Textos tomados del Misalito «Sobre tu Palabra» septiembre-octubre de 2022
24.º domingo del tiempo ordinario (C)
4.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del Éxodo (Éx 32,7-11.13-14)
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja, porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, se ha pervertido. No han tardado en apartarse del camino que yo les había señalado. Se han fabricado un becerro de metal fundido, luego se han postrado ante él, le han ofrecido sacrificios y han dicho: “Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de la tierra de Egipto”». El Señor añadió a Moisés: «He observado a este pueblo: es un pueblo de dura cerviz. Ahora deja que mi ira se encienda contra ellos y los devore. De ti, en cambio, haré un gran pueblo». Moisés entonces suplicó al Señor, su Dios, y dijo: «¿Por qué, Señor, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto con gran fuerza y mano poderosa? Acuérdate de Abrahán, de Isaac y de Israel, tus siervos, a quienes juraste por ti mismo y dijiste: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de la que he hablado se la daré a vuestra descendencia, y la poseerán para siempre”». El Señor se arrepintió del mal que había amenazado hacer a su pueblo. - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El pueblo de Israel peca de manera verdaderamente grave, imitando a los ídolos de los pueblos vecinos, que eran adorados en forma de estatuas o figuras compuestas de materiales preciosos. Israel todavía no acepta ser amado de un modo completamente especial por parte del Dios omnipotente. Por tanto, se enciende la ira de Dios, pero un hombre (ciertamente figura e imagen de Jesucristo) intercede por el pueblo. Moisés no justifica a Israel ni intenta minimizar su pecado, sino que apela a Dios mismo, pidiéndole que sea fiel a su amor y a sus promesas. El poder de la oración de intercesión hace surgir la misericordia de Dios, su bondad y su ternura entrañable. Nuestra salvación no depende de nuestros méritos, de nuestras fuerzas ni de nuestra capacidad para realizar acciones virtuosas, sino de la fidelidad de Dios, de su amor infinito y gratuito por cada uno de nosotros. Con la antífona del Salmo responsorial (Sal 51), que -como siempre- orienta la comprensión de toda la liturgia dominical, ponemos nuestra confianza en Dios: «Acuérdate de mí, Señor, por tu amor».
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1 Tim 1,12-17)
Hijo mío, doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo fuerte, porque me consideró digno de confianza al ponerme a su servicio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero se compadeció de mí, porque actuaba por ignorancia, lejos de la fe, y así la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús. Esta palabra es digna de fe y de ser acogida por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Precisamente por eso se compadeció de mí: para que Cristo Jesús mostrara en mí, el primero, toda su paciencia, y yo sirviera de ejemplo a los que creerían en él para obtener la vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible y único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«Se compadeció de mí, porque actuaba por ignorancia, lejos de la fe, y así la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús». San Pablo, al referirse a su propia historia, hace concreta y profunda la palabra clave de este domingo: «Misericordia». Se presenta como el perdón de los pecados, la bondad hacia todos aquellos que, por mil motivos, no conocen a Dios, el don siempre sobreabundante de la gracia. Ciertamente, san Pablo era un hombre de carácter muy decidido: nos lo dicen sus cartas y nos hablan de ello los hechos. Él, de ardiente perseguidor, gracias a Dios se convierte en predicador del Evangelio y de Jesús, inflamado de fe y caridad. Esto nos lleva a meditar sobre la misericordia que conduce, con delicadeza y junto con nuestra libertad, a la conversión. La conversión a Dios no es debilidad de espíritu, miedo a un castigo ni falta de personalidad: todos estos son prejuicios del mundo contemporáneo, que especialmente en algunas regiones del mundo parece haber olvidado a Dios. Aceptar la misericordia es la verdadera fuerza que salva.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Lucas (Lc 15,1-32)
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el desierto y va en busca de la perdida hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, lleno de alegría, y al llegar a casa reúne a sus amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido”. Les digo que así también habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, más que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿qué mujer, si tiene diez monedas y pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había perdido”. Les digo que del mismo modo hay alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte». Y añadió: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y él les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano y allí derrochó su herencia viviendo disolutamente. Cuando lo había gastado todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y empezó él a pasar necesidad. Entonces fue y se puso al servicio de uno de los habitantes de aquella región, que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y volvió a su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Saquen enseguida el mejor vestido y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado”. Y comenzaron a celebrar la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y las danzas; llamó a uno de los criados y le preguntó qué significaba aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”. Él se indignó y no quería entrar. Su padre salió a suplicarle. Pero él respondió a su padre: “Mira, tantos años llevo sirviéndote sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero ahora que ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con prostitutas, le matas el ternero cebado”. El padre le respondió: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; pero era necesario celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado”». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
El Evangelio de este domingo nos presenta tres parábolas con tres protagonistas: el Buen Pastor, la mujer que busca la moneda perdida y el Padre misericordioso. Es importante subrayar que Jesús pronuncia estas palabras, tan extraordinarias y que nos llenan de confianza en la misericordia de Dios, durante un banquete, mientras comparte la mesa con los pecadores. Esta situación provoca dos movimientos opuestos hacia Jesús: uno de alejamiento por parte de los escribas y los fariseos, que se consideran «justos» y, por tanto, los únicos dignos de la benevolencia de Dios. Y el otro de acercamiento por parte de todos los publicanos y pecadores, que por antonomasia son los alejados de Dios. Sin embargo, son precisamente estos últimos quienes se acercan solícitos a Jesús para escucharlo y comer con él. La fuerza desconcertante de estos acontecimientos queda confirmada por el hecho de que, sobre todo en el mundo judío, sentarse a comer con una persona significa establecer una comunión profundísima. Entonces me pregunto: ¿cuál es mi situación ante Dios? ¿Me siento justo o pecador? Los tres relatos nos invitan a cambiar de mentalidad, a entrar en el modo de ver de Dios, a tratar de comprender su manera de actuar y a entrar en comunión con él.

