Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” noviembre-diciembre de 2021
Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María (s)
propia
PRIMERA LECTURA
Del libro del Génesis (Gn 3,9-15.20)
[Después de que el hombre hubo comido del fruto del árbol,] el Señor Dios lo llamó y le dijo: «¿Dónde estás?». Él respondió: «Oí tu voz en el jardín: tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí». Él le preguntó: «¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te había mandado no comer?». Él respondió: «La mujer que me diste como compañera me dio del árbol y comí». El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?». Ella respondió: «La serpiente me engañó y comí». Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita tú entre todo el ganado y entre todos los animales salvajes. Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya: ella te aplastará la cabeza y tú la acecharás en el talón». El hombre llamó a su mujer Eva, porque ella fue la madre de todos los vivientes. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El pecado de Adán y Eva es causa de ese desastre original que todos llevamos dentro, esa inclinación al mal y a la seducción que es causa de nuestros pecados actuales. Pero «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20), escribe san Pablo, y este acontecimiento se anuncia desde el principio: Dios dice a la serpiente que habrá una enemistad perpetua entre ella y la mujer, que le aplastará la cabeza. Así pues, Dios, creador y liberador, crea también una «enemistad». ¡Y menos mal! En virtud de esta promesa, sabemos que la batalla contra el demonio ya tiene un vencedor, mejor dicho, una vencedora. Satanás nunca tiene la última palabra, a menos que nosotros le permitamos tenerla. Y que sea vencido por una mujer es algo que no puede soportar, escribe san Luis María Grignion de Montfort. Es fácil entender quién es la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente: es la más bella, noble y elevada de todas las criaturas que jamás han venido al mundo: la Virgen María. En las imágenes a menudo la vemos con el pie sobre la cabeza de la serpiente; en cada tentación debemos mirar ese pie y estrecharnos junto a la Vencedora.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 1,3-6.11-12)
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. En él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e intachables ante él por el amor, predestinándonos a ser para él hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza del esplendor de su gracia, con la que nos ha favorecido en el Amado. En él también fuimos constituidos herederos, predestinados -según el designio de quien realiza todo conforme a su voluntad- a ser alabanza de su gloria nosotros, que ya antes habíamos esperado en Cristo. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Somos hijos de Dios y en Cristo el Padre nos bendice. Demasiado acostumbrados a recibir maldiciones de todos, nos quedamos maravillados cuando Dios se dirige a nosotros, pobres criaturas, haciéndonos llegar su bendición desde el cielo. La bendición es la vida divina, derramada sobre nosotros en virtud del sacrificio de Cristo y de nuestra fe acogedora. Creer en el amor de Dios es más difícil que amarlo. ¿Es posible que Dios me ame, pobre criatura llena de deficiencias y pecados? Debemos superar esta dimensión y remontarnos a los orígenes: fui creado para ser santo e inmaculado, porque el misterio del bien precede al del mal. Dios hace todo bien y también yo, creado por él, estoy “bien hecho” porque vengo de él. Esta verdad nos hace superar cualquier malestar y complejo: somos de Dios y Dios es nuestro Padre. No sentirse amado es la mayor desgracia que puede sucederle a un ser humano; leamos, pues, este pasaje de la carta a los Efesios, leámoslo y releámoslo lentamente, y sentiremos toda la belleza y certeza del amor de Dios por nosotros. Bendecidos por Dios, superaremos cualquier obstáculo.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,26-38)
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre de la casa de David, llamado José. La virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué significaba aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró de su presencia.- Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«No conozco varón» es la sorprendente respuesta de María al ángel. Y, sin embargo, José era su prometido y María lo conocía bien. Pero la Virgen no podía decir otra cosa, porque realmente no conocía a ningún hombre: solo conocía a Dios. Su virginidad era absoluta, constitutiva, pues había sido concebida inmaculada. María santísima, aunque vivía la vida ordinaria de las demás criaturas, no tenía otra referencia interior, para todo, que Dios, pues le pertenecía desde el primer instante. Ciertamente, amaba a su prójimo, conocía a las personas de Nazaret, pero no pertenecía a nadie porque era totalmente virgen, “lugar” de Dios y su nuevo Paraíso terrenal desde el comienzo de su existencia. Antes de ser la Madre de Dios, ella es la Virgen por excelencia. Todo en ella remite a Dios. Contemplamos ciertamente su privilegio único de ser la Madre de Dios, pero hoy adoramos el misterio insondable de su virginidad. María es la única criatura pensada y querida enteramente para Dios, alegría del Padre, morada del Hijo, llena del Espíritu Santo.

