Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2023
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (s) (A)
propia
PRIMERA LECTURA
Del libro del Deuteronomio (Dt 8,2-3.14b-16a)
Moisés habló al pueblo diciendo: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años en el desierto, para humillarte y ponerte a prueba, para saber lo que había en tu corazón, si observarías o no sus mandamientos. Él, por tanto, te humilló, te hizo sentir hambre y luego te alimentó con el maná, que tú no conocías y que tus padres tampoco habían conocido, para hacerte comprender que el hombre no vive solo de pan, sino que el hombre vive de cuanto sale de la boca del Señor. No olvides al Señor, tu Dios, que te hizo salir de la tierra de Egipto, de la condición servil; que te condujo por este desierto grande y terrible, lugar de serpientes venenosas y escorpiones, tierra sedienta, sin agua; que hizo brotar para ti agua de la roca durísima; que en el desierto te alimentó con un maná desconocido para tus padres». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
En este pasaje del Deuteronomio, Moisés recuerda dos veces a sus oyentes el milagro del maná en el desierto. Nadie puede vivir en un lugar grande y terrible, poblado de serpientes y escorpiones, donde no hay posibilidad de procurarse alimento ni agua. El maná es esencial para que el pueblo pueda vivir y llegar después a la Tierra prometida. El maná es un símbolo perfecto para introducir el concepto de la Eucaristía: viene del cielo como don impensable y gratuito de Dios, alimenta el cuerpo físico y permite llegar a la meta final. Sin maná, se muere. Traslademos esto al plano cristiano y espiritual: el Pan de vida, es decir, el Cuerpo de Cristo, también llega del cielo, alimenta no el cuerpo, sino el alma, sostiene y fortalece el alma para que el hombre pueda vencer las pasiones, obrar el bien y llegar al Paraíso. Sí, porque también el alma tiene hambre y debe ser alimentada: sin su «verdadero alimento» languidece y muere. «Sin el domingo no podemos vivir», dijeron los mártires de Abitene en tiempos de las persecuciones romanas. Y ellos, para afirmar esta verdad, estuvieron dispuestos a morir.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1Cor 10,16-17)
Hermanos, el cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el cuerpo de Cristo? Puesto que hay un solo pan, nosotros, aunque somos muchos, somos un solo cuerpo: todos, en efecto, participamos del único pan. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
El principio de la unidad entre nosotros, los cristianos, no puede ser la simpatía recíproca ni simplemente creer en las mismas cosas, sino que es mucho más profundo: comer todos el mismo Cuerpo de Cristo. Una vez injertados en Cristo resucitado, somos con él un solo cuerpo y también un solo cuerpo con todos los demás que se han alimentado del mismo Alimento. Cuando recibimos la santa Comunión, deberíamos sentir un gran amor hacia quienes han asistido a misa con nosotros o que, en cualquier caso, se alimentan del Cuerpo de Cristo. Esta fuerza de amor no sigue criterios humanos, sino que nos la da el Señor desde lo alto, porque su Cuerpo está completamente atravesado por el amor del Padre. Si no sentimos esto, no nos desanimemos, sino que procuremos ante todo hacer nuestra esta verdad, creer que somos uno con el cuerpo que es la Iglesia. No juzguemos, no condenemos, sino que amemos. Ante la provocación de un protestante, que escribió a Erasmo de Rotterdam preguntándole por qué continuaba permaneciendo en la Iglesia católica, él respondió: «Yo soporto a la Iglesia, porque la Iglesia me soporta a mí».
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 6,51-58)
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá eternamente y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Entonces los judíos se pusieron a discutir acaloradamente entre ellos: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que tiene la vida, me envió y yo vivo por el Padre, así también quien me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no es como el que comieron los padres y murieron. Quien come este pan vivirá eternamente». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Un protestante del pasado reciente confesó que había regresado a la Iglesia católica porque quedó fulminado por la frase contenida en el Evangelio de hoy: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Pensaba que el Cuerpo y la Sangre de Cristo de la misa católica eran meros símbolos, es decir, que el pan era solamente pan y el vino seguía siendo vino normal incluso después de la consagración. Sin embargo, estas palabras lo atormentaban: si Jesús dijo que su cuerpo es verdadera comida, ¿cómo pudo engañar a sus discípulos si, en realidad, todo es solo un símbolo? Y si el cuerpo es verdadera comida, entonces hay que creer que sin este alimento no se puede crecer ni vivir espiritualmente. Aquel hombre se convirtió después en un gran devoto de la Eucaristía y, hasta su muerte, asistió a misa todos los días, porque había comprendido que el verdadero alimento no es el material, sino el que nutre el alma. Hay además otro significado en la Eucaristía: «Quien me come vivirá por mí». No nos alimentamos del Señor para seguir siendo lo que somos, sino para ser transformados en él, entrar en el mundo nuevo del Espíritu, vivir la vida divina, la transfiguración de los instintos y la fuerza del amor. Todo esto es el “Corpus Domini”.


