liturgia del giorno 29 giugno 2023

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Liturgia del día: 29 de junio de 2023

Santos Pedro y Pablo, apóstoles

Textos tomados del Misalito “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2023

Santos Pedro y Pablo, apóstoles (s)
propia


En la misa vespertina de la vigilia

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los Apóstoles (Hch 3,1-10)
En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo para la oración de las tres de la tarde. Allí solían llevar a un hombre, cojo de nacimiento; lo colocaban cada día junto a la puerta del templo llamada Hermosa, para pedir limosna a los que entraban en el templo. Este, al ver que Pedro y Juan estaban a punto de entrar en el templo, les pedía limosna. Entonces Pedro, fijando en él la mirada junto con Juan, le dijo: «Míranos». Él se volvió hacia ellos, esperando recibir algo de ellos. Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, levántate y camina». Lo tomó de la mano derecha y lo levantó. De repente se fortalecieron sus pies y sus tobillos y, poniéndose en pie de un salto, comenzó a caminar; entró con ellos en el templo caminando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio caminar y alabar a Dios y reconoció que era el mismo que se sentaba a pedir limosna en la puerta Hermosa del templo, y se llenaron de asombro y estupor por lo que le había sucedido. – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

El pobre cojo está junto a la puerta Hermosa y no espera ser curado; se conforma con lo poco que puede recibir de limosna, unas monedas, algún trozo de pan… Ve pasar a Pedro y Juan, quienes, en vez de darle algo, le piden algo a él, le piden su atención: «Míranos». ¡Qué petición tan extraña! Por lo general, quien da limosna no entra en contacto personal o directo con el pobre: pone en sus manos unas monedas y sigue su camino, sin detenerse. Pedro, en cambio, quiere que lo miren. El Apóstol no pide el acto de fe del enfermo, como solía hacer el Señor Jesús («¿Qué quieres que haga por ti? ¿Crees que puedo hacer esto?», etcétera), sino que simplemente le dice que el nombre de Jesús es poder de curación. Decir Jesús significa curar, sin más. Curar de todo mal, físico y moral, porque Jesús significa “Salvador”. ¡Por tanto, no nos avergoncemos del nombre de Jesús! A veces hablamos de Dios, de Cristo, de “divinidad” o de “Alguien superior que sin duda existe”, etcétera, pero no de Jesús. ¡Su nombre, en cambio, es poder!


SEGUNDA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (Gál 1,11-20)
Hermanos, les hago saber que el Evangelio anunciado por mí no sigue un modelo humano; pues yo no lo recibí ni lo aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Ciertamente han oído hablar de mi conducta anterior en el judaísmo: perseguía ferozmente a la Iglesia de Dios y la devastaba, aventajando en el judaísmo a la mayoría de mis contemporáneos y compatriotas, tan celoso como era de las tradiciones de mis padres. Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar en mí a su Hijo para que lo anunciara entre los gentiles, inmediatamente, sin pedir consejo a nadie ni subir a Jerusalén para ver a los que eran apóstoles antes que yo, me fui a Arabia y luego regresé a Damasco. Después, tres años más tarde, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí con él quince días; de los demás apóstoles no vi a ninguno, excepto a Santiago, el hermano del Señor. En lo que les escribo -lo digo delante de Dios- no miento. – Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

San Pablo cuenta varias veces, en los escritos del Nuevo Testamento, lo que le sucedió, cómo se convirtió a Cristo y toda la historia de la caída del caballo que conocemos bien. En la carta a los Gálatas añade que, en la conversión repentina e irreversible, el Señor le reveló el Evangelio de la gracia. Mientras los demás apóstoles conocen el Evangelio por haber visto personalmente los hechos de la vida de Jesús y relatan lo que han visto (Juan dirá: lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos tocado…), Pablo, en cambio, lo lleva todo dentro por revelación y habla no de lo que ha visto con los ojos, sino de lo que ha recibido directamente del Señor. Su Evangelio, en efecto, «no sigue un modelo humano». Está tan seguro de lo que ha recibido que está dispuesto a morir y a sufrir toda clase de persecución para defenderlo y anunciarlo. También nosotros estamos más del lado de Pablo que del de los doce apóstoles: nunca hemos visto a Jesús con los ojos, pero cada día, acogiendo el Evangelio con fe, podemos escuchar sus palabras y creer en él.


