Textos tomados del Misal “Sobre tu Palabra” enero-febrero de 2022
4.º domingo del Tiempo Ordinario (C)
4.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Jeremías (Jer 1,4-5.17-19)
En los días del rey Josías, me fue dirigida esta palabra del Señor: «Antes de formarte en el vientre materno, te conocí; antes de que salieras a la luz, te consagré; te constituí profeta de las naciones. Tú, pues, cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te ordene; no les tengas miedo, de lo contrario seré yo quien te haga tener miedo ante ellos. Y mira, hoy te convierto en ciudad fortificada, en columna de hierro y en muralla de bronce contra todo el país, contra los reyes de Judá y sus jefes, contra sus sacerdotes y el pueblo del país. Te harán la guerra, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para salvarte». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Jeremías recibe del Señor una vocación excepcional: hablar en su nombre a todas las naciones. Al confiarle esta tarea, Dios también le asegura que le dará una fuerza comparable a la solidez de una muralla de bronce muy resistente. Jeremías podría exaltarse y considerarse un “superhombre” invencible, incapaz de conocer fracasos y derrotas. Pero la historia transcurre de otro modo: en efecto, cada vez que habla, sus interlocutores se rebelan contra él, a veces incluso con violencia, y el pobre Jeremías sufre todos los maltratos posibles. ¡Qué lejos de ser una muralla de bronce! Y, sin embargo, la palabra de Dios no miente. La fortaleza de Jeremías es su fe, su amor por el Señor y el amor de Dios por él. Jeremías es figura de Cristo: también en él la fortaleza de la verdad, que no se puede quebrantar, sufre el ataque del mundo del mal, pero su Palabra permaneció limpia, intacta, inmortal. Los Apóstoles podrán ser perseguidos, pero su testimonio es la Palabra definitiva sobre toda obra malvada: «Cristo reina, Cristo vence»; Jeremías prefigura esa victoria seis siglos antes de Jesús.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 12,31 – 13,13)
Hermanos, aspiren intensamente a los carismas más grandes. Y ahora les muestro un camino mucho más excelente. Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviera caridad, sería como un bronce que resuena o un címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y tuviera una fe capaz de trasladar montañas, pero no tuviera caridad, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo para gloriarme, pero no tuviera caridad, de nada me serviría. La caridad es magnánima, la caridad es benigna; no es envidiosa, no presume, no se engríe; no falta al respeto, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuenta del mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad no pasa nunca. Las profecías desaparecerán, el don de lenguas cesará y la ciencia se desvanecerá. Porque conocemos imperfectamente y profetizamos imperfectamente; pero, cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Cuando me hice hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco imperfectamente; entonces conoceré perfectamente, como soy conocido. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad. Pero la mayor de todas es la caridad. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Deberíamos leer este himno a la caridad todos los días, porque Dios es amor y los hijos de Dios están llamados a convertirse en amor en él. Pero atención: el simple amor humano de benevolencia no es la caridad; existe una diferencia abismal. La caridad es el corazón mismo de Dios, su sustancia, su ser. Este ser suyo se nos da y se nos comunica porque Jesús se entregó por nosotros y ahora tenemos las primicias del Espíritu Santo. El amor de Dios es, por tanto, don de sí mismo, amor que se entrega gratuitamente, que no busca su propio interés, que nunca piensa en sí mismo. Puedo, en efecto, dar todos mis bienes a los pobres, pero si lo hago para ser admirado por los hombres, no desarrollo en el mundo el fuego divino: de nada me sirve. Si, en cambio, hago todas estas cosas olvidándome de mí mismo, por el bien del otro, por la salvación del otro, entonces la caridad divina pasa de mi corazón al corazón del otro y lo enciende. Un fuego se enciende con otro fuego. Dios te enciende, te transforma con la caridad divina (que siempre exige la consumación y la muerte del hombre viejo) y tú amas a tu prójimo con el corazón de Dios.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 4,21-30)
En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes han escuchado». Todos le daban testimonio y estaban admirados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán este proverbio: “Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm, hazlo también aquí, en tu patria”». Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Es más, en verdad les digo: había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo se cerró durante tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en Sidón. Y había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue purificado, sino Naamán, el sirio». Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de indignación. Se levantaron y lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta el borde del monte sobre el que estaba construida su ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando en medio de ellos, siguió su camino. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Los habitantes de Nazaret, que habían conocido a Jesús de niño, no quieren rendirse ante la evidencia: por bueno y santo que sea, ese hombre no puede ser el Mesías, porque no satisface los criterios que ellos creen que debe manifestar. Esto ocurre siempre cuando, por orgullo, ponemos nuestra idea como criterio de verdad y juzgamos todo, incluso a Dios, según ese criterio. La ruptura es tan grave que los habitantes de Nazaret lo echan fuera de la ciudad, para eliminar físicamente a quien les habla con el único lenguaje verdadero de Dios. En esta página de Lucas, el enfrentamiento entre el orgullo y la humildad alcanza su punto culminante. Los nazarenos deberían haberse rendido ante la evidencia y reconocer humildemente que su Jesús habla con autoridad, expulsa demonios, resucita a los muertos y, anunciando la buena noticia del amor, se proclama el Mesías esperado. En cambio, con tal de no reconocerlo así, quieren matarlo. «En el Paraíso están todos los pecados excepto uno -escribía Moliniè-, la soberbia; en el Infierno están todas las virtudes excepto una, la humildad». Le hace eco un escritor estadounidense que tituló un libro suyo con estas palabras: «Usen la verdad como prejuicio».

