Textos extraídos del Misal “Sobre Tu Palabra” septiembre-octubre de 2021
28.º domingo del Tiempo Ordinario (B)
4.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro de la Sabiduría (Sab 7,7-11)
Oré y se me concedió la prudencia, supliqué y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, consideré la riqueza como nada en su comparación, ni siquiera la comparé con una gema inestimable, porque todo el oro, frente a ella, es como un poco de arena, y la plata será estimada como barro ante ella. La amé más que la salud y la belleza, preferí tenerla a ella antes que la luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes; en sus manos hay una riqueza incalculable. Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El pasaje de la Sabiduría introduce bien la lectura del Evangelio de hoy. Cada uno de nosotros, en todas las etapas de la vida, está llamado a valorar las cosas y a elegir aquello por lo que merece la pena vivir. De lo que elijamos dependerá la calidad de nuestra vida; para tomar decisiones adecuadas necesitamos tener sabiduría. Este bien valiosísimo lleva al creyente a una actitud diferente ante la vida y a valorar las cosas y el mundo con esa sabiduría que viene de lo alto e ilumina todo, incluso las zonas más oscuras de nuestra vida y de nuestra historia. Es la sabiduría la que nos hace capaces de reconocer el valor de las cosas que importan y hacerlas nuestras, de elegir lo que verdaderamente vale y hace buena la vida. Por eso la sabiduría es un don que recibimos de lo alto y que debemos pedir con gran humildad, sabiendo que nuestra libertad es preciosa, pero también fácilmente influenciable. Quien se aferra a las riquezas materiales pierde la conciencia de que existe un mundo de riquezas “diferentes”. ¡Más importante que la belleza, la salud y la riqueza es el don de la sabiduría! A menudo lo olvidamos.
SEGUNDA LECTURA
De la carta a los Hebreos (Heb 4,12-13)
La palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que cualquier espada de doble filo; penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las articulaciones y la médula, y discierne los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay criatura que pueda ocultarse ante Dios, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
La segunda lectura nos indica un camino: el de la centralidad de la Palabra de Dios en nuestra vida. Jesús es la Palabra de Dios, el Verbo hecho carne. Es el Hijo de Dios que, al hacerse hombre, conoce bien todo lo que habita en nuestro corazón. Todos sabemos por experiencia lo difícil que es comprender nuestras intenciones y discernir nuestros sentimientos más profundos y genuinos. La Palabra es capaz de llegar a lo más profundo, como una espada que penetra en las partes más íntimas del ser humano. Está viva, es dinámica, poderosa, cortante… Leída, releída y escuchada de nuevo, siempre suena distinta y nueva, capaz de revelar significados inéditos en el tiempo y en las acciones de las personas que la acogen. Ponernos a la escucha de la Palabra, solos o durante la celebración, es la manera de abrir el corazón a Dios o, mejor dicho, de dejarnos tomar de la mano por Jesús y ser conducidos a conocer todo lo que se agita en nuestro corazón y a reconocer cada aspecto de nosotros mismos como un don que debemos poner en las manos de Dios. Nunca debemos temer, porque Jesús sabrá encontrar los tiempos adecuados y los mejores caminos para guiarnos. Siempre.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 10,17-30)
En aquel tiempo, mientras Jesús iba por el camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios. Ya conoces los mandamientos: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre”». Él le dijo: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús fijó en él la mirada y lo amó, y le dijo: «Una cosa te falta: ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme». Pero al oír estas palabras, él se entristeció y se marchó apenado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!». Los discípulos quedaron desconcertados ante sus palabras. Pero Jesús volvió a decirles: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios». Ellos se quedaron aún más sorprendidos y se decían unos a otros: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo». Pedro se puso a decirle: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús respondió: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba ya en este tiempo cien veces más: casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y campos, junto con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna». Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
El relato del encuentro de Jesús con «un hombre» cuya identidad Marcos no especifica, para que cada uno de nosotros pueda reconocerse en él, ha sido el punto de partida de muchísimas reflexiones dirigidas sobre todo a los jóvenes, porque este hombre presenta algunas características que lo acercan a la figura de un joven. Será porque corre hacia el Señor, porque se arroja a sus pies o, quizá aún más, por la insistente pregunta que le plantea a Jesús sobre la vida, sobre la profunda necesidad de encontrar un sentido a sus días. Pero, en este aspecto, la experiencia de la fe debería conservar en nosotros, por sí misma, un espíritu siempre joven. El Maestro, después de la primera pregunta sobre qué hacer para tener la vida eterna, responde con la propuesta mucho más comprometida de seguirlo, imitando su vida. Es una propuesta exigente y por eso Jesús hace preceder sus palabras de un gesto lleno de significado y de gracia: «Fijó en él la mirada y lo amó». Cada vez que el Señor pide que lo sigamos, no deja de concedernos la gracia necesaria. Seguir a Cristo no consiste en sacrificios, sino en dejarlo todo para tenerlo todo. El Evangelio pide renuncia, pero solo a aquello que es un lastre que impide volar.