EVANGELIO DEL DÍA

Del Evangelio según san Juan (Jn 21,15-19)
[Después de haberse manifestado resucitado a sus discípulos,] cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le preguntó de nuevo, por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara: «¿Me quieres?», y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Jesús le respondió: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras». Esto lo dijo para indicar con qué muerte habría de glorificar a Dios. Y después de decir esto, añadió: «Sígueme». –
Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio del día

Antes de ascender al cielo y entrar en una dimensión completamente nueva, mientras Jesús todavía está con los apóstoles, come y habla con ellos y, como última pregunta, pide sencillamente ser amado. Es verdad: esta palabra se dirige especialmente a Pedro, que debe reparar con la declaración de su amor la triple negación, pero también es la pregunta que Jesús dirige a cada uno de nosotros. La vida en Cristo es una cuestión de amor, porque Dios es amor y desea ser amado. ¿Qué alegría mayor puede haber para Dios mismo que ser amado por su criatura? Cuando el niño en la cuna esboza la primera sonrisa a su madre, ella se derrite de ternura y amor por su criatura; ¿y creen que Dios no hace lo mismo con nosotros, pequeños niños, cuando realizamos un pequeño acto de amor puro? Por supuesto, la sonrisa no basta: hace falta la vida. Pedro responderá con una vida totalmente ofrecida a Cristo y con el seguimiento perfecto. Ese «sígueme» final es la invitación al amor y a la plena entrega. El viejo Pedro muere definitivamente después de estas tres declaraciones y renace en el momento en que dice a Jesús: «Te amo». También para nosotros decir y vivir con ardor esta palabra significa renacer.


En la misa del día

PRIMERA LECTURA

De los Hechos de los Apóstoles (Hch 12,1-11)
Por aquel tiempo, el rey Herodes comenzó a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Mandó matar a espada a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener también a Pedro. Eran los días de los Ácimos. Lo apresó y lo metió en la cárcel, entregándolo a la custodia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, con la intención de presentarlo ante el pueblo después de la Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. Aquella noche, cuando Herodes estaba a punto de presentarlo ante el pueblo, Pedro, custodiado por dos soldados y atado con dos cadenas, dormía, mientras unos centinelas vigilaban la cárcel delante de las puertas. De pronto, se presentó un ángel del Señor y una luz resplandeció en la celda. El ángel tocó el costado de Pedro, lo despertó y le dijo: «Levántate, deprisa». Y las cadenas se le cayeron de las manos. El ángel le dijo: «Ponte el cinturón y átate las sandalias». Así lo hizo. Después le dijo: «Ponte el manto y sígueme». Pedro salió y lo siguió, sin darse cuenta de que era realidad lo que estaba sucediendo por obra del ángel: creía tener una visión. Atravesaron el primer puesto de guardia y el segundo y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad; la puerta se abrió sola delante de ellos. Salieron, recorrieron una calle y, de pronto, el ángel se alejó de él. Pedro, volviendo en sí, dijo: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel y me ha librado de la mano de Herodes y de todo lo que el pueblo de los judíos esperaba». – Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

