Textos tomados del Misal “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2024
Santos Pedro y Pablo, apóstoles (s)
propia
En la Misa vespertina de la vigilia
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 3,1-10)
En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo para la oración de las tres de la tarde. Allí solían llevar a un hombre lisiado desde su nacimiento; lo colocaban cada día junto a la puerta del templo llamada Hermosa, para pedir limosna a quienes entraban en el templo. Este, al ver a Pedro y a Juan que estaban a punto de entrar en el templo, les rogaba que le dieran una limosna. Entonces Pedro, fijando en él la mirada, junto con Juan, le dijo: «Míranos». Él se volvió hacia ellos, esperando recibir algo de ellos. Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, ¡levántate y camina!». Lo tomó de la mano derecha y lo levantó. De repente, sus pies y sus tobillos cobraron fuerza y, poniéndose en pie de un salto, comenzó a caminar; entró con ellos en el templo caminando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio caminar y alabar a Dios y reconoció que era el que se sentaba a pedir limosna junto a la puerta Hermosa del templo, y quedaron llenos de asombro y estupor por lo que le había sucedido. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Si quisiéramos ponerle un título a este pasaje de los Hechos de los Apóstoles, podríamos escribir: La gracia sana. Mientras Pedro y Juan suben al templo para la oración pública de la hora nona, se encuentran con un lisiado que pide limosna delante de la puerta Hermosa. Ese pobre, como todo pobre, no es solo la ocasión para una obra buena, sino también la ocasión para establecer una relación personal: «Míranos», le dice Pedro. Y luego aquellas palabras sorprendentes: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, ¡levántate y camina!». Quien sana es Jesús y, en su nombre, Pedro realiza el milagro, que demuestra a todos la verdad de la salvación que anuncia. El lisiado sanado se une a la oración de los apóstoles: no se conforma con haber recuperado la salud, sino que siente la necesidad de la salvación. A menudo se oye decir: cuando hay salud, lo hay todo; sin embargo, ¡cuánta gente rebosa de salud y aun así es infeliz! Cuando hay salvación, que es salud del cuerpo y del espíritu, lo hay todo. Necesitamos ser salvados de nuestras enfermedades y del pecado.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (Gál 1,11-20)
Hermanos, les hago saber que el Evangelio anunciado por mí no sigue un modelo humano; pues yo no lo recibí ni lo aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Ciertamente han oído hablar de mi conducta de otro tiempo en el judaísmo: perseguía ferozmente a la Iglesia de Dios y la devastaba, aventajando en el judaísmo a muchos de mis contemporáneos y compatriotas, tan celoso como era de las tradiciones de mis padres. Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que lo anunciara entre los gentiles, inmediatamente, sin pedir consejo a nadie, sin subir a Jerusalén para ver a quienes eran apóstoles antes que yo, me fui a Arabia y después regresé a Damasco. Más tarde, tres años después, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí con él quince días; de los apóstoles no vi a ningún otro, excepto a Santiago, el hermano del Señor. En lo que les escribo -lo digo delante de Dios- no miento. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Un hecho es indiscutiblemente cierto: el giro que experimentó la vida de Pablo durante su viaje hacia Damasco. Al comienzo de la carta a los Gálatas, Pablo narra su cambio con estas palabras: «Ciertamente han oído hablar de mi conducta de otro tiempo en el judaísmo: perseguía ferozmente a la Iglesia de Dios y la devastaba... Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia...». La gran conversión consistió, según lo que refiere el propio Pablo, en pasar de perseguidor a apóstol de Aquel a quien antes había perseguido encarnizadamente. Dadas las premisas, parecía que nada podía hacer esperar un cambio tan significativo en la vida de Pablo, pero entonces sucede lo imprevisto. Pablo no era un pecador arrepentido que de repente hubiera reencontrado el camino del bien, ni tampoco era un agnóstico que hubiera terminado aceptando a Dios y una visión religiosa de la realidad. La suya fue una conversión a Cristo, descubierto con los ojos de la fe como clave del destino humano. El cambio de vida no es más que una consecuencia.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 21,15-19)
[Después de haberse manifestado resucitado a sus discípulos,] cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le dijo de nuevo, por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dijo: «Pastorea mis ovejas». Le dijo por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció porque por tercera vez le preguntaba: «¿Me quieres?», y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Jesús le respondió: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te vestirá y te llevará adonde no quieras». Esto lo dijo para indicar con qué muerte habría de glorificar a Dios. Y, dicho esto, añadió: «Sígueme». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Tres veces el Señor pide a Pedro que proclame abiertamente su amor. ¿Por qué? Ciertamente no para humillarlo. Jesús sabe que esto es una necesidad muy importante de Pedro: tres veces Pedro lo había negado, tres veces, delante de todos, lo invita a proclamar su amor. A cada proclamación de amor le sigue un encargo preciso de Jesús: «Apacienta mis ovejitas», lo que en esencia significa: «Demuestra que me amas, entregándote por tus hermanos, convirtiéndote en instrumento de salvación para tus hermanos». En la tercera declaración solemne de Pedro, Jesús le pide verdaderamente todo, nada menos que la entrega de la vida: «Esto lo dijo para indicar con qué muerte habría de glorificar a Dios. Y, dicho esto, añadió: Sígueme». Nuestro amor no puede ser vago; Jesús exige la concreción del amor: después de haber estado a los pies del Señor, debemos levantarnos con una comprobación precisa de nuestro amor, un don preciso, una conversión precisa. Y debemos cuidar que no sea un don elegido únicamente por nosotros, sino elegido verdaderamente por él, madurado en la oración. Probablemente Pedro habría dado otra cosa al Señor; el Señor, en cambio, le pide que alimente a su rebaño, hasta dar la vida.
