Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” septiembre-octubre de 2024
22.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
2.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Deuteronomio (Dt 4,1-2.6-8)
Moisés habló al pueblo diciendo: «Ahora, Israel, escucha las leyes y las normas que yo os enseño, para que las pongáis en práctica, a fin de que viváis y entréis en posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, está a punto de daros. No añadiréis nada a lo que yo os mando ni quitaréis nada de ello; sino que observaréis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que yo os prescribo. Los observaréis, pues, y los pondréis en práctica, porque esa será vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, al oír hablar de todas estas leyes, dirán: “Esta gran nación es el único pueblo sabio e inteligente”. En efecto, ¿qué gran nación tiene unos dioses tan cercanos a ella como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros siempre que lo invocamos? ¿Y qué gran nación tiene leyes y normas tan justas como toda esta legislación que yo os doy hoy?». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Dios pide que sus normas y sus leyes no sean modificadas, sino que se practiquen al pie de la letra. Él sabe que el hombre tiende a retocar las directrices, generalmente en su propio beneficio, por el simple hecho de que en él existe una inclinación al mal después del pecado original. De hecho, eso fue precisamente lo que hicieron los fariseos: añadieron, quitaron, interpretaron, pusieron objeciones, hasta que de la ley inicial solo quedó casi el recuerdo. Jesús vino no a abolir, sino a «quitar el polvo», a eliminar todos los sedimentos depositados por los hombres a lo largo de los siglos, para hacer resplandecer ese núcleo inicial de una ley que fue dictada no solo con amor, sino para el amor, porque Dios es Amor. Si ponemos en práctica las palabras que Dios nos dice, sentiremos brotar la vida dentro de nosotros, porque la palabra de Dios da vida; nos daremos cuenta de que todo se enciende en nuestro espíritu, porque Dios es luz, y la palabra del Señor se convertirá en la guía de todas nuestras decisiones, que estarán orientadas al bien, a la caridad y al amor. Nos llenaremos de fuerza y de acción.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol Santiago (St 1,17-18.21b-22.27)
Mis queridos hermanos, todo buen regalo y todo don perfecto vienen de lo alto y descienden del Padre, creador de la luz: en él no hay cambio ni sombra de variación. Por su voluntad nos engendró por medio de la palabra de la verdad, para que fuéramos como primicia de sus criaturas. Acoged con docilidad la Palabra que ha sido plantada en vosotros y puede llevaros a la salvación. Sed de los que ponen en práctica la Palabra, y no solo oyentes, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable ante Dios Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y no dejarse contaminar por el mundo. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Santiago no hace más que reafirmar el Deuteronomio. La palabra de Dios no se toca porque Dios es inmutable: Jesucristo es el mismo «ayer, hoy y siempre». La solidez de la palabra de Dios debe darnos un gran consuelo. Las filosofías y los sistemas ideados por los hombres siguen las modas y pasan; la doctrina enseñada por el Padre y reafirmada por el Hijo, en cambio, no pasa. Sobre esta roca firmísima plantamos nuestra tienda y resistimos cualquier tipo de inclemencia. Pero no basta con escuchar; hay que dejarse moldear y trabajar por esta voz divina, hasta llegar a ser nosotros mismos esa Palabra que actúa en el mundo según la fuerza de la caridad. El amor tiene esto de hermoso: se entrega sin considerar las consecuencias, porque el amor se alimenta de su propia fuerza. Así, el cristiano que vive en el mundo no se deja contaminar por la mundanidad, porque posee los anticuerpos: los sacramentos, la oración y la confianza inmensa en Dios creador y salvador.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 7,1-8.14-15.21-23)
En aquel tiempo, se reunieron alrededor de Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavar –pues los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado cuidadosamente las manos, aferrándose a la tradición de los antiguos, y al volver del mercado no comen sin haberse lavado, y observan muchas otras tradiciones, como el lavado de vasos, jarras, utensilios de cobre y camas–, aquellos fariseos y escribas le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los antiguos, sino que comen con manos impuras?». Él les respondió: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos”. Dejando de lado el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Llamando de nuevo a la gente, les decía: «Escuchadme todos y entended bien. Nada que entre de fuera en el hombre puede hacerlo impuro; lo que sale de dentro del hombre es lo que lo hace impuro». Y decía [a sus discípulos]: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos propósitos: impurezas, robos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, engaño, desenfreno, envidia, calumnia, soberbia, necedad. Todas estas cosas malas salen de dentro y hacen impuro al hombre». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Sin acusar directamente a aquellos fariseos, el Señor les hace comprender qué hay en su corazón: impurezas, homicidios, adulterios y todas las demás cosas enumeradas. Si en lo más íntimo están presentes semejantes abominaciones, es inútil pensar que se puede conquistar a Dios lavándose las manos y los objetos de cobre. La nuestra es la religión del corazón, porque hemos recibido el Espíritu Santo, que derrama en nosotros las exigencias de Dios: la pureza, la transparencia, el resplandor de la caridad... qué importa eso de los platos y los utensilios. El cristiano, por tanto, trabaja sobre sí mismo porque «quien se eleva a sí mismo eleva al mundo», decía san Plácido, el primer discípulo de san Benito de Nursia. Cuando el interior haya sido purificado, entonces la ley divina fluirá de nuestros corazones y conquistará el mundo. El mundo no se convierte a Dios al ver que nosotros «nos lavamos las manos», sino si amamos a Jesús con intensidad y por él estamos dispuestos a hacer locuras, incluso a dar nuestra propia vida. San José Benito Labre era un mendigo, nunca se lavaba y buscaba comida en los contenedores de basura; sin embargo, su corazón desprendía extraordinariamente el perfume de la santidad de Cristo, y en su funeral toda Roma acudió a honrarlo.