El trato carcelario al que someten a Pedro nos parece exagerado: cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno para llevarlo a prisión, luego encadenado de pies y manos, con dos soldados vigilándolo permanentemente… ¡como si fuera un terrorista sanguinario o un atentado contra la vida del emperador! Y, en medio de todo esto, Pedro duerme plácidamente en la celda, como si nada ocurriera. Cuando el ángel lo despierta, el Apóstol no se sorprende de que las puertas se abran solas ni de que nadie lo detenga; solo al final parece comprender que le ha sucedido algo grande. ¿Qué podemos leer en este episodio? Que ni las cadenas, ni los guardias, ni ningún tipo de encarcelamiento puede detener el Evangelio, porque es poder de Dios. Sí, los apóstoles podrán sufrir diversas pruebas, como el mismo Jesús, pero el acontecimiento cristiano nunca se detiene, no puede detenerse en una prisión, en la oscuridad de una celda. Ya no hay paredes entre nosotros y el Señor. «Mientras las puertas estaban cerradas -escribe Kierkegaard-, Jesús vino a los discípulos. Así, las puertas deben estar cerradas, pero cerradas al mundo: entonces llega Cristo».


SEGUNDA LECTURA

De la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2 Tim 4,6-8.17-18)
Hijo mío, yo estoy a punto de ser derramado en libación y ha llegado el momento de que abandone esta vida. He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe. Ahora me queda únicamente la corona de justicia que el Señor, juez justo, me entregará aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que han esperado con amor su manifestación. Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas, para que yo pudiera llevar a término el anuncio del Evangelio y lo escucharan todas las naciones; y así fui librado de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me llevará a salvo a los cielos, a su reino. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén. – Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

Al final de su vida, san Pablo da gracias al Señor por haber podido concluir la inmensa tarea que se le había confiado y que habría hecho temblar a cualquiera: llevar el Evangelio, sin ningún medio, al pueblo pagano, desde Asia Menor hasta Roma y quizá también hasta España. Se lanzó a la empresa no confiando en sus propias capacidades, sino contando solo con Dios y renovando cada día el acto de fe en él. Solo así el pequeño Apóstol (Pablo en latín significa “pequeño”) pudo vivir su misión, que incluía también el ataque de los leones -singular es la referencia a la “boca de los leones”, es decir, todos los enemigos que obstaculizaban continuamente su acción- y alcanzar así la corona de justicia, es decir, el Paraíso. El Apóstol está lleno de confianza: Dios lo llevará a salvo a los cielos, a su reino. Es justo hablar de premio, porque Jesús en el Evangelio siempre anuncia el Paraíso como recompensa, como “ganancia” por el duro trabajo, manteniendo además la inmensa desproporción que existe entre nuestros pequeños actos y la gloria eterna del reino de Dios.


EVANGELIO DEL DÍA

Del Evangelio según san Mateo (Mt 16,13-19)
En aquel tiempo, al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas». Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Simón Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Jesús le respondió: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». – Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio del día

Dos observaciones importantes sobre el Evangelio del primado de Pedro. La primera: Jesús dice que en el corazón de Pedro ha hablado el Padre eterno («mi Padre que está en los cielos [te lo ha revelado]»). Por tanto, el Padre no permanece callado, sino que habla en el corazón de los hombres para revelar las cosas más importantes y, en este caso, la afirmación de la identidad de Cristo. Hasta el fin de los tiempos, la tarea de Pedro (y, por tanto, de todos los Papas que lo seguirán) será confirmar con autoridad a todos los hombres que Jesús de Nazaret es el Hijo del Dios vivo, es decir, Dios mismo. La segunda: nos parece increíble que Dios ponga las llaves del reino de los cielos en manos de un pobre hombre, pecador como nosotros. Pero precisamente por eso el Señor pide a todos un gran acto de fe. Se lo pide a Pedro: que crea en su propia misión, y nos lo pide a nosotros: que confiemos en la Iglesia y acojamos todo lo que la Iglesia nos dice en orden a la salvación eterna. Dios habla en la Iglesia y solo en ella hay garantía de verdad y de vida. Esto lo ha querido el Señor y, en la solemnidad de hoy, todos estamos llamados a dar nuestro asentimiento y nuestro acto de fe: para nosotros, creer en Dios omnipotente y creer en la Iglesia es lo mismo.


Suscripción al Misalito
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