


