Textos extraídos del Misalito «Sobre tu Palabra» julio-agosto de 2023
19.º domingo del Tiempo Ordinario (A)
3.ª semana del salterio
PRIMERA LECTURA
Del primer libro de los Reyes (1 Re 19,9a.11-13a)
En aquellos días, Elías, [habiendo llegado al monte de Dios, el Horeb], entró en una cueva para pasar allí la noche, cuando de pronto le llegó la palabra del Señor en estos términos: «Sal y permanece en el monte ante el Señor». Y he aquí que el Señor pasó. Hubo un viento impetuoso y fuerte, capaz de quebrar los montes y hacer añicos las rocas delante del Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo, Elías se cubrió el rostro con el manto, salió y se detuvo a la entrada de la cueva. - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Las tres pruebas de Elías que preceden al diálogo con Dios son el signo y el símbolo de la purificación de nuestra vida, para llegar a la plena unión de nuestra alma con el Señor. Partimos de una condición de orgullo, sensualidad y egoísmo. Primero viene el viento, que nos hace vacilar: son las pruebas de la vida, los reveses económicos, las decepciones afectivas; nos despojan del sentido de nuestra supuesta grandeza y nos hacen humildes. Luego viene el terremoto: es terrible sentir que la tierra tiembla bajo tus pies. Después de haber perdido el sentido de tu grandeza, te parece que estás perdiendo la vida, ya no consigues mantenerte en pie y tienes que clamar a Dios para que te salve. Luego viene el fuego, que tiene el efecto de purificar profundamente los últimos restos del amor propio, las últimas pasiones que no desaparecen. Cuando se ha completado esta triple obra, entonces el alma está totalmente preparada para el Señor, madura para la eternidad, y Dios se revela plenamente. La brisa suave es su dulzura, la ternura infinita de Dios que ama al alma humilde y se derrama plenamente en ella.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rom 9,1-5)
Hermanos, digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo: siento en mi corazón un gran dolor y una pena continua. Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo por el bien de mis hermanos, mis consanguíneos según la carne. Ellos son israelitas y a ellos pertenecen la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas, y de ellos procede Cristo según la carne, él que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén. - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Varias veces, en los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pablo combatir vigorosamente contra los judíos, tratando de convencerlos de que Jesús es el Mesías, es más, el mismo Dios hecho hombre. Los judíos lo odian y tratan de acabar con él de mil maneras, pero Pablo no siente hacia ellos ni odio ni rencor; al contrario, los ama hasta el punto de querer ser incluso anatema por ellos, es decir, maldito. Sabiendo cuánto amaba Pablo al Señor, oírle decir que quisiera estar separado de Cristo con tal de ver a sus correligionarios en comunión con él resulta verdaderamente inaudito, asombroso. Él se inmola, en su propia voluntad, para ser instrumento de conversión para su pueblo. Esta fue la obra del mismo Señor, que pagó por todos en el madero de la cruz, y es también la cumbre de la espiritualidad cristiana: ofrecerse en lugar de otros, estar dispuestos a pagar por otros, que incluso te detestan. Fue lo que la Virgen pidió en Fátima a tres niños, quienes ofrecieron su existencia para obedecer estas directrices y se santificaron precisamente haciéndose «anatema» en lugar de muchos, con tal de verlos salvados eternamente.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 14,22-33)
[Después de que la multitud hubo comido], inmediatamente Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a adelantarse a la otra orilla, hasta que despidiera a la gente. Después de despedir a la multitud, subió al monte, apartado, a orar. Al anochecer, él estaba allí solo. Mientras tanto, la barca se encontraba ya muy lejos de tierra y era sacudida por las olas, porque el viento era contrario. Al final de la noche, Jesús se dirigió hacia ellos caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, quedaron aterrados y dijeron: «¡Es un fantasma!», y gritaban de miedo. Pero enseguida Jesús les habló diciendo: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca, comenzó a caminar sobre las aguas y fue hacia Jesús. Pero, al ver la fuerza del viento, tuvo miedo y, como empezaba a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Apenas subieron a la barca, se calmó el viento. Los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente eres Hijo de Dios!». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Jesús realiza un acto de exquisita bondad al darse cuenta, desde lejos, de que la barca avanza con dificultad y de que sus amigos están en peligro. Entonces deja inmediatamente la oración y corre hacia ellos para ayudarlos y salvarlos del naufragio. A este acto de caridad responde cierta prosopopeya de Pedro, quien, aun en medio del peligro de las olas, objeta al Señor: «Si eres tú...». Todavía no cree que ese hombre sea el Señor. ¿Y quién podía ser, si no? Jesús había hablado diciendo: «Soy yo»; ¿acaso Pedro no lo había oído? Inmediatamente después llega la audaz orden del apóstol: «¡Haz un milagro, haz que yo también camine sobre las aguas!». Y, sin embargo, ante esta soberbia un tanto infantil, Jesús accede, porque sabe que está a punto de realizar una obra mayor: llevar el corazón de su amado apóstol de la arrogancia a la humildad. Pedro se hunde y, del peligro del naufragio, pasa ahora a la inminencia de ahogarse personalmente, mientras todos los demás están a salvo en la embarcación. Es verdaderamente una gran humillación. «Dios quiere que seamos humildes -comenta don Divo Barsotti- y a veces no tiene otro medio para hacernos humildes que permitir las humillaciones de la vida». Por tanto, la «actuación» de Pedro es un camino de salvación.


