Hoy la Iglesia celebra en una única fiesta a los santos Pedro y Pablo, las dos columnas que hicieron grande a la comunidad de Roma. Dos discípulos que, cada uno con su propia sensibilidad, prestaron un gran servicio al Señor. ¡Qué gran don de Dios fueron! Oremos hoy por el papa Francisco.
Santos Pedro y Pablo, apóstoles (s)
propia
Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” mayo-junio 2021
EN LA MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 3,1-10)
En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo para la oración de las tres de la tarde. Allí solían llevar a un hombre, tullido desde su nacimiento; lo colocaban cada día junto a la puerta del templo llamada Hermosa, para pedir limosna a quienes entraban en el templo. Este, al ver a Pedro y a Juan que estaban a punto de entrar en el templo, les pedía limosna. Entonces, fijando en él la mirada, Pedro, junto con Juan, dijo: «Míranos». Él se volvió para mirarlos, esperando recibir de ellos alguna cosa. Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ¡levántate y camina!». Lo tomó de la mano derecha y lo levantó. Al instante se fortalecieron sus pies y sus tobillos y, poniéndose en pie de un salto, comenzó a caminar; y entró con ellos en el templo caminando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio caminar y alabar a Dios y reconocieron que era aquel que se sentaba a pedir limosna junto a la puerta Hermosa del templo, y se llenaron de asombro y estupor por lo que le había sucedido.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (Gál 1,11-20)
Hermanos, les hago saber que el Evangelio anunciado por mí no sigue un modelo humano; de hecho, no lo recibí ni lo aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Seguramente han oído hablar de mi conducta de otro tiempo en el judaísmo: perseguía ferozmente a la Iglesia de Dios y la devastaba, superando en el judaísmo a la mayoría de mis contemporáneos y compatriotas, tan celoso como era de las tradiciones de mis padres. Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar en mí a su Hijo para que lo anunciara entre los gentiles, inmediatamente, sin pedir consejo a nadie, sin subir a Jerusalén para ver a quienes eran apóstoles antes que yo, me dirigí a Arabia y luego regresé a Damasco. Después, tres años más tarde, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí con él quince días; de los apóstoles no vi a ningún otro, excepto a Santiago, el hermano del Señor. En lo que les escribo -lo digo delante de Dios- no miento.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 21,15-19)
[Después de haberse manifestado resucitado a sus discípulos,] cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le preguntó de nuevo, por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció porque por tercera vez le preguntaba: «¿Me quieres?», y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Jesús le respondió: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo para indicar con qué muerte iba a glorificar a Dios. Y, dicho esto, añadió: «Sígueme».
EN LA MISA DEL DÍA
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 12,1-11)
En aquel tiempo, el rey Herodes comenzó a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo matar a espada a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, hizo arrestar también a Pedro. Eran los días de los Ácimos. Lo apresó y lo metió en la cárcel, entregándolo a la custodia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, con la intención de hacerlo comparecer ante el pueblo después de la Pascua. Mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, la Iglesia oraba incesantemente a Dios por él. Aquella noche, cuando Herodes estaba a punto de hacerlo comparecer ante el pueblo, Pedro, vigilado por dos soldados y encadenado con dos cadenas, dormía, mientras los centinelas custodiaban la cárcel delante de las puertas. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor y una luz resplandeció en la celda. Tocó el costado de Pedro, lo despertó y le dijo: «¡Levántate, deprisa!». Y las cadenas se le cayeron de las manos. El ángel le dijo: «Ponte el cinturón y cálzate las sandalias». Así lo hizo. El ángel le dijo: «Ponte el manto y sígueme». Pedro salió y comenzó a seguirlo, pero no se daba cuenta de que era realidad lo que sucedía por obra del ángel: creía estar viendo una visión. Atravesaron el primer puesto de guardia y el segundo y llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad; la puerta se abrió sola delante de ellos. Salieron, recorrieron una calle y, de pronto, el ángel se alejó de él. Pedro, volviendo en sí, dijo: «Ahora sé verdaderamente que el Señor ha enviado a su ángel y me ha librado de la mano de Herodes y de todo lo que el pueblo de los judíos esperaba».
