liturgia del giorno 7 aprile 2023

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Liturgia del día: 7 de abril de 2023

Cristo

Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» marzo-abril de 2023

Triduo pascual - Viernes Santo «Pasión del Señor»
propia


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías (Is 52,13 - 53,12)
He aquí que mi siervo tendrá éxito, será honrado, ensalzado y elevado grandemente. Como muchos se asombraron de él - pues su aspecto estaba tan desfigurado que no parecía de hombre, ni su forma era la de los hijos de los hombres -, así se admirarán de él muchas naciones; los reyes cerrarán la boca ante él, porque verán algo que nunca les habían contado y comprenderán lo que nunca habían oído. ¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como un brote, como raíz en tierra árida. No tenía apariencia ni belleza que atrajera nuestras miradas, ni esplendor que nos agradara. Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, familiarizado con el sufrimiento, como uno ante quien se vuelve el rostro; despreciado, y no lo estimamos. Sin embargo, él cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores; y nosotros lo considerábamos castigado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos trae la paz cayó sobre él; por sus llagas fuimos curados. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su propio camino; pero el Señor cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado, se dejó humillar y no abrió la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante sus esquiladores, no abrió la boca. Por opresión y por sentencia injusta fue arrebatado; ¿quién se preocupa por su descendencia? Fue eliminado de la tierra de los vivos, por la culpa de mi pueblo fue herido de muerte. Le dieron sepultura con los malvados y su tumba quedó entre los ricos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. Pero al Señor le agradó quebrantarlo con sufrimientos. Cuando entregue su vida como sacrificio de expiación, verá descendencia, prolongará sus días y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. Después de su íntimo sufrimiento verá la luz y se saciará de conocimiento; mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con sus iniquidades. Por eso le daré una multitud como herencia, y repartirá el botín con los poderosos, porque entregó su vida a la muerte y fue contado entre los malhechores, mientras cargaba con el pecado de muchos e intercedía por los culpables. - Palabra de Dios.

Comentario a la primera lectura

Además de los oráculos que introducen y concluyen el texto, quien nos habla del siervo sufriente es la comunidad de la que el profeta se hace portavoz, confesando la incomprensión total en la que se consumió el dolor del siervo, pero este calla. No atrae la atención por el esplendor de su aspecto ni por la luminosidad de su doctrina: «Conoce bien el sufrimiento». Silencioso en la humillación, en la opresión y en la condena a muerte, hasta una sepultura infame. Solo cuando se consuma su sacrificio de expiación, la comunidad - purificada por él - comprende el designio inconcebible de Dios. El castigo, como sufrimiento purificador, presupone una culpa; pero aquí, por primera vez, se muestra abiertamente algo diferente: el misterio del «sufrimiento vicario». El pecado es nuestro (nos reconocemos sin dificultad en el «nosotros» del texto), pero quien sufre para expiarlo no somos nosotros, sino el siervo inocente. Esta es la voluntad de Dios que se cumple en el siervo. Es la justicia divina que recibe el nombre de «misericordia». Es la promesa de la luz y de la glorificación, después de las tinieblas y la humillación.


SEGUNDA LECTURA

De la carta a los Hebreos (Heb 4,14-16;5,7-9)
Hermanos, puesto que tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firme la profesión de fe. Pues no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia y encontrar la gracia que nos ayude en el momento oportuno. [Cristo, en efecto,] durante los días de su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes gritos y lágrimas, a Dios, que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. Y, aunque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer; y, llevado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. - Palabra de Dios.

Comentario a la segunda lectura

Este pasaje, de importancia central en la carta a los Hebreos, nos invita a considerar el valor infinito del sacrificio de Cristo, que realiza como gran sumo sacerdote, y que él mismo es, en cuanto verdadera víctima, pura y santa. La figura de Cristo emerge así en toda su majestad. Sin embargo, esto no lo aleja a una esfera inaccesible. Al contrario, precisamente porque compartió plenamente nuestras pruebas, sabe compadecerse de nuestra debilidad. Se hizo cercano a nosotros para que pudiéramos acercarnos con plena confianza al Padre. Dios de misericordia y de gracia, que nos concede la ayuda necesaria en toda tribulación, para que cada prueba se convierta en el lugar donde resplandece al máximo su sabia providencia. La adhesión sufrida de Cristo al designio del Padre obtiene así una respuesta que supera infinitamente nuestros horizontes: su obediencia filial, que lo llevó a entregarse a la muerte, lo convirtió en «causa de salvación eterna» para todos los que obedecen su palabra, convirtiéndose así en aquella descendencia innumerable prometida al siervo de YHWH: nueva prole de hijos de Dios, renacidos de la sangre de Cristo.


