«No durmamos, pues, como los demás, sino vigilemos y seamos sobrios». El cristiano posee una característica propia que lo distingue de todos los demás seres humanos: tiene un motivo para permanecer despierto, para estar en vela. Incluso cuando descansa, su corazón no se duerme ni cede al mal.
33.er domingo del Tiempo Ordinario (A)
1.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro de los Proverbios (Prov 31,10-13.19-20.30-31)
¿Quién podrá encontrar una mujer fuerte? Su valor supera con mucho al de las perlas. En ella confía el corazón de su marido y no le faltará ganancia. Le proporciona felicidad y no disgusto todos los días de su vida. Busca lana y lino y los trabaja gustosamente con sus manos. Tiende su mano al huso y sus dedos sostienen la rueca. Abre sus manos al necesitado y tiende su mano al pobre. Engañoso es el encanto y fugaz la belleza, pero la mujer que teme a Dios es digna de alabanza. Dadle las gracias por el fruto de sus manos y que sus obras la alaben en las puertas de la ciudad. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
En algunas homilías o en supuestas explicaciones teológicas, se suele decir que la Biblia sería un manifiesto machista. Es cierto que la cultura judía, también en tiempos de Jesús, relegaba a la mujer a un segundo plano. Sin embargo, incluso limitándonos a recorrer los textos de los Evangelios, encontramos a un Jesús que se acerca a las mujeres, las cura tocándoles la mano, entabla un diálogo, entabla amistades también con mujeres y perdona incluso a algunas pecadoras. La página del libro de los Proverbios que se nos propone para este domingo es uno de los elogios más elevados y extraordinarios que probablemente puedan encontrarse en la literatura mundial: la mujer que honra al Señor es verdaderamente digna de alabanza. Mientras los hombres del Evangelio son muy frágiles al custodiar y poner a fruto las monedas que se les han confiado, la verdadera mujer es mucho más: ella es la verdadera perla preciosa. «Dadles las gracias por el fruto de sus manos y que sus obras la alaben en las puertas de la ciudad». El agradecimiento y la alabanza pública (esto significa «en las puertas de la ciudad», donde se reunía la gente). ¿Somos capaces de hacerlo?
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (1 Tes 5,1-6)
En lo referente a los tiempos y momentos, hermanos, no necesitáis que os escriba, porque sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Y cuando la gente diga: «¡Paz y seguridad!», entonces, de repente, la ruina caerá sobre ellos, como los dolores de parto sobre una mujer embarazada; y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de modo que aquel día pueda sorprenderos como un ladrón. Porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas. No durmamos, pues, como los demás, sino vigilemos y seamos sobrios. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«No durmamos, pues, como los demás, sino vigilemos y seamos sobrios». El cristiano posee una característica propia que lo distingue de todos los demás seres humanos: tiene un motivo para permanecer despierto, para estar en vela. Incluso cuando descansa, su corazón no se duerme ni cede al mal. Solo quien no ha encontrado al Dios verdadero de Jesucristo puede definirlo como un ladrón que acecha y entra en casa de repente, en plena noche, para robar. Los dolores de parto son una imagen más adecuada: la madre sabe que debe dar a luz, espera con ansiedad, pero también con profundísima curiosidad y alegría, el momento del parto, por doloroso que sea (y, especialmente en aquellos tiempos, incierto y peligroso). El niño, a su vez, está a punto de nacer a la luz y a la vida familiar en el sentido más amplio y comunitario. ¿Existe acaso una comparación más fuerte, delicada y pertinente para representar lo que será el paso a la vida eterna, el nacimiento al cielo? También allí hay dolor y fatiga, abandono de seguridades, pero -al final- una luz que nace de lo alto. El verdadero Señor no es un ladrón, sino una madre.
EVANGELIO DEL DÍA
Del evangelio según san Mateo (Mt 25,14-30)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «Sucederá como a un hombre que, al emprender un viaje, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, según las capacidades de cada cual; luego se marchó. Inmediatamente, el que había recibido cinco talentos fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio, el que había recibido un solo talento fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, volvió el señor de aquellos siervos y quiso ajustar cuentas con ellos. Se presentó el que había recibido cinco talentos y llevó otros cinco, diciendo: “Señor, me entregaste cinco talentos; mira, he ganado otros cinco”. “Bien, siervo bueno y fiel -le dijo su señor-, has sido fiel en lo poco, te daré poder sobre mucho; entra en la alegría de tu señor”. Se presentó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, me entregaste dos talentos; mira, he ganado otros dos”. “Bien, siervo bueno y fiel -le dijo su señor-, has sido fiel en lo poco, te daré poder sobre mucho; entra en la alegría de tu señor”. Finalmente, se presentó también el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, sé que eres un hombre duro, que siegas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra: aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Siervo malvado y perezoso, sabías que siego donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido; debías haber entregado mi dinero a los banqueros y, al volver, habría retirado lo mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra; pero al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí habrá llanto y rechinar de dientes”». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Este pasaje suscita muchas preguntas precipitadas: ¿Por qué una distribución desigual de los talentos? ¿Cómo es posible que haya capacidades tan diferentes entre los siervos? ¿Cuál es su culpa si han recibido no solo un número diferente de talentos, sino incluso una cantidad acorde con sus aptitudes para los negocios? Continuando: se dice que «quiso ajustar cuentas con ellos». ¿No nos parece quizá semejante esta escena a la muerte, al juicio personal y final mediante el cual seremos examinados una vez que lleguemos al cielo? Como si Dios, ya desde hoy, dijera lo mismo que dice el padre frente al adolescente rebelde: «Diviértete, diviértete ahora, ¡que después ajustaremos cuentas!». No es así. El problema está precisamente en una imagen equivocada de Dios, como si -detrás de un velo de generosidad- fuera en realidad el padre autoritario más vengativo de todos. El verdadero problema de quien escondió el talento (ya una cantidad enorme) que se le había confiado es la motivación de su conducta: cree en un Dios falso. Ya no es el Dios verdadero, Padre de Jesucristo, sino un ídolo esculpido por manos humanas. Sería, por tanto, un personaje duro, injusto en la distribución y la retribución de los talentos. Quizá sea difícil y doloroso, pero hay que arrojar lejos precisamente a este ídolo, para ser, por fin, hijos libres.

