Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” marzo-abril de 2024
Triduo pascual – Viernes Santo «Pasión del Señor»
propia
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 52,13 – 53,12)
He aquí que mi siervo tendrá éxito, será honrado, exaltado y elevado grandemente. Como muchos se admiraron de él – pues su aspecto estaba tan desfigurado que no parecía de hombre, ni su forma era la de los hijos de los hombres –, así se asombrarán de él muchas naciones; los reyes cerrarán la boca ante él, porque verán algo que nunca les habían contado y comprenderán lo que jamás habían oído. ¿Quién habría creído nuestro anuncio? ¿A quién se había revelado el brazo del Señor? Creció en su presencia como un retoño y como una raíz en tierra árida. No tenía apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni esplendor para que lo apreciáramos. Despreciado y rechazado por los hombres, hombre de dolores que conoce bien el sufrimiento, como uno ante quien se oculta el rostro; era despreciado y no lo estimábamos. Sin embargo, él soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores; y nosotros lo considerábamos castigado, herido por Dios y humillado. Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, aplastado por nuestras iniquidades. El castigo que nos trae la salvación cayó sobre él, y por sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno seguía su propio camino; pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado, se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante sus esquiladores, no abría la boca. Con opresión y una sentencia injusta fue eliminado; ¿quién se afligirá por su descendencia? Sí, fue arrancado de la tierra de los vivientes, herido de muerte por la culpa de mi pueblo. Se le dio sepultura con los malvados y su tumba quedó junto a la de un rico, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. Pero al Señor le agradó aplastarlo con sufrimientos. Cuando ofrezca su vida como sacrificio de reparación, verá descendencia, vivirá por largo tiempo y por medio de él se cumplirá la voluntad del Señor. Después de su íntimo tormento verá la luz y se saciará de conocimiento; mi siervo justo justificará a muchos y cargará con sus iniquidades. Por eso le daré las multitudes como recompensa y con los poderosos repartirá el botín, porque se entregó a la muerte y fue contado entre los malhechores, mientras cargaba con el pecado de muchos e intercedía por los culpables. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El cuarto canto del “Siervo de Yahvé” es una impresionante descripción de Jesús de Nazaret en su Pasión. La frase central, decisiva, es: «por sus heridas fuimos sanados», hasta el punto de que san Pedro la retomará literalmente en su reflexión sobre el comportamiento cristiano (1 Pe 2,24). Esta frase relaciona la experiencia de Cristo, su Pasión, con las consecuencias que tiene para nosotros, pobres pecadores. ¿Qué relación hay, en efecto, entre los sufrimientos de un solo hombre, que sufre y muere en una cruz (no fue el único crucificado de la historia… en tiempos de los romanos los crucificados fueron miles) y la vida de todos los hombres de todos los tiempos? ¿Qué obtengo yo, que vivo dos mil años después, del hecho de que Jesús haya sufrido? Aquí es necesario dar un salto y entrar en el plan divino. Esa muerte me alcanza porque Jesús cargó con «el pecado de muchos» y rezó por los culpables. Al ser Dios, salvó en su carne herida (las llagas) a los hombres pecadores, presentando al Padre nuestra justificación. Lo que debemos hacer es entrar en esta sanación espiritual y no salir nunca más de ella.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 4,14-16;5,7-9)
Hermanos, puesto que tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firme la profesión de fe. No tenemos, en efecto, un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades: él mismo fue probado en todo como nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, pues, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia y encontrar gracia, y así ser ayudados en el momento oportuno. [Cristo, en efecto,] durante los días de su vida terrena, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes gritos y lágrimas, a Dios, que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su plena entrega a él. Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció y, llevado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Jesús ofreció oraciones y súplicas para ser salvado de la muerte y fue escuchado. Si murió igualmente, ¿cómo es posible decir que fue escuchado? Aquí se entiende la muerte del alma y del corazón, la que conocen los hombres cuando pecan y se rebelan, y que tuvo como consecuencia el antiguo castigo de la muerte corporal – «polvo eres y al polvo volverás» (Gn 3,19). Jesús obedeció al Padre, que anhelaba volver a tenernos a nosotros, sus criaturas, en la plena integridad de nuestro ser, hijos llenos de luz y de gracia, para amar y ser amados, y por esta obediencia de Cristo todo cambió. ¡Esta fue la verdadera revolución! No la de los pobres hombres que, llamados “revolucionarios”, no cambian nada y dejan el mundo tal como lo encuentran, si no peor. Jesús devolvió, con su clamor y su obediencia, a los hijos al Padre eterno, restableciendo entre ellos el contacto que se había perdido. ¿El medio? Sus heridas, su sufrimiento, su muerte en la cruz, que ha llevado definitivamente la luz a quienes quieren acogerla. Así, hoy, mientras contemplamos el drama de la Pasión, nos atrevemos también a cantar: «¡Oh cruz gloriosa!».