EVANGELIO DEL DÍA

Del Evangelio según san Juan (Jn 18,1 - 19,42)
(Indicaciones para la lectura dialogada: ✠ = Jesús; C = Cronista; D = Discípulos y amigos; F = Multitud; A = Otros personajes).

C Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan

Prendieron a Jesús y lo ataron

C En aquel tiempo, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entró con sus discípulos. También Judas, el traidor, conocía aquel lugar, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, entonces, tomó un destacamento de soldados y algunos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, y fue allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que iba a sucederle, se adelantó y les dijo: ✠ «¿A quién buscáis?». C Le respondieron: F«A Jesús, el Nazareno». C Jesús les dijo: ✠ «Yo soy». C También Judas, el traidor, estaba con ellos. Cuando les dijo «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó de nuevo: ✠ «¿A quién buscáis?». C Ellos dijeron: F «A Jesús, el Nazareno». C Jesús contestó:✠ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos», C para que se cumpliera lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó, golpeó al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Jesús dijo entonces a Pedro: ✠ «Mete la espada en la vaina: el cáliz que me ha dado el Padre, ¿no voy a beberlo?».

Lo llevaron primero ante Anás

C Entonces los soldados, con el comandante y los guardias de los judíos, prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, pues era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo». Mientras tanto, Simón Pedro seguía a Jesús junto con otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el patio del sumo sacerdote. Pedro, en cambio, se quedó fuera, junto a la puerta. El otro discípulo, conocido del sumo sacerdote, salió, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La joven portera dijo a Pedro: A «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?». C Él respondió: D «No lo soy». CMientras tanto, los criados y los guardias habían encendido un fuego, porque hacía frío, y se calentaban; también Pedro estaba con ellos, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió: ✠ «Yo he hablado abiertamente al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído; ellos saben lo que he dicho». C Apenas dijo esto, uno de los guardias presentes dio una bofetada a Jesús, diciendo: A «¿Así respondes al sumo sacerdote?». C Jesús le respondió: ✠ «Si he hablado mal, demuéstrame dónde está el mal. Pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». C Entonces Anás lo envió, con las manos atadas, a Caifás, el sumo sacerdote.

¿No eres tú también uno de sus discípulos? ¡No lo soy!

C Mientras tanto, Simón Pedro seguía allí calentándose. Le dijeron: A «¿No eres tú también uno de sus discípulos?». C Él lo negó y dijo: D «No lo soy». C Pero uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, dijo: A «¿No te he visto yo con él en el huerto?». C Pedro volvió a negarlo y enseguida cantó el gallo. 

Mi reino no es de este mundo

C Llevaron entonces a Jesús de la casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua. Pilato salió a donde estaban ellos y preguntó: A «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?». C Le respondieron: F «Si este no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». C Pilato les dijo: A «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra Ley». C Los judíos le respondieron: F «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie». C Así se cumplían las palabras que Jesús había dicho, indicando de qué muerte iba a morir. Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: A «¿Eres tú el rey de los judíos?». C Jesús respondió: ✠ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». C Pilato replicó: A «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». C Jesús respondió: ✠ «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí». C Pilato le dijo: A «Entonces, ¿tú eres rey?». C Jesús respondió: ✠ «Tú lo dices: soy rey. Para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». C Pilato le dice: A «¿Qué es la verdad?». C Dicho esto, salió de nuevo hacia los judíos y les dijo: A «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Tenéis la costumbre de que en Pascua os ponga a uno en libertad: ¿queréis que os ponga en libertad al rey de los judíos?». C Entonces volvieron a gritar: F «¡A ese no, a Barrabás!». C Barrabás era un bandido.

