Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” noviembre-diciembre de 2022
Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María (solemnidad)
propio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Génesis (Gn 3,9-15.20)
[Después de que el hombre hubo comido del fruto del árbol,] el Señor Dios lo llamó y le dijo: «¿Dónde estás?». Él respondió: «Oí tu voz en el jardín: tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí». Él respondió: «¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te ordené no comer?». El hombre respondió: «La mujer que me diste como compañera me dio del árbol y yo comí». El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?». La mujer respondió: «La serpiente me engañó y comí». Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita tú entre todo el ganado y entre todos los animales salvajes. Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia: esta te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón». El hombre llamó a su mujer Eva, porque ella fue la madre de todos los vivientes. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Siempre me deja sin aliento esta pregunta que Dios hace al hombre: «¿Dónde estás?». Es la primera pregunta que encontramos en la Biblia. Hasta ese momento solo había habido monólogos; ahora comienza una relación dialogada. «¿Dónde estás?» tiene toda la fuerza y el poder de hacerte volver a ti mismo, comprender en qué lugar del mundo has anclado tu vida y explicitar tu posición. La vida necesita un lugar para poder desplegarse y desarrollarse en todas sus potencialidades. Hasta ese momento, ese lugar era la perfecta comunión con el Padre. En el jardín del Edén, Dios y el hombre paseaban juntos. De repente, un intruso pone en el corazón del hombre una duda, no tanto sobre la bondad o maldad del fruto del árbol del que Dios había prohibido comer, sino sobre la bondad de Dios mismo. El diablo presenta a un Dios que no es el verdadero, un Dios que impone prohibiciones sobre todo, y el hombre cae en esta terrible trampa. «¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?» (Lc 24,38b), preguntará Jesús una vez resucitado. «¿Dónde estás?», me pregunta hoy a mí y a ti el Señor.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 1,3-6.11-12)
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en él antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e inmaculados ante él por el amor, predestinándonos a ser para él hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos ha agraciado en el Amado. En él también hemos sido hechos herederos, predestinados -según el designio de quien todo lo realiza conforme a su voluntad- a ser alabanza de su gloria nosotros, los que ya antes esperábamos en Cristo. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
No somos fruto del azar, ni siquiera solo de la biología. No somos el resultado inevitable de una vida que comenzó antes que nosotros y continuará después de nosotros, a pesar de nosotros o gracias a nosotros. No. Cada uno de nosotros es la concreción del amor del Padre. Así como Jesús es la encarnación del Verbo que estaba junto a Dios y que era Dios mismo, también nosotros somos la encarnación del amor de Dios. Existimos porque desde siempre Dios nos ha pensado, amado y querido. Yo soy la carne del amor del Padre: si lográramos tener siempre presente esta gran verdad, ya no habría lugar, en nosotros ni en el mundo, para el odio, la maldad, la guerra ni el hambre. Estoy en el mundo para dar testimonio del amor. Lo comprendió muy bien santa Teresita de Lisieux, que escribía: «En el corazón de la Iglesia yo seré el amor». Una Iglesia que supera ampliamente los confines de la Iglesia. San Agustín, que había comprendido más que nosotros y había vivido más que nosotros la dimensión universal de la Iglesia, habla de una “Ecclesia ab Abel”, de una Iglesia que parte de Abel.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 1,26-38)
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre de la casa de David, llamado José. La virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué significaba aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará para siempre sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
¿Cuántas veces hemos escuchado este pasaje? Esta repetición constante en la liturgia puede provocar en nosotros cierta costumbre que, a veces, roza la indiferencia. Ya no esperamos nada de este relato; es como si nos hubiéramos inmunizado. Y, sin embargo, si es verdad que la palabra de Dios es siempre un feliz anuncio para mi vida, cada vez que se me regala no puede dejar de provocar en mí un movimiento del corazón. En el fondo, se me narra la irrupción del gran designio de Dios dentro de circunstancias absolutamente humanas, incluso banales. Un mensajero de Dios llega a una ciudad perdida de Galilea, una ciudad nunca mencionada antes en toda la Sagrada Escritura, y se dirige a una muchacha, Miryam precisamente, poniéndola al corriente del deseo del Padre. El Infinito, para entrar en el mundo, pide permiso a una persona débil, finita. Dios quiso necesitar de los hombres para hacernos comprender cuánto nos ama. Podría haberlo hecho todo solo y, sin embargo, se inclina hacia una de sus criaturas y pide dulcemente hospitalidad y disponibilidad. Jesús lo precisará mejor en el libro del Apocalipsis: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo» (3,20). ¿Quién de nosotros está dispuesto a abrir la puerta de su propia vida?

