Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» enero-febrero de 2022
María santísima Madre de Dios (s)
propio
PRIMERA LECTURA
Del libro de los Números (Nm 6,22-27)
El Señor habló a Moisés y le dijo: «Habla a Aarón y a sus hijos y diles: “Así bendeciréis a los israelitas: les diréis: El Señor te bendiga y te proteja. El Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor vuelva hacia ti su rostro y te conceda la paz”. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré». - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El año nuevo comienza, en la liturgia, con una bendición. ¡Qué mejor comienzo! La bendición recogida en el libro de los Números es la más famosa de todo el Antiguo Testamento, dictada por Dios a Moisés. En los años venideros, de generación en generación, los sacerdotes del templo usarán esta fórmula para bendecir al pueblo, en cada ocasión en que los israelitas subían al templo: para ofrecer a los primogénitos, para las liturgias penitenciales, para las bodas de los esposos y en las principales festividades. También Jesús, verdadero y único sumo sacerdote de la nueva alianza, ciertamente habrá usado esta fórmula para bendecir a sus apóstoles y a la gente que acudía a escucharlo. Esta es la bendición más poderosa que existe, porque salió de los labios de Dios. Pero la bendición exige una fe suprema en quien la recibe: para acoger «el nombre de Dios» dentro de mí, primero debo vaciar el alma de todo lo que no es Dios y oscurece su presencia. Entonces el santo nombre del Señor vendrá a mí, me envolverá y podré caminar incluso sobre los escorpiones, porque tal bendición no es simplemente humana, sino que desciende directamente del cielo.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (Gál 4,4-7)
Hermanos, cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción filial. Y que sois hijos lo demuestra el hecho de que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abbá! ¡Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, también eres heredero por gracia de Dios. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
En la carta a los Gálatas, el apóstol Pablo se lanza a explicar teológicamente la relación entre la Ley y la Gracia, explica la función de los antiguos mandamientos y qué significa ser libres en Cristo. Cosas a veces difíciles de entender... Pero he aquí que, en medio de la carta, el apóstol nos sorprende con esta afirmación sobre Cristo: «Nacido de mujer». Parece algo sin importancia, pero en realidad es absolutamente central. Él, en efecto, es plenamente Hijo de Dios, viene del cielo y por eso su sacrificio nos salva, pero al mismo tiempo nació de una mujer, como todos nosotros, que nacimos de una madre. Dios recibe la carne y la sangre de una madre y, en virtud de este sencillo hecho, la Virgen María puede decirle a su Dios: «¡Hijo mío!». Lo que el Padre dice al Hijo, en la eternidad, una mujer lo repite hoy, en el tiempo, al niño que tiene en brazos: «¡Hijo mío!». Pero lo más asombroso es que Dios diga a una criatura la palabra que expresa la relación más íntima que existe en la tierra: «¡Mamá, madre mía!». Ante este diálogo no podemos sino caer de rodillas en adoración.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 2,16-21)
En aquel tiempo, [los pastores] fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho acerca de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarlo, le pusieron el nombre de Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción en el seno materno. - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Los pastores son los protagonistas más hermosos del tiempo navideño. Los ángeles les anuncian que por fin ha llegado el Mesías y les indican la señal indudable para reconocerlo: un niño recién nacido. ¿Qué señal más pobre, más «normal»? ¿Qué puede tener de extraordinario un niño de pocas horas de vida? Y, sin embargo, los pastores no se plantean ningún problema: corren de inmediato, porque los ángeles de Dios no pueden mentir. Llegan, ven, se arrodillan y adoran. Ningún milagro aparece ante sus ojos, sino un pequeño niño en brazos de su madre. Esta es la fe: creer que Jesús es el Mesías, el enviado, que es Dios, aun sin milagros, porque la «señal» está allí delante de sus ojos, y es su humanidad. Todo Dios está en ese niño, porque en él habita toda la plenitud de la divinidad. ¿Puedes creerlo? Y, sin embargo, todo está allí. Años después, ante la pregunta de los judíos: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?», Jesús responderá: «Esta es la obra de Dios: que creáis en aquel a quien él ha enviado» (Jn 6,29). De este modo, también nosotros, como los pastores, podemos volver a nuestras cosas glorificando y alabando a Dios porque reconocemos el Bien inmenso en esa señal: todo Dios en Jesús.