¡Salve, rey de los judíos!

C Entonces Pilato mandó que tomaran a Jesús y lo azotaran. Y los soldados, trenzando una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto de púrpura. Luego se acercaban a él y decían: F «¡Salve, rey de los judíos!». C Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez y les dijo: A «Mirad, os lo saco fuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa». C Entonces salió Jesús llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Pilato les dijo: A «¡He aquí el hombre!». C Cuando lo vieron, los sumos sacerdotes y los guardias gritaron: F «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». C Pilato les dijo: A «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él». C Los judíos le respondieron: F «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios». C Cuando Pilato oyó estas palabras, tuvo aún más miedo. Entró de nuevo en el pretorio y dijo a Jesús: A «¿De dónde eres tú?». C Pero Jesús no le dio respuesta. Pilato le dijo entonces: A «¿No me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». C Jesús le respondió: ✠ «No tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!

C Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo. Pero los judíos gritaban: F «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey se opone al César». C Al oír estas palabras, Pilato sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbatá. Era la víspera de Pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos: A «¡He aquí vuestro rey!». C Ellos gritaron: F «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!». C Pilato les dijo: A «¿A vuestro rey voy a crucificar?».C Respondieron los sumos sacerdotes: F «No tenemos más rey que el César». C Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

Lo crucificaron, y con él a otros dos

C Tomaron a Jesús y, cargando él mismo con la cruz, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio Jesús. Pilato escribió también un letrero y lo puso sobre la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Muchos judíos leyeron el letrero, porque el lugar donde crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron entonces a Pilato: F «No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Soy el rey de los judíos”». C Pilato respondió: A «Lo escrito, escrito está».

Se repartieron mis vestiduras

C Los soldados, una vez que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las repartieron en cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. La túnica era sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Entonces se dijeron: «No la rasguemos, sino echemos a suerte a ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis vestiduras y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.

Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

C Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, madre de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a la madre: ✠ «Mujer, ahí tienes a tu hijo». C Luego dijo al discípulo: ✠ «Ahí tienes a tu madre». C Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: ✠ «Tengo sed». C Había allí un recipiente lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, después de probar el vinagre, dijo: ✠ «Está cumplido». C E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

(Aquí se hace una genuflexión y se guarda una breve pausa)

Y enseguida salió sangre y agua

C Era el día de la Preparación y los judíos, para que los cuerpos no se quedaran en la cruz el sábado, pues aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran. Fueron los soldados y quebraron las piernas al primero y al otro que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y enseguida salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso». Y otro pasaje de la Escritura dice también: «Mirarán al que traspasaron».

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas

C Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato lo autorizó. Entonces él fue y se llevó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que anteriormente había ido a verlo de noche, llegó llevando unas treinta libras de una mezcla de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, según acostumbran a sepultar los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús. - Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio del día

Al contemplar hoy a Jesús en la cruz, nos vendría a la mente una expresión muy difundida en nuestra vida: «¡Pero quién te mandó hacerlo!». Este riesgo o aparente fracaso, en cambio, es el lugar donde encontramos a Jesús, crucificado también por nosotros. Él llena también esos rincones oscuros donde tantas veces pasamos gran parte de nuestra vida. Son los rincones sombríos de ciertas familias, de ciertas enfermedades, de ciertas historias, de ciertas circunstancias. Jesús ha establecido un cambio radical. Lo que antes parecía un fracaso, hoy, en este Viernes Santo, se ha convertido en el lugar de su presencia y, si se encuentra el valor de no escapar, de no abandonar el esfuerzo de aquel instante, de aquellas circunstancias, entonces se puede vencer, igual que Jesús, que venció a la muerte. Pero la victoria siempre pasa por la postración de la derrota. A veces, por miedo a perder, evitamos incluso vivir. Jesús nos enseña a tener el valor de perder, pero a su manera: con confianza, arriesgándonos en último extremo a abandonarnos en las manos de un Padre, aunque en ese momento lo percibamos lejano: podemos hacer como Jesús, que siente su ausencia, pero dice: «En tus manos, Padre, encomiendo mi Espíritu».


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