2.º domingo del tiempo de Pascua o de la Divina Misericordia
Octava de Pascua
propia
Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” marzo-abril de 2021
Hoy concluye la Octava de Pascua que estamos viviendo como un único día, un día que dura una semana para celebrar la Resurrección del Señor. En este domingo -desde la antigüedad denominado in albis, por el nombre latino alba, dado a la vestidura blanca que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua y se quitaban después de ocho días- celebramos también la Divina Misericordia. De hecho, fue san Juan Pablo II quien dedicó este mismo domingo a la Divina Misericordia, con motivo de la canonización de sor María Faustina Kowalska, el 30 de abril de 2000. El Evangelio armoniza bien con el tema de la misericordia. Juan nos cuenta la aparición de Jesús a los apóstoles el mismo día de la resurrección y ocho días después, mientras estaban en el cenáculo, todos temerosos y a la espera de nuevos signos. Tomás no puede conformarse con lo que refieren los demás: su dolor y su decepción por lo ocurrido han sido demasiado grandes. Sin embargo, la más bella y primera expresión de fe es la suya: «¡Señor mío y Dios mío!». Acerquémonos con confianza a la fuente de la misericordia para beber de ella la vida en abundancia
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,32-35)
La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba suyo lo que le pertenecía, sino que todo lo tenían en común. Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y todos gozaban de gran favor. Nadie entre ellos pasaba necesidad, pues los que poseían campos o casas los vendían, llevaban el importe de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según su necesidad.
Comentario a la primera lectura
«Tenía un solo corazón y una sola alma». Me gusta pensar que este era el ambiente que se respiraba y se vivía antes del pecado original. El pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos lleva precisamente a este paraíso terrenal donde solo existía la comunión y donde el otro era considerado decididamente más importante que uno mismo. Pero en la manera de pensar y vivir de hoy, la mayor insistencia se refiere a las cosas que se poseen, las propiedades, el tener... que demasiadas veces domina al ser y nos convierte en materialistas, adoradores únicamente del horizonte terrenal. Y este pasaje de los Hechos ofrece ejemplos muy concretos, ante los cuales difícilmente podemos refugiarnos en el «No lo he entendido bien...». Nadie se sentía dueño de lo que poseía, todo se ponía en común, más allá de la lógica: «¡Lo mío es mío y lo tuyo es mío»! El Evangelio nos introduce en un movimiento exactamente contrario: lo mío es tuyo y de todos los que están necesitados. “Perder” algo, aunque sea la vida, por el otro es el camino privilegiado para reencontrarlo todo centuplicado, ¡de lo contrario el Señor Jesús nos habría mentido!
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn 5,1-6)
Queridísimos: todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que engendró ama también al que ha sido engendrado por él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados. Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es Jesucristo, el que vino con agua y con sangre; no solo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
Comentario a la segunda lectura
«El Espíritu es la verdad». Es Jesús mismo quien se proclama: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», y como el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo son un solo Dios, entonces también del Espíritu se puede decir todo lo que es propio de Jesús. En nuestros días parece que la verdad es una mercancía rara: complots mafiosos, enriquecimientos deshonestos, cuando no manchados de sangre, connivencias entre acusados y defensores que juran decir “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” y, en realidad, son la mentira personificada... defendida por personas a las que parece importarles solo liberar al acusado a costa de la verdad misma. Demasiadas veces somos hábiles en la falsedad. Ya Moisés tenía problemas de este tipo después de la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto. El pueblo todavía era esclavo de la mentira, de la deshonestidad, de decir pero no hacer, del falso testimonio. El octavo mandamiento es clarísimo y no deja espacio ni para los si ni para los peros: no dar falso testimonio, no jurar en falso. El Espíritu Santo nos capacita para la transparencia, para la verdad “completa”, e incluso para el martirio con tal de vivir en la verdad.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 20,19-31)
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Comentario al Evangelio del día
«Si no veo, no creo». Si todos los que viven la frase pronunciada por el apóstol se llamaran Tomás, creo que tendríamos una multitud innumerable de personas que llevarían este nombre. Conozco a demasiadas personas que fundamentan su fe en el milagro, en el episodio extraño y sobrenatural, en la “Virgen” que aparece rodeada de halos tan misteriosos como sospechosos. Creo que la fe de muchos se basa en lo milagroso, a menudo en lo inusual; probablemente olvidamos que Jesús se deja tocar en el sentido literal de la palabra: «Tomad y comed... tomad y bebed. ¡Esto soy yo!». Bienaventurados los que gozan del don de reconocer a ese Jesús que se les da para tocarlo sensiblemente en la Eucaristía. No es un simple regalo -como por un cumpleaños o cualquier otro aniversario-, sino Jesús que entra físicamente en nosotros y se hace verdadero alimento para nuestro sustento espiritual. ¡Cuántos enfermos de anorexia espiritual encontramos en nuestras iglesias, cuántas personas que están presentes en la Misa pero no participan en ella acercándose al Cuerpo y la Sangre de Cristo! Este Cuerpo lo vemos y, por tanto, alimenta nuestra fe: ¡bienaventurados los que creen sin ver!

