Liturgia della domenica - Messalino
Liturgia del domingo 10 de agosto de 2025
Tempo di lettura: 5 min
Autore: Editrice Shalom
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Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra», septiembre-octubre de 2025
19.º domingo del Tiempo Ordinario (C)ª – 3.ª sem. sal.
Primera lectura
Del libro de la Sabiduría (Sab 18,6-9)
La noche [de la liberación] fue anunciada de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, sabiendo bien en qué juramentos habían puesto su confianza. Tu pueblo esperaba la salvación de los justos y la ruina de los enemigos. Pues, del mismo modo que castigaste a los adversarios, nos glorificaste a nosotros, llamándonos a ti. Los hijos santos de los justos ofrecían sacrificios en secreto y se impusieron, de común acuerdo, esta ley divina: compartir del mismo modo éxitos y peligros, entonando de inmediato las alabanzas sagradas de los padres.
Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Dios es fiel a sus promesas y a sus juramentos. La demostración de este comportamiento se manifestó claramente en la noche de la liberación del pueblo de Israel de Egipto. Dios, por tanto, hace su parte y a nosotros nos corresponde hacer la nuestra. Tener fe significa, en muchas ocasiones, realizar un acto de valentía en el poder misericordioso de Dios, que se manifiesta de maneras y en momentos absolutamente impensables. ¿Quién ha dicho que tener fe significa buscar respuestas tranquilizadoras, que nos aturdan y nos mantengan tranquilos frente al sufrimiento? Confiar en Dios es señal de valentía, indica la capacidad de atreverse e incluso de ser audaces ante la evidencia, a menudo contraria, de las situaciones. Es precisamente ahí donde se ve quiénes son los verdaderos amigos de Dios.
Segunda lectura
De la carta a los Hebreos (Heb 11,1-2.8-19)
Hermanos, la fe es fundamento de lo que se espera y prueba de lo que no se ve. Por esta fe nuestros antepasados fueron aprobados por Dios. Por la fe, Abraham, llamado por Dios, obedeció partiendo hacia un lugar que debía recibir en herencia, y partió sin saber adónde iba. Por la fe, residió en la tierra prometida como en una región extranjera, habitando en tiendas, como también Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa. Pues esperaba la ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios mismo. Por la fe, también Sara, aunque fuera de la edad, recibió la posibilidad de ser madre, porque consideró digno de fe a aquel que se lo había prometido. Por eso, de un solo hombre, y además ya marcado por la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que se encuentra a la orilla del mar y no puede contarse. En la fe murieron todos ellos, sin haber obtenido los bienes prometidos, pero los vieron y los saludaron solo desde lejos, declarando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Quienes hablan así demuestran que están en busca de una patria. Si hubieran pensado en aquella de la que habían salido, habrían tenido la posibilidad de regresar a ella; pero ahora aspiran a una patria mejor, es decir, a la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ser llamado su Dios. Pues les ha preparado una ciudad. Por la fe, Abraham, puesto a prueba, ofreció a Isaac, y precisamente él, que había recibido las promesas, ofreció a su hijo único, del cual se había dicho: «Por medio de Isaac tendrás una descendencia». Pues pensaba que Dios es capaz de hacer resucitar incluso de entre los muertos: por eso lo recuperó también como símbolo.
Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La segunda lectura, tomada del capítulo 11 de la carta a los Hebreos, nos dice que la historia de Abraham y de su familia muestra concretamente qué significa confiar verdaderamente en Dios. ¿Cuántas veces, en nuestra vida, advertimos límites o situaciones que indican la imposibilidad de superar ciertos obstáculos? Y, sin embargo, Dios puede hacer aquello que a nosotros nos resulta imposible. Abraham comprendió enseguida esta verdad, y la convirtió en la luz que iluminaba sus pasos y sus decisiones. Por eso se convirtió en padre de una multitud de personas a lo largo de los siglos venideros. Comprendió que, si Dios tiene un plan de salvación para nosotros, nada ni nadie podrá obstaculizarlo. Creer en esto significa ya entrar en la perspectiva de Dios y ver lo que los demás no pueden ver. Se es grande, entonces, en la medida en que se cree en Dios y se da crédito a su palabra.
Evangelio
Del Evangelio según san Lucas (Lc 12,32-48)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. Vended lo que poseéis y dadlo en limosna; haceos bolsas que no envejecen, un tesoro seguro en los cielos, donde no llega el ladrón ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estad preparados, con las vestiduras ceñidas a la cintura y las lámparas encendidas; sed semejantes a quienes esperan a su señor cuando vuelve de las bodas, para que, cuando llegue y llame, le abran enseguida. Dichosos aquellos siervos a quienes el señor, al volver, encuentre todavía despiertos; en verdad os digo que se ceñirá las vestiduras a la cintura, los hará sentarse a la mesa y pasará a servirles. Y si, llegando en plena noche o antes del amanecer, los encuentra así, ¡dichosos ellos! Tratad de comprender esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora viene el ladrón, no dejaría que forzaran su casa. Vosotros también estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Entonces Pedro dijo: «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o también por todos?». El Señor respondió: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles la ración de alimento a su debido tiempo? Dichoso aquel siervo a quien el señor, al llegar, encuentre actuando así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel siervo dijera en su corazón: “Mi señor tarda en venir”, y comenzara a golpear a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a emborracharse, el señor de aquel siervo llegará un día en que no lo espera y a una hora que no sabe, lo castigará severamente y le infligirá la suerte que merecen los infieles. El siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no haya dispuesto o actuado conforme a su voluntad, recibirá muchos golpes; en cambio, el que, sin conocerla, haya hecho cosas merecedoras de golpes, recibirá pocos. A todo el que se le dio mucho, mucho se le exigirá; y al que se le confió mucho, se le pedirá mucho más».
Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
Es inútil esperar éxitos planetarios o multitudes inmensas de personas. Los discípulos de Jesús están destinados a ser, a lo largo de la historia, un pequeño rebaño. Pero pequeño no significa desprevenido. Esto significa que precisamente con ese reducido número de personas Cristo puede inflamar el mundo con su palabra y su amor, mediante la colaboración y el ejemplo de quienes forman parte de ese pequeño número de fieles. El premio del reino de los cielos es una imagen de la incuestionable voluntad de Dios, que concede su benevolencia según criterios que no logramos comprender. Por tanto, no debemos desanimarnos si el mensaje cristiano se pierde en la indiferencia o en el desprecio: Dios sabe cómo hacer que esa palabra toque el corazón de muchas personas y lleve luz a su existencia.