Comentario a la primera lectura
El texto de los Hechos de los Apóstoles (Misa del día) demuestra cómo Pedro ya desempeñaba un papel fundamental en la vida de la primera comunidad cristiana de Jerusalén: toda la oración de la Iglesia se eleva por su pastor, que se encuentra en la cárcel. El Apóstol, aunque encadenado, duerme porque tiene la certeza de no estar nunca solo: la comunidad está rezando por él, el Señor está cerca. La fuerza de la oración incesante de la Iglesia sube a Dios; él la escucha y realiza una liberación impensable e inesperada, enviando a su ángel. Solo la oración rompe las cadenas. Y entonces, como para Pedro en la cárcel, también para nosotros se abrirían muchas puertas que nos separan y caerían muchas cadenas que nos paralizan. Sí, el Señor escucha la oración que brota de nuestro corazón y nos libera de todo miedo, de toda cadena, para afrontar con fuerza las dificultades de la vida. La oración constante y unánime es un instrumento precioso para romper las cadenas que nos impiden volar alto; solo estar profundamente unidos a Dios nos permite dar testimonio del milagro del amor de Dios.
SEGUNDA LECTURA
De la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2 Tim 4,6-8.17-18)
Hijo mío, estoy a punto de ser derramado en ofrenda y ha llegado el momento de dejar esta vida. He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe. Ahora solo me queda la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me entregará aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su manifestación. Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas, para que yo pudiera llevar a término el anuncio del Evangelio y todas las naciones lo escucharan; y así fui librado de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me llevará a salvo a los cielos, a su reino; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Comentario a la segunda lectura
También Pablo se encuentra en la cárcel, a la espera de una condena a muerte. Al escribir a Timoteo nos entrega palabras verdaderamente conmovedoras y llenas de sabiduría. Abandonado por todos, no ha perdido nada de su fe. De hecho, percibe que la muerte se acerca y, sin embargo, no usa la palabra «muerte», sino una serie de expresiones que nacen del hecho de que la existencia de este apóstol, desde el momento en que se convirtió y fue llamado en el camino de Damasco, adquiere una dimensión totalmente nueva. La cercanía del Señor, la carrera por el Evangelio, las luchas continuas, la sangre derramada, los combates por la buena batalla: todo esto ha caracterizado su fe. No dice cuántos hombres convirtió, cuántas comunidades cristianas fundó, cuánto bien hizo, sino solo que conservó la fe, porque para él la fe es la base y el fundamento de su vida. Si Pablo está cerca de la muerte, su mirada se proyecta hacia el futuro, que no es para él la muerte, sino la corona y el reino eterno. Él, que vivió para los demás, piensa que con él en el Reino habrá muchos que, gracias a él, creyeron. Entre ellos también estamos nosotros: este es el deseo que nos hacemos.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 16,13-19)
En aquel tiempo, al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas». Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?». Simón Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Y Jesús le dijo: «¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás!, porque no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Comentario al Evangelio del día
Cristo ratifica la profesión de fe de Pedro, porque no se trata de una intuición natural ni de un conocimiento humano, sino de un don del Padre. Por este motivo, la confesión del misterio de comunión del Padre y del Hijo está en el fundamento de la vida eclesial y convierte a Pedro en una roca sobre la que se construye la comunidad. Pedro ha entrado en el misterio del amor trinitario; por eso, las puertas de la muerte no prevalecerán sobre la comunidad. La Iglesia sobrevivirá al paso del tiempo, permanecerá firme contra todos los ataques del mal, porque está anclada en Pedro y en la fuerza de su testimonio de fe. La comprensión de la identidad de Jesús es el verdadero motivo por el que el Apóstol recibe el encargo de guiar a la comunidad de los creyentes. Tener las llaves y atar y desatar no son un poder arbitrario, sino que significan introducir en la comunión del Padre a los hombres que buscan a Dios con corazón sincero, pero también alejar a quienes se sitúan fuera de esta comunión. Por tanto, el primado de Pedro encuentra su origen y su verdadero significado en la adhesión a la revelación del misterio de Dios en Cristo.