EVANGELIO DEL DÍA
C Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (Jn 18,1-19,42)
(Indicaciones para la lectura dialogada: ✠ = Jesús; C = Cronista; D = Discípulos y amigos; F = Multitud; A = Otros personajes).
Prendieron a Jesús y lo ataron
C En aquel tiempo, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entró con sus discípulos. También Judas, el traidor, conocía aquel lugar, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llegó allí después de tomar un destacamento de soldados y algunos guardias proporcionados por los sumos sacerdotes y los fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que iba a sucederle, se adelantó y les dijo: ✠ «¿A quién buscan?». C Ellos le respondieron: F«A Jesús, el Nazareno». C Jesús les dijo: ✠ «Soy yo». C También Judas, el traidor, estaba con ellos. Apenas les dijo «Soy yo», retrocedieron y cayeron al suelo. Les preguntó de nuevo: ✠ «¿A quién buscan?». C Ellos respondieron: F «A Jesús, el Nazareno». C Jesús replicó:✠ «Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que estos se vayan», C para que se cumpliera la palabra que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó, hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Jesús dijo entonces a Pedro: ✠ «Mete la espada en la vaina: ¿acaso no voy a beber el cáliz que me ha dado el Padre?».
Lo llevaron primero ante Anás
C Entonces los soldados, con el comandante y los guardias de los judíos, prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, pues era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era quien había aconsejado a los judíos: «Conviene que un solo hombre muera por el pueblo». Mientras tanto, Simón Pedro seguía a Jesús junto con otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el patio del sumo sacerdote. Pedro, en cambio, se quedó fuera, junto a la puerta. Entonces el otro discípulo, conocido del sumo sacerdote, salió, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. Y la joven portera dijo a Pedro: A «¿No eres tú también uno de los discípulos de este hombre?». C Él respondió: D «No lo soy». CMientras tanto, los criados y los guardias habían encendido un fuego, porque hacía frío, y se calentaban; también Pedro estaba con ellos y se calentaba. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió: ✠ «Yo he hablado abiertamente al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que han oído lo que les dije; ellos saben lo que he dicho». C Apenas dijo esto, uno de los guardias presentes dio una bofetada a Jesús, diciendo: A «¿Así respondes al sumo sacerdote?». C Jesús le respondió: ✠ «Si he hablado mal, demuéstrame dónde está el mal. Pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». C Entonces Anás lo envió, con las manos atadas, ante Caifás, el sumo sacerdote.
¿No eres tú también uno de sus discípulos? ¡No lo soy!
Mientras tanto, Simón Pedro estaba allí calentándose. Le dijeron: A «¿No eres tú también uno de sus discípulos?». C Él lo negó y dijo: D «No lo soy». C Pero uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, dijo: A «¿Acaso no te vi con él en el huerto?». C Pedro volvió a negarlo, y enseguida cantó un gallo.
Mi reino no es de este mundo
Después llevaron a Jesús desde la casa de Caifás al pretorio. Era de madrugada y ellos no quisieron entrar en el pretorio, para no contaminarse y poder comer la Pascua. Pilato salió hacia ellos y preguntó: A «¿Qué acusación presentan contra este hombre?». C Le respondieron: F «Si no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». C Pilato les dijo: A «Llévenselo ustedes y júzguenlo según su Ley». C Los judíos respondieron: F «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie». CAsí se cumplían las palabras que Jesús había dicho, indicando de qué muerte iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: A «¿Eres tú el rey de los judíos?». C Jesús respondió: ✠ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». C Pilato dijo: A «¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». C Jesús respondió: ✠ «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí». C Pilato le dijo: A «Entonces, ¿tú eres rey?». C Jesús respondió: ✠ «Tú lo dices: soy rey. Para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz». C Pilato le dice: A «¿Qué es la verdad?». C Y, dicho esto, salió de nuevo hacia los judíos y les dijo: A «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Hay entre ustedes la costumbre de que, con ocasión de la Pascua, ponga a uno en libertad. ¿Quieren, pues, que ponga en libertad al rey de los judíos?». C Entonces volvieron a gritar: F «¡A ese no, a Barrabás!». C Barrabás era un bandido.
