Textos extraídos del Misal “Sobre tu Palabra” mayo-junio de 2024
Ascensión del Señor (s) (B)
propia
MISA DEL DÍA
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,1-11)
En mi primer relato, oh Teófilo, traté de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había elegido por medio del Espíritu Santo. Se les presentó vivo después de su pasión, con muchas pruebas, durante cuarenta días, apareciéndose a ellos y hablándoles de lo relacionado con el reino de Dios. Mientras estaba a la mesa con ellos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino que esperaran el cumplimiento de la promesa del Padre, «la que, les dijo, oyeron de mí: Juan bautizó con agua, pero ustedes, dentro de no muchos días, serán bautizados en el Espíritu Santo». Los que estaban con él le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino para Israel?». Pero él les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha reservado a su autoridad, sino que recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra». Dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue elevado y una nube lo ocultó a sus ojos. Ellos estaban mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando se les presentaron dos hombres vestidos de blanco y les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué están mirando al cielo? Este Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto irse al cielo». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Jesús es el Señor, pero continúa siendo el Maestro. Incluso ahora que ha resucitado, come con sus discípulos y los instruye sobre el reino de Dios, que no es otra cosa que la presencia de Cristo en medio de los suyos. Esta presencia será lo que, con el don del Espíritu Santo, los apóstoles serán enviados a anunciar. El libro de los Hechos subraya y recuerda desde el principio la presencia eficaz de Cristo en la vida de la Iglesia, que no cesa con la ascensión al cielo, sino que asume nuevos rasgos. Sin duda, la ascensión marca cierto alejamiento de Jesús y, sin embargo, inaugura una presencia nueva: si antes Jesús vivía con sus discípulos, ahora vive en ellos. Con la ascensión y la efusión del Espíritu Santo, Jesús se hace aún más íntimo y sus discípulos (la Iglesia) se convierten verdaderamente en testigos, se convierten en un “casi sacramento” de su presencia aquí abajo, en la tierra. Como nos enseña el Catecismo, «en cuanto sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. En sus manos es el instrumento de la redención de todos, el sacramento universal de la salvación».
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 4,1-13)
Hermanos, yo, prisionero por causa del Señor, los exhorto: vivan de una manera digna de la llamada que han recibido, con toda humildad, mansedumbre y magnanimidad, soportándose mutuamente con amor, esforzándose por conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo espíritu, así como una sola es la esperanza a la que han sido llamados, la de su vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está presente en todos. Sin embargo, a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso se dice: «Subió a lo alto, llevó consigo a los cautivos y repartió dones a los hombres». Pero ¿qué significa que subió, sino que antes había bajado aquí abajo, a la tierra? El que bajó es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para llenar todas las cosas. Y él concedió a unos ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, para preparar a los hermanos para el ministerio, con el fin de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, hasta alcanzar la medida de la plenitud de Cristo. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Pablo está encadenado por Jesús, aunque las verdaderas cadenas que lo mantienen unido son las del amor. El Apóstol vive encadenado al Señor por el vínculo del amor y de esta profunda comunión brota su exhortación, que no tiene nada de moralista. Nos recuerda la belleza y la grandeza de la llamada que hemos recibido y nos exhorta a comportarnos de manera digna de ella. La primera virtud necesaria es la humildad, propia del seguimiento de Cristo, que nos ayuda a superar la tentación de los orígenes, es decir, la soberbia, que siempre surge e impulsa al hombre a querer ser como Dios, pero sin Dios. Luego viene la mansedumbre, que nos conduce de nuevo a Jesús, manso y humilde de corazón. En tercer lugar, la magnanimidad. Según la Escritura, Dios es magnánimo; en efecto, no se cansa de concedernos su perdón, sabiendo que volveremos a caer. Todo está orientado a la unidad, porque si esta falta, también se desfigura el rostro de Dios. Ascendido al cielo, el Señor nos atrae hacia sí y distribuye generosamente sus dones, necesarios para que lleguemos al hombre perfecto.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 16,15-20)
En aquel tiempo, [Jesús se apareció a los Once] y les dijo: «Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea será condenado. Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y estos quedarán sanos». El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Entonces ellos partieron y predicaron por todas partes, mientras el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
La ascensión de Jesús al cielo es el segundo de los misterios gloriosos que contemplamos en la oración del Rosario: se refiere al desenlace de la vida terrena de Jesús. Desde ese momento se sienta a la derecha del Padre, como afirmamos en la profesión de fe, y es el Señor del cielo y de la tierra, el Principio y el Fin de la historia, el centro de la vida de cada hombre. Al subir al cielo, el Verbo de Dios hecho hombre no se desprende de nuestra humanidad, que asumió como si fuera un simple vestuario escénico, sino que la lleva consigo al seno del Padre. Precisamente así, Jesús lleva nuestra humanidad al cielo; por eso, en lugar de desesperarnos porque ya no se mostrará como lo hizo durante los cuarenta días posteriores a la Pascua, nos alegramos. La ascensión de Jesús nos concierne de cerca porque en este misterio resuena para todos nosotros un gran anuncio de esperanza: Dios ha preparado para nosotros una morada eterna en el cielo. En este día se nos hace una promesa de inmortalidad futura. Elevar la mirada al cielo no nos lleva a evadirnos de nuestro compromiso aquí abajo; al contrario, nos hace mantener los pies bien firmes en la tierra, pero con el corazón dirigido al Señor, seguros de que nuestra vida nunca más nos será arrebatada, sino transformada.

