Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» mayo-junio de 2022
3.er domingo de Pascua (C)
3.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 5, 27b-32.40b-41)
En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles diciendo: «¿No os habíamos prohibido expresamente enseñar en este nombre? Y, sin embargo, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre». Pedro y los apóstoles respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. Dios lo exaltó a su derecha como jefe y salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que le obedecen». Los hicieron azotar [a los apóstoles] y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Luego los dejaron en libertad. Ellos salieron del Sanedrín contentos de haber merecido tal ultraje por el nombre de Jesús. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Los jefes del sanedrín hacen todo lo posible por sofocar la verdad, porque no comprenden cuál es el verdadero significado de la presencia y la misión de Jesús en medio de su pueblo. Pedro, que ya ha asumido el papel de responsable de la nueva comunidad, lo explica bien: Jesucristo ha venido para la conversión de Israel y para el perdón de sus pecados. Esto significa que Jesús ha venido a liberar de otro tipo de enemigo, mucho peor que los romanos: el pecado. Israel, que se siente el pueblo elegido y escogido por Dios, necesita aún más la gracia de la conversión, aunque parece que sus jefes todavía no han comprendido todo esto. Si Dios entra en tu vida, es ante todo para liberarte de una forma terrible de esclavitud, que es la del pecado. Por este motivo, busca sobre todo y ante todo la conversión, y todo lo demás se te dará por añadidura. Pedro y los demás apóstoles muestran un gran valor, porque poseen una buena noticia que anunciar, un mensaje de vida que comunicar: trabajan para anunciar la salvación, creen en Jesús y están dispuestos a sufrir y dar la vida por él. Que también a nosotros el Señor nos conceda ese mismo valor.
SEGUNDA LECTURA
Del libro del Apocalipsis de san Juan apóstol (Ap 5,11-14)
Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos. Eran miríadas de miríadas y miles de miles
y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza». Y escuché a todas las criaturas del cielo y de la tierra, bajo la tierra y en el mar, y a todos los seres que hay en ellos, que decían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos». Y los cuatro seres vivientes decían: «Amén». Y los ancianos se postraron y adoraron.
Comentario a la segunda lectura
Juan describe, en una de sus visiones, la liturgia celestial con la adoración del Cordero, a quien los cuatro ancianos y los seres celestiales elevan un himno de alabanza. A este canto nuevo se unen todas las criaturas de la tierra. El Cordero es el centro; representa a Cristo que, sentado en el trono, atrae hacia sí a todas las criaturas, para las cuales vivir significa alabar, permanecer en su presencia, contemplar su gloria, ver sus llagas también en su cuerpo resucitado y mantener la mirada fija en él. Hoy la liturgia nos invita a hacer nuestra la única prioridad de la liturgia del cielo: adorar a Jesús crucificado y resucitado. También nosotros, que vivimos en esta tierra marcada por los sufrimientos, debemos aprender a mantener la mirada fija en el cielo, donde el Señor nos espera para sentarnos a la mesa de su reino. Cada vez que celebramos la Eucaristía y la adoramos, podemos vivir la actitud de agradecimiento de los espíritus celestiales, haciendo así de nuestra vida una ofrenda continua a Dios. Detengámonos en adoración ante el Santísimo Sacramento para reconocer el primado de Cristo en nuestra vida.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 21,1-19)
En aquel tiempo, Jesús se manifestó de nuevo a los discípulos junto al mar de Tiberíades. Y se manifestó así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado Dídimo, Natanael de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Me voy a pescar». Ellos contestaron: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; pero aquella noche no cogieron nada. Ya amanecía, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron y no podían sacarla por la cantidad de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro se ciñó la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, vieron unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dijo: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dijo: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dijo: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Los cincuenta días durante los cuales celebramos la resurrección del Señor son el tiempo privilegiado en el que se nos concede experimentar su presencia en medio de nosotros. Estos relatos son muy importantes para nuestra fe: en efecto, nos revelan cómo se produce el encuentro del creyente, de ayer y de hoy, con el Señor resucitado, y nos dicen que lo que les sucedió a los apóstoles también puede sucedernos a nosotros. Naturalmente, las circunstancias concretas en las que el Resucitado se manifestó en el lago de Tiberíades no son las mismas con las que se manifiesta hoy a cada uno de nosotros. Cada uno habrá relacionado esta escena, en la que Jesús distribuye el pan y el pescado, con la Eucaristía. Y es precisamente así: cada uno de nosotros puede vivir la misma experiencia de comunión con el Señor precisamente a través de la Eucaristía, que es exactamente la presencia del Resucitado en medio de nosotros. En la Eucaristía podemos experimentar esta presencia real, aunque oculta: el Señor no solo se nos entrega en su Palabra, sino también en su cuerpo y en su sangre. El Resucitado permanece con nosotros: no importa que no lo veamos con los ojos de nuestro cuerpo. Pidámosle la luz de la fe para reconocer su presencia en nuestra vida.

