Textos tomados del Misalito “Sobre tu Palabra” septiembre-octubre de 2021
24.º domingo del tiempo ordinario (B)
4.ª sem. del salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 50,5-9a)
El Señor Dios me abrió el oído y yo no opuse resistencia, no me eché atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me arrancaban la barba; no aparté mi rostro de los insultos y los escupitajos. El Señor Dios me ayuda, por eso no quedo avergonzado, por eso endurecí mi rostro como una piedra, sabiendo que no quedaré confundido. Está cerca quien me hace justicia: ¿quién se atreverá a enfrentarse conmigo? Comparezcamos. ¿Quién me acusa? Que se acerque a mí. He aquí que el Señor Dios me ayuda: ¿quién me declarará culpable? - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
En esta lectura se habla de cómo afrontar el sufrimiento: ofrecer la espalda a quienes golpean, dejarse arrancar la barba, soportar insultos y escupitajos; nos encontramos ante pruebas muy duras de sostener y tolerar. Qué difícil es escuchar, comprender pero no oponer resistencia, no echarse atrás, saber afrontar el sufrimiento sin quedar confundidos. Jesús afrontó todo esto, pero ¿logramos tener el valor de imitarlo? En lo que a mí respecta, el sufrimiento físico me asusta, tengo miedo de las ofensas, las provocaciones y las injusticias, y con gran dificultad no respondo. Sin duda, todavía no he madurado la conciencia de que Dios me ayuda, de que está constantemente cerca de mí y me hace justicia. En este texto, en cambio, el sufrimiento ha sido aceptado profunda y positivamente; se intuye lo que quiere el Señor; se resiste, se acepta todo y se cree en un amor más fuerte que el mal que nos rodea; se tiene conciencia de que el Señor intervendrá, impidiendo que la violencia nos tiente y nos aniquile. Nos encontramos ante una confianza inquebrantable que anuncia explícitamente: nada es más fuerte que Dios.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol Santiago (Sant 2,14-18)
¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: «Váyanse en paz, caliéntense y sacíense», pero no les dan lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe: si no va acompañada de obras, está muerta en sí misma. Al contrario, alguien podría decir: «Tú tienes fe y yo tengo obras; muéstrame tu fe sin las obras, y yo, con mis obras, te mostraré mi fe». - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Qué preciosa y actual es esta palabra de Santiago. Sucede también hoy, como ha ocurrido a lo largo de los siglos, que haya cristianos siempre presentes en los ritos de culto, capaces de anunciar el Evangelio, pero cerrados y ávidos de sus bienes y comodidades; cristianos que se sienten satisfechos por las prácticas religiosas que realizan. En cambio, el camino es el de la fidelidad cotidiana junto a los pobres, en el servicio fraterno, en la fe sencilla y pura, en la que por fe entendemos comunión de vida con el Otro, vivir y abandonarse al Señor. Santiago subraya la relación indisoluble entre la fe y las buenas obras: para él, las obras son ese comportamiento lógico y consecuente que nace de una fe madura. Esta no consiste solo en una adhesión intelectual, sino que tiene una consecuencia lógica y una eficacia en la vida cotidiana; como creyentes y discípulos de Cristo, debemos superar una religiosidad hecha solo de saber y de deber para adentrarnos en el camino de la intimidad y la comunión, “viviendo dentro de él”, haciendo que también él viva en nosotros.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 8,27-35)
En aquel tiempo, Jesús partió con sus discípulos hacia las aldeas de los alrededores de Cesarea de Filipo, y por el camino preguntaba a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Juan el Bautista; otros dicen que Elías y otros, uno de los profetas». Él les preguntaba: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro le respondió: «Tú eres el Cristo». Y les ordenó severamente que no hablaran de él a nadie. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser asesinado y, después de tres días, resucitar. Les hablaba de esto abiertamente. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo: «¡Apártate de mí, Satanás! Porque no piensas según Dios, sino según los hombres». Convocando a la multitud junto con sus discípulos, les dijo: «Si alguien quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa y por la del Evangelio, la salvará». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
En el Evangelio de hoy se parte de la pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» y de la respuesta instintiva de Pedro: «Tú eres el Cristo». El Espíritu Santo suscitó esta respuesta en Pedro, pero nosotros, personalmente, ¿qué responderíamos a la pregunta directa: «¿Quién es Jesús para mí?». Con mucha probabilidad buscaríamos lo que aprendimos en la catequesis, lo que estudiamos… pero seguramente no sería suficiente. Para conocer a Jesús, hay que dejarse implicar por él en la mente, el corazón y la acción. Sin duda es importante profundizar en nuestra catequesis, pero también es necesario dialogar con él en la oración y, finalmente, seguirlo… Debemos recordar que Jesús no dijo a sus apóstoles: «¡Conóceme!», sino: «Sígueme», y esto implica todo nuestro ser, nuestras virtudes y nuestras debilidades. Estar con Cristo implica perdonar, ser humildes, mansos, dóciles y compasivos, sufrir, ser rechazados y, sobre todo, ser capaces de dar la vida, como él la dio por cada uno de nosotros; solo siguiendo estos pasos seremos salvados, habrá alegría y daremos fruto.