¡Salve, rey de los judíos!
Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó azotarlo. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron encima un manto de púrpura. Luego se acercaban a él y decían: F «¡Salve, rey de los judíos!». C Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez y les dijo: A «Miren, se lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa». C Entonces salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Pilato les dijo: A «¡He aquí al hombre!». C Cuando lo vieron, los sumos sacerdotes y los guardias gritaron: F «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». C Pilato les dijo: A «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo; yo no encuentro ninguna culpa en él». C Los judíos respondieron: F «Nosotros tenemos una Ley y, según esa Ley, debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios». C Cuando Pilato oyó estas palabras, tuvo aún más miedo. Entró de nuevo en el pretorio y dijo a Jesús: A «¿De dónde eres tú?». C Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo: A «¿No me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». C Jesús le respondió: ✠ «No tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!
C Desde ese momento Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: F «Si sueltas a este, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey se opone al César». C Al oír estas palabras, Pilato hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbatá. Era la víspera de la Pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos: A «¡Aquí tienen a su rey!». C Pero ellos gritaron: F «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!». C Pilato les dijo: A «¿Voy a crucificar a su rey?».C Los sumos sacerdotes respondieron: F «No tenemos más rey que el César». C Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Lo crucificaron y con él a otros dos
Tomaron a Jesús y, cargando él mismo con la cruz, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz; decía: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad; estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron entonces a Pilato: F «No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”». C Pilato respondió: A «Lo que he escrito, lo he escrito».
Se repartieron mis vestidos
C Después de crucificar a Jesús, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Pero la túnica no tenía costuras, estaba tejida de una sola pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rasguemos, sino echemos a suerte quién se la queda». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis vestidos y echaron a suerte mi túnica». Y eso hicieron los soldados.
Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, madre de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: ✠ «Mujer, ahí tienes a tu hijo». C Luego dijo al discípulo: ✠ «Ahí tienes a tu madre». C Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: ✠ «Tengo sed». C Había allí un recipiente lleno de vinagre; sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, Jesús dijo: ✠ «Todo está cumplido». C E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
(Aquí se hace una genuflexión y una breve pausa)
Y enseguida brotó sangre y agua
Era el día de la Preparación y los judíos, para que los cuerpos no quedaran en la cruz durante el sábado – pues aquel sábado era solemne –, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas al primero y al otro que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y enseguida brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán ningún hueso». Y otro pasaje de la Escritura dice también: «Mirarán al que traspasaron».
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le permitiera tomar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Entonces fue y tomó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que anteriormente había ido a verlo de noche, acudió llevando unas treinta libras de una mezcla de mirra y áloe. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, junto con los aromas, según la costumbre judía de preparar la sepultura. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto y, en el huerto, un sepulcro nuevo, en el que todavía nadie había sido depositado. Como era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús. – Palabra del Señor. ℞. Alabanza a ti, oh Cristo.
Comentario al Evangelio del día
El Viernes Santo siempre se lee la Pasión según san Juan. En comparación con los relatos de los Evangelios sinópticos, en Juan emerge la grandeza del Señor Jesús, que vive el Sacrificio en su dimensión litúrgica y mística. Ante la proclamación del nombre divino («Soy yo») en Getsemaní, los soldados caen al suelo, y Jesús contrapone al inoportuno golpe de espada de Pedro el cáliz que debe beber. El Cordero se presenta ante Pilato y, con él, un hombre pagano, habla de realeza y de verdad, manifestando el significado de lo que está haciendo, puesto que el reino de Cristo «no es de este mundo». Luego está la subida al monte Calvario, en silencio, con la dignidad y majestuosidad del acto que vive, hasta las palabras finales con las que Jesús entrega la madre a los hijos y los hijos a la madre, con las que declara la sed de amor, y finalmente está la proclamación solemne y serena de que la misión se ha cumplido, de que el rescate ha sido pagado, de que la misericordia ha sido entregada al Padre y a los hombres que quieren recibirla. Hay algo grandioso en la tragedia de la Pasión de Cristo narrada por Juan, como si el apóstol nos ofreciera ya, mientras escribe, la interpretación teológica de la muerte sacrificial de Cristo.