En la Misa del día
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 12,1-11)
Por aquel tiempo, el rey Herodes comenzó a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Mandó matar a espada a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener también a Pedro. Eran los días de los Ácimos. Lo apresó y lo metió en la cárcel, entregándolo a la custodia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, con la intención de presentarlo al pueblo después de la Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. En aquella noche, cuando Herodes estaba a punto de presentarlo al pueblo, Pedro, vigilado por dos soldados y sujeto con dos cadenas, dormía, mientras los guardias, delante de las puertas, custodiaban la cárcel. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor y una luz resplandeció en la celda. Tocó el costado de Pedro, lo despertó y le dijo: «¡Levántate, deprisa!». Y las cadenas se le cayeron de las manos. El ángel le dijo: «Ponte el cinturón y cálzate las sandalias». Y así lo hizo. El ángel le dijo: «Ponte el manto y sígueme». Pedro salió y lo siguió, pero no se daba cuenta de que era realidad lo que estaba sucediendo por obra del ángel: creía que tenía una visión. Pasaron el primer puesto de guardia y el segundo y llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad; la puerta se abrió sola ante ellos. Salieron, recorrieron una calle y, de repente, el ángel se alejó de él. Pedro, volviendo en sí, dijo: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel y me ha librado de la mano de Herodes y de todo lo que el pueblo de los judíos esperaba». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
En el centro del pasaje de los Hechos está la oración de la Iglesia, que sube incesantemente a Dios para implorar la liberación de Pedro. Así es como la primera comunidad cristiana se sitúa ante el peligro y la persecución. El Señor escucha la oración de su Iglesia y realiza una liberación impensable e inesperada, enviando a su ángel. La referencia a la liberación de la esclavitud de Egipto es absolutamente evidente: como ocurrió en la primera Pascua, también aquí la acción principal la realiza el ángel del Señor, que libera a Pedro. Del mismo modo, lo que hace Pedro apenas es liberado -levantarse deprisa, ponerse el cinturón y ceñirse los costados- es lo que hizo el pueblo elegido en la noche de la liberación, cuando comió deprisa el cordero con los costados ceñidos, las sandalias en los pies y el bastón en la mano, listo para salir del país de Egipto. Es la Pascua de Pedro, que puede exclamar: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel y me ha librado de la mano de Herodes». En la invitación final del ángel: «Ponte el manto y sígueme», resuena la llamada inicial de Jesús, repetida después junto al lago de Tiberíades: «Sígueme».
SEGUNDA LECTURA
De la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2 Tim 4,6-8.17-18)
Hijo mío, yo estoy a punto de ser derramado en libación y ha llegado el momento de que deje esta vida. He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe. Ahora me queda únicamente la corona de la justicia que el Señor, juez justo, me entregará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su manifestación. Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas, para que pudiera llevar a cabo el anuncio del Evangelio y todas las naciones lo escucharan; y así fui librado de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me llevará a salvo a los cielos, a su reino; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
San Pablo siente cercana la muerte y que pronto su vida será ofrecida en libación. En esta situación de peligro y de prueba no desaparecen su fe ni la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder salir a su encuentro, hasta el punto de ver la muerte no como una pérdida, sino como una ganancia: «El Señor me librará de todo mal y me llevará a salvo a los cielos, a su reino». El gran apóstol de las gentes ha terminado la carrera: así como el atleta anhela la meta y se esfuerza por la victoria, también Pablo está completamente orientado a recibir la corona de justicia que no se marchita. Al final de la vida puede exclamar: «El Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas... y así fui librado de la boca del león». También nosotros, como discípulos, necesitamos experimentar esta fuerza, completamente imposible para nuestras capacidades, especialmente en los momentos más difíciles y agotadores. También a nosotros, si aceptamos convertirnos en discípulos hasta el final, se nos concede experimentar la liberación y la comunión fraterna como signo y sello de nuestro camino de seguimiento.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 16,13-19)
En aquel tiempo, al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas». Él les dijo: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Simón Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Jesús le dijo: «¡Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Jesús quiere interpelar personalmente a cada uno de los discípulos. Hay momentos en los que uno se da cuenta de que el conocimiento del Señor todavía no se ha convertido en un encuentro cara a cara con el Señor. Te das cuenta, es decir, de que la palabra todavía no está dentro de ti; es una palabra que amas, pero «todavía no has comido el rollo de la Palabra». Es un acercamiento más estético que arraigado; hay momentos en los que intuyes que es necesario dirigirse hacia regiones nuevas. «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», pregunta Jesús. «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», responde Pedro. Inmediatamente después sigue un encargo absolutamente prematuro en relación con la fiabilidad que Pedro puede mostrar de sí mismo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». El don de Jesús siempre precede nuestra capacidad de garantizarlo. El Señor siempre toma la iniciativa y nos ofrece confianza antes incluso de que seamos capaces de demostrarle que somos dignos de ella. Precisamente esto nos introduce en una continua acción de gracias. Esta gratuidad marca profundamente la vida del discípulo y lo ayuda a llevar mejor también su propia fragilidad. Como Pedro decimos: «Tú eres el Cristo», y como Pablo repetimos: «Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí».


